miércoles, 24 de agosto de 2016
Ponce y Bilbao: Perfecta sintonía
Desde su presentación en Bilbao, hace ya 25 años, lo de Enrique Ponce con esta plaza de Vista Alegre supera todas las reglas de la lógica. Desde aquel día de 1991 hasta hoy la comunión entre torero y afición ha sido permanente, la sintonía perfecta, casi podríamos hablar de idilio, de amor eterno. No sé si la plaza bilbaína será la favorita del maestro de Chiva, pero si no es así está muy cerca. Con la de ayer son ya 36 orejas las que el valenciano ha cortado en Bilbao. Plaza y afición que cada año le espera con admiración, con devoción, con máximo respeto y mucho, muchísimo cariño. Y la de ayer fue otra más de esas tardes de perfecta armonía entre Ponce y Bilbao. Se lidiaba la cuarta de las Corridas Generales. Seis toros de Domingo Hernández, de magnífica presencia y buena presentación, como corresponde a esta plaza, variados de hechuras, muy serios, astifinos, desafiantes, puntas hacia arriba, pero de pobre juego si salvamos al primero y lo poco que duró el cuarto. Imposible, absolutamente intolerable el lote de López Simón, quien se presentaba en la capital vizcaína y que puso todas las ganas, la entrega, el empeño y el valor para tratar de robar un pase a sus toros, exponiéndose de verdad ante unos animales faltos de casta, raza y bravura. Algo similar le ocurrió a Julián López El Juli, que gracias a su inmensa capacidad técnica, su poder y su mando consiguió meter en la muleta a dos alimañas que se defendían, que buscaban y medían al torero en cada lance. Nueva lección de Juli sometiendo a unos toros sin clase y con mucho peligro. La buena y entendida afición bilbaína supo ver las cualidades de ambos lotes y reconoció con justicia el mérito de ambos matadores, despedidos con una calurosa y cariñosa ovación.
Sin duda fue Enrique Ponce quien se llevó el lote más manejable, lo que no es sinónimo de bueno, pero que en manos del maestro llegaron a parecerlo. De torero de época podría calificarse su faena al primero. Me atrevería a decir que este toro hubiera pasado sin pena ni gloria en otras muchas manos, pero la muleta estaba en las de Ponce, y eso lo cambia todo. Inteligencia y sabiduría para componer, desde los doblones iniciales, cargados de torería, una obra de arte repleta de suavidad y temple a un toro que siempre buscaba las tablas. Lo mimó en las telas, ni un solo roce, muletazos limpios, llevándolo tapado, sin quitarle la muleta de la cara, lección magistral de conocimiento del toreo y los terrenos, culminando con un cambio de mano excelso, un canto supremo a la belleza, para ligar el toreo al natural con la cintura rota, la mano baja, sublime y una serie final con la rodilla en tierra, llevándolo largo y templado, de enloquecer. Gran estocada y oreja para hacer aún más grande el idilio, el enamoramiento entre Ponce y Bilbao. Y más hubiera sido aún si el cuarto le hubiera aguantado. ¡Cómo lo toreó de capote!, al compás, meciendo, acunando la embestida del toro, gloria bendita. En la muleta llegaba desfondado el de Domingo Hernández, noble pero sin fuerzas. Inicia la faena a media altura, suave, templadísimo, sin obligarle. Poco a poco le baja la mano hasta llegar a una serie en redondo con la muleta por la arena, algo que parecía imposible. Aunque le dio pausas, le midió el tiempo, no había más, pero de nuevo la afición supo reconocer la importancia del toreo del maestro de Chiva, torero de leyenda, de época al que aún queremos seguir viendo torear durante muchos años.
Antonio Vallejo
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