Justo antes de arrancar el paseíllo de la novillada de este pasado martes me dijeron personas muy metidas en los entresijos de esta plaza que de la corrida del jueves, es decir, hoy, la de El Parralejo, solo habían pasado el reconocimiento dos toros de todos los desembarcados, y que el rebote del ganadero fue tal que directamente los subió al camión y, hala, de vuelta a Huelva. Y también me dijeron que muy posiblemente se sustituyera por una de Vellosino. ¿Saben cuál fue mi respuesta cuando me recuperé del asombro de la información?: "¡Estamos apañaos!", y no me equivocaba. Primero, que es raro que solo dos toros pasaran el reconocimiento de una ganadería que venía de dar una extraordinaria tarde de toros en Sevilla, y por lo que me dijeron había cosas chocantes en ese reconocimiento. Y segundo, que a cambio trajeran los de Vellosino, que precisamente no es de las que mejor cartel tiene en Madrid, más bien está en especie de "lista negra" de ganaderías. Quien sea la cabeza pensante de todo esto, desde luego, se ha lucido... o hay otros motivos que desconocemos para que lo que ha salido hoy por la puerta de toriles sí haya pasado el reconocimiento.
Una corrida que ha sido un petardo más grande que toda la mascleta. Seis toros sin fondo ni fuerzas, ni una gota de energía ni empuje, cero poder, carentes de todo, distraídos, sin fijeza, sin entrega, sin movilidad, sin recorrido, sosos, deslucidos, descompuestos, nula emoción y ninguna opción para nada. Uno tras otro iban saltando al ruedo venteño, cada cual peor, que han provocado el más absoluto aburrimiento y el hartazgo de unos tendidos abarrotados - otro lleno - que en vez de una tarde de toros lo que vieron fueron auténticas ruinas.
Ponerme a contarles una tarde como la de hoy no merece la pena, sería añadir aún más penurias a las ya padecidas bajo el frío y el viento, así que mejor ahorrar detalles. Decir que bastante tuvieron Sebastián Castella y David de Miranda con mantener su lote en pie, toros que se venían abajo con estrépito, que pasaban por la muleta porque estaban allí, iban y venían sin más, a pesar de los intentos de ambos espadas por sacar algo de ese pozo vacío. Era imposible. Bien hizo Castella en tirar por la calle de en medio con el primero que no se tenía en pie, literalmente, y ojalá hubiera hecho lo mismo con el cuarto al que recetó un trasteo de un metraje excesivo, pases y pases intentando mantener en pie con la muleta a media altura a un toro que era soso y desganado a más no poder. Tanto alargó de manera innecesaria a mi entender, que estuvo a escasos segundos de escuchar el tercer aviso al demorarse la muerte del animal por el desacierto con los aceros. David de Miranda poco más o menos, que quiso poner chispa con unos estatuarios muy toreros en los primeros compases de faena con el tercero, pero sin continuación por su falta de celo y fijeza, otro que iba al tran-tran , sin gracia alguna, sin decir nada, pero que al lado de lo que fue el que cerró plaza casi podría decirse que era buen toro y que hasta tuvo emoción. Imagínense lo que fue, un espanto ante el el que el onubense se estrelló a pesar de intentarlo de todas las maneras, un toro que no es que tuviera poco recorrido, es que directamente no pasaba, algo horripilante.
No se crean que el lote de Daniel Luque fue mejor, ¡que va!, más o menos igual, pero entre esas ruinas emergió la figura del sevillano que dio una lección magistral de técnica y poder. Al segundo lo mimó sobremanera, le dio la altura y el ritmo que precisaba, muchas pausas, porque no daba para más, iba con lo justo o menos, y así, a base de cuidarlo y mantenerle en pie, consiguió meterle poco a poco en la muleta, sin obligarle pero atacando él para llegar a pegarle cuatro naturales soberbios sacados de la nada que fueron magia pura. No tuvo más ese toro que acabo viniéndose abajo, como era de esperar, a pesar del magnífico trato que le concedió Luque. Fue en el quinto, un mastodonte de 610 Kg que no podía ni con el alma, donde la vergüenza torera del de Gerena tomó el mando y dijo basta a lo que estaba pasando en Madrid. Primero con el capote en unas verónicas a pies juntos deliciosas, más tarde con un quite por chicuelinas que parecían imposibles, y finalmente en la muleta con otra lección de conocimiento, paciencia y capacidad. Dos trincherazos al inicio de la faena marcaron la pauta de lo que iba a venir, poco a poco, con calma, todo muy suave, caricias para no lastimar a un toro que iba con la reserva encendida, sometiéndole un poquito en cada muletazo, acortando las distancias para acabar por bajo y tejer tandas muy cortas, el animal aguantaba lo justo, pero profundas y de mucha emoción, un auténtico milagro obrado por el inmenso saber y hacer de este pedazo torero. Mató de manera certera y fue despedido con ovación en ambos más petición insuficiente en el quinto en reconocimiento a una tarde de mucha importancia entre las ruinas de Vellosino.
Antonio Vallejo


