Otro "no hay billetes" en Las Ventas, y van cuatro de siete si no me equivoco, para ver la que ha sido una muy seria y muy bien presentada corrida de El Torero, de muy variado e interesante juego, para una tarde que ha tenido cabida para muchas cosas,desde el triunfo hasta el dolor, pero en ningún momento aburrimiento, lo que, después de los dos últimos días, ha sido una bendición del cielo. Buenas hechuras, con dos de los toros de especial belleza, el armónico y desafiante primero, y el impactante tercero por su capa, descrita en el programa de mano como "berrendo en negro capirote alunarado", una estampa preciosa, y buen juego en general, destacando sin duda tercero y quinto, el lote de Adrián, por encastados, con mucha movilidad y repetición además del noble y manejable quinto, mientras el segundo resultó muy peligroso, una alimaña, y los que le cayeron en suerte, o mala suerte, a Urdiales, primero y cuarto, los de poca transmisión y entrega.
Lo normal sería comenzar por el triunfador de la tarde, Fernando Adrián, que ha abierto por cuarta vez en su carrera la Puerta Grande, y quien seguro se lleva todos los honores y las portadas de esta tarde, pero no voy a hacerlo. Saben de sobra, mejor aún los que me conocen, cómo entiendo y disfruto el toreo, lo que me disgusta, lo que me gusta y lo que me apasiona. Por eso voy a comenzar por Diego Urdiales, un torero al que admiro por muchas cosas, pero sobre todo por ese poso de toreo añejo que atesora, ese toreo reposado y sentido para uno mismo que te hace crujir con cada detalle, es la calidad, no la cantidad de todo cuanto hace delante de un toro, lo que atrapa y emociona. La faena al cuarto ha sido como uno de esos grandes reservas de su tierra riojana, un vino para degustar poco a poco, despacio, sin prisas, sacándole todos los aromas, apreciando los matices y disfrutando el gusto que deja en el paladar por tiempo indefinido. Era un toro bonito y elegante, muy bien hecho, al que toreó de capote con una finura y clase sublimes por verónicas, con una media de remate repleta de gusto, como fue la faena de muleta, un vino de culto. Toro con nobleza y buen son pero sin demasiada entrega ni emoción, un tanto irregular, ante el que Urdiales estuvo con una torería suprema. Le ofreció el embroque, le bajó la mano y le condujo con suavidad, despacio, sin brusquedades, pase a pase, buscando la colocación, muy puro, primero en redondo, mano baja, para ir encelándolo y sacar lo mejor, que llegó por el izquierdo, naturales de uno en uno, perfectamente colocado, dándole el pecho, cada uno un crujido, los trincherazos directamente partían el alma, descorchando ante nuestros ojos la mejor botella de la mejor cosecha posible, el toreo eterno, que se saborea en cada pase, en cada sorbo, sin prisa, para que perdure siempre. Mató a este cuarto marcando los tiempos, volcándose sobre el morrillo, hundiendo la espada hasta los gavilanes, arriba, en todo lo alto, la estocada perfecta, candidata sin duda alguna a estocada de la feria. Fuerte ovación con saludos tras una sorprendente y decepcionante escasa petición por parte de los tendidos. Debe ser que a muchos les gusta más el vino peleón o beber a grandes tragos y en cantidad sin apreciar la exquisitez. Yo me quedo con lo poco pero de calidad suprema, como en el toreo. Con e que abría plaza pocas opciones tuvo Urdiales. Un toro sin entrega, que pasaba y tendía a acostarse sobre todo por el izquierdo y tendía a buscar, de los que parece que te están esperando en un descuido para hacer carne. Tuvo detalles sueltos cargados de sentimiento, pero resultaba casi imposible la continuidad, por lo que abrevió con buen criterio, aquello no podía llegar a nada bueno. Mató con habilidad pasaportándolo a la primera. Todavía tengo en el paladar el regusto de la torería añeja del maestro.
Tremendo el segundo por delante, ¡vaya dos pitones!, en puntas. Buen saludo capotero de Fortes, verónicas ganado pasos, un par de ellas de bellísima factura, con buena respuesta del animal que humilló y repitió con clase. Fue al salir del caballo cuando se llevó por delante al malagueño lanzándolo al aire para caer a plomo y quedarse medio sin sentido. Afortunadamente solo un susto, el primero, porque nada más tomar la muleta, tras los muletazos de tanteo, al tomar la franela con la diestra, de nuevo lo arrolló, esta vez quedándose a merced del astado en unos segundos de angustia entre los enormes pitones que buscaban herir donde fuera, cabeza, cuello, tórax... No sé como pero se repuso y volvió a la cara del toro y por el mismo pitón. A partir de ahí todo fue contener la respiración, en cada pase medía y miraba, las intenciones eran claras, inmenso valor y mérito de Fortes al aguantar lo que aguantó. Por fin se dio cuenta que era imposible y cortó por lo sano quitándoselo de en medio con una certera estocada, que me da igual donde cayera, misión cumplida. Atendido y operado en la enfermería de una cornada en un gemelo, según el parte facultativo, salió de nuevo a matar al quinto, al que recibió también por buenas y templadas verónicas, como si nada hubiera pasado, increíble lo de estos hombres. Primeros compases con la diestra, por bajo, llevándolo largo, toro con nobleza y que obedecía, buen son. Pero fue por el izquierdo, tras un cambio de mano portentoso por donde rompió a embestir. Tandas de naturales con la muleta planchada, echándosela delante, enganchando la embestida para conducirla con temple y profundidad, ni un toque, una delicia que se transformó en exquisitez cuando a pies junto le dio el pecho y uno a uno, con una colocación perfecta, con una verdad difícilmente inigualable, tirando del toro con suavidad, sacó naturales de ensueño que pusieron a la plaza en ebullición. Y además un valor brutal, porque le dio todas las ventajas al de El Torero, que a punto estuvo de volver a llevárselo puesto, pero ni se inmutó, lo que aumentó más si cabe la emoción con la que se ha vivido el toreo al natural del malagueño. Mató de una magnífica estocada y cobró una oreja de ley y mucho peso por una faena de muchísima importancia.
El triunfador numérico de la tarde fue Fernando Adrián, que suma ya cuatro Puertas Grandes, que cortó dos orejas, una a cada uno de su lote, que bien podrían haber sido tres porque el tercero, para mi, era un toro para irse al arrastre sin orejas. Precioso toro, como ya he comentado, al que recibió doblándose por bajo en lances largos y una media de calidad. Poco más tarde fue Urdiales quien dibujó al aire madrileño un quite por verónicas absolutamente delicioso mostrando las cualidades de este toro exigente, la movilidad y la repetición. Sin probaturas, directamente, se puso a torear por el derecho, dándole mucha distancia, para aprovechar la movilidad y velocidad del toro, que además repetía incansable pero sin acabar de entregarse. Primeras tandas vibrantes y con mucha emoción por ese pitón, ligadas por la tremenda inercia del toro, todo muy deprisa, le pegó un par de cambiados por la espalda de vértigo y mucha transmisión. Cambió al izquierdo, una par de toques a la muleta y el panorama cambió, ahí se vio la falta de entrega del toro, que si bien se movía mucho, lo hacía sin entrega. Quizás hubiera sido bueno haber probado a doblarse de inicio, sometiéndole, para después poder poder reducir la embestida, templar y moderar la velocidad. A lo mejor por ahí hubiera ganado más, porque la cosa empezó a ponerse en contra por parte del sector más crítico que me da la impresión que le tiene tomada la matrícula y le afeó la colocación y no bajar más la mano. Yo también creo que ese toro podía haber lucido mucho más con otro trato, todo era demasiado rápido, aunque es innegable que la faena tuvo la emoción de esa movilidad. El caso es ala natural bajó el nivel claramente y en mi opinión fue a menos, aunque levantó los ánimos con unas bernadinas de escalofrío antes de dejar una entera algo contraria que hizo que se demorara la muerte de este exigente tercero. Una oreja. La otra vino con el que cerraba plaza, que a punto estuvo a punto de llevarse puesto al madrileño, los pitones en la mismísima barriga, avisaba el de El Torero. En el turno de quites de nuevo Urdiales derramó torería con una s verónicas suavísmas meciendo al toro como si quisiera dormirle, una auténtica delicia. Curro Javier era el encargado de colocar las banderillas, le apretó en el primer par, mucho, segundo aviso. En el tercer par ya no hubo aviso, directamente enganchó al buen banderillero, lo lanzó a aire y le corneó repetidas veces en unos segundos escalofriantes donde nos temimos lo peor. Fue llevado a la enfermería y el parte médico deja a las claras que fue un milagro que salvara la vida, puntazos en región lumbar, cara interna del muslo izquierdo y externa del derecho, contusión en bolsa escrotal y erosiones y contusiones múltiples. Lo dicho, estuvo bajo los pitones demasiado tiempo, San Isidro tuvo que echar el capote que nadie había echado antes con más prontitud y diligencia. La faena de muleta tuvo cierta similitud con la anterior, pero esta vez con más temple y despaciosidad. Primeros compases por el derecho, esta vez sí probándolo por bajo, tandas en redondo más pausadas y de más calidad, toreo en línea curva, no en la recta de su anterior, pasando al pitón izquierdo por donde el animal rompió y los naturales surgieron mucho más reposados y con más limpieza que en el tercero, ligados por bajo, algunos muy hondos, aunque se le censuró de nuevo la colocación, a veces con razón al quedarse fuera, pero otras no, porque es cierto que para encontrar la ligazón en algunas tandas es absolutamente imposible estar siempre cruzado. Es lo de siempre, ya sabemos lo que pasa en esta plaza. Fue a menos y recurrió a las cercanías, metiéndose entre los pitones con un toreo más efectista que fundamental, pero elevó de nuevo los ánimos del respetable antes de matar de entera tendida y cobrar otra oreja con división de opiniones para salir a hombros camino de la calle Alcalá.
Antonio Vallejo

