Poco ha habido que esperar para contemplar la primera Puerta Grande de este ciclo isidril 2026, tan solo cuatro toros, hora y media más o menos, tras desorejar Alejandro Talavante a Ganador, un magnífico toro de Nuñez del Cuvillo en la muleta, que es donde rompió, porque en los primeros tercios no mostró nada de nada. Huidizo de los capotes, sin celo alguno, más bien manseando, buscando las tablas. Mismas condiciones en varas, manseando aún más, sin emplearse, lo poco que estuvo en la pelea lo hizo sonando el estribo, y en el segundo puyazo, si es que a eso que hemos visto se le puede llamar puyazo, salió despedido como si hubiera chocado con un muelle. Pero, para mi, hay un punto de inflexión que lo cambia todo, la sensacional lidia de Francisco Javier Ambel, magistral, echándole el capote abajo, encelándolo, un solo capotazo le bastaba para colocarle ante los banderilleros, no dio ni uno de más, ahormó al toro y ahí empezó a sacar a la luz todo lo que guardaba escondido el de Cuvillo. Fueron después Álvaro Montes y Manuel izquierdo los que, ejecutando con pureza la suerte de banderillas, mostraron el recorrido, la movilidad y la fijeza del toro. Y desde ese momento lo que no parecía se abrió ante nuestros ojos y Ganador rompió a embestir en la muleta de un Talavante firme y rotundo que cuajó una gran faena, quizás una de la más redondas que se le recuerdan al extremeño en Las Ventas. Prólogo por estatuarios y pases por bajo de buena factura que arrancaron los primeros olés para dar paso a un par de tandas por la diestra toreando con la cintura y unas muñecas de seda, de trazo curvo, ligadas por bajo, profundas, de enorme recorrido, todo el que tenía Ganador, que repetía con movilidad y mucha entrega, noble, humillando, incansable perseguía los engaños. Una par de cambios de mano hilvanados a unos naturales que acabaron en auténticos circulares y unos de pecho de pitón a rabo prendieron la mecha de una emoción que alcanzó el clímax con el toreo al natural. Fueron tres la series por el magnífico pitón izquierdo de Ganador, tres series hondas y ligadas con la mano muy baja, barriendo la arena venteña, enroscándose la embestida, los pitones cosidos a una franela perseguida con fijeza y celo por el incansable Cuvillo, rematando con extraordinarios de pecho y unas luquecinas que pusieron la plaza en pie. el final fue por bajo, trincherazos y alguno de la firma cargados de belleza para rubricar la obra con un estoconazo arriba que pasaportó a Ganador. Los tendidos se tiñeron de blanco, las dos orejas, para mi de ley y sin discusión alguna, cayeron casi al instante, y luego el pañuelo azul para premiar al muy buen toro con la vuelta al ruedo. Y aquí sí que hubo polémica y, personalmente, me sitúo entre los que lo consideran excesivo premio, ya que es cierto que en la muleta rompió y fue un gran toro pero no cumplió absolutamente en varas, se podría decir que ni siquiera se le picó, y peores condiciones aún mostró de salida en los capotes. Creo que hubiera sido despedido con una atronadora ovación en el arrastre, justo y merecido reconocimiento, pero para sacar el pañuelo azul en Madrid hay que pedir más a un toro. Y si nos olvidamos de los primeros tercios y SOLO valoramos la muleta... mal vamos, se pierde la verdad e integridad del toreo.
No cabe duda que todo lo sucedido en el resto de la corrida queda eclipsado por este cuarto toro, pero ha habido algunas cosas destacables para bien y para mal. No ha sido la tarde de Juan Ortega. Ninguna opción ha tenido con el protestado tercero, tanto por falta de remate como por su evidente falta de fuerzas y condiciones. Ni una opción para el sevillano que porfió en exceso ante lo imposible, algo que no gustó nada y se le reprochó con razón. Otra historia fue el quinto, un toro exigente y con movilidad ante el que en todo momento vi a un Ortega desconfiado y sin las ideas claras. No consiguió acoplarse en los lances de saludo con el capote, cosa rara en el sevillano, ni tampoco al llevar al toro al caballo ni replicar a un quite por saltilleras y gaoneras del confirmante Tristán Barroso. Muy bueno fue el tercio de banderillas a cargo de Jorge Fuentes y J. Ángel Muñoz "Perico" que ejecutaron los pares con verdad y limpieza, mostrando y aprovechando la movilidad y fijeza del Cuvillo. Era un toro que, a mi modo de ver, llegó con buenas condiciones a la muleta, movilidad y fijeza, además de una exigencia que pedía a gritos poder y mando. La verdad es que los primeros compases hacían pensar en algo bueno, genuflexo el sevillano, conduciendo la embestida con temple, por bajo, largo recorrido, movilidad y repetición del toro. Y buena fue la primera tanda por el derecho, reduciendo la embestida y frenando la inercia del viaje a base de temple, ligando con gusto y emoción. Pero no me pregunten por qué ahí murió la faena, un par de toques a la muleta y todo se vino abajo. No sé si el toro, al verse podido, comenzó a defenderse echando la cara arriba, o si el sevillano pretendió ponerse a torear en redondo y al natural sin considerar la exigencia del animal, o ambas cosas a la vez. El caso es que desde ese momento todo discurrió entre una sucesión de pases y más pases sin sentido de un cada vez más desconfiado y desconcertado Juan Ortega. Una pena, porque era un toro con opciones y que en sus embestidas guardaba emoción, pero probablemente precisaba otro registro de toreo, de poder y someter, menos preciosista que su estilo pero más efectivo ante este tipo de toros.
El madrileño Tristán Barroso confirmaba alternativa y vino a darlo todo, por lo que poco se le puede reprochar aunque, como es lógico, le queden muchas cosas por pulir. Podría decir que ha estado aseado, correcto en cuanto a técnica, maneja bien el capote. No ha toreado mal a la verónica, ha entrado en quites en el quinto, por saltillras y gaoneras, y también en el de su confirmación por chicuelinas ajustadas. Y con la muleta ha estado pulcro en el primero, un toro noble y con fondo de clase que metía bien la cara y se dejaba hacer, tratando de conducir las embestidas por bajo y ligar los muletazos con temple, aunque la ha faltado algo de mejor colocación y su toreo adolece de resultar un tanto de escuela, quizás demasiado mecánico y previsible, pero tiene tiempo por delante y capacidad para mejorar. Repito, no estuvo mal en el primero pero tampoco aportó nada que haga pensar en un torero "diferente". Y con el que cerraba plaza intentó hacer todo y un poco más, demasiado deprisa y un tanto embarullado, sin dar pausas ni reposo, que probablemente sea lo más difícil de lograr cuando se es tan joven y se quiere demostrar mucho en poco tiempo. Pero ganas y disposición no se le pueden negar, y valor y exposición tampoco. Basta ver como planteó el inicio de faena al sexto, de rodillas en los medios, pasándoselo por la espalda dos veces, arriesgando en cada muletazo, tanto que el Cuvillo le prendió del muslo y pasó unos instantes de tremendo agobio entre los pitones de un toro que tenía complicaciones y muchas teclas que tocar para someterlo, demasiadas cosas para empezar, difícil empresa. Confiemos que este joven madrileño tenga más oportunidades y pueda cumplir sus sueños. Y no quiero acabar sin nombrar una vez más a un torero de plata, Mathieu Guillón que ha colocado al sexto dos pares magistrales que le han obligado a desmonterarse para recoger una enorme ovación. Nunca olvidemos a estos hombres absolutamente fundamentales para la lidia y que cada tarde dan muestras de su maestría.
Así que este San Isidro 2026 comienza exactamente igual que el de 2025, con una Puerta Grande para Talavante, la séptima para el extremeño, que se convierte así en el matador en activo con más salidas a hombros camino de la calle Alcalá, todo un record. Como record también tiene pinta que puede ser la asistencia a los toros este año. De momento primer día y primer lleno de "no hay billetes", algo que no está mal para un espectáculo que, según el lumbreras de Urtasun, no interesa a nadie. No es más tonto porque no entrena. Mañana más, aunque les moleste.
Antonio Vallejo

