Esas son las dos preguntas a las que no encuentro respuesta en estos momentos de profundo shock en los que me encuentro sumido. Han pasado escasas horas y necesitaré mucho tiempo para asimilar lo vivido en este intenso 12 de octubre del año 2025 y sobreponerme al sentimiento de orfandad que me invade tras ver a Morante de la Puebla cortarse la coleta tras firmar una faena mágica de valor, compromiso, verdad y torería, una obra maestra de poco más de una docena de muletazos, no hacía falta más. El Arte, el sentimiento desatado, la emoción desbordada y la pasión irrefrenable no se cuantifican, están por encima de las leyes del espacio y el tiempo, superan las barreras de la física, saltan las normas de la aritmética. Eso ha sido la faena cumbre del Genio al cuarto de Garcigrande este 12 de octubre de 2025, Arte, sentimiento, emoción y pasión. No le busquen otra explicación, no la tiene, todo nace de su imaginación y del valor sin límites que lleva dentro y que le han convertido en el artista con más valor y en el valiente con más Arte de la historia del toreo, el más grande, JOSE ANTONIO MORANTE DE LA PUEBLA. Con ambas rodillas en tierra ha recibido el maestro a Tripulante citándole en largo recogiéndose y envolviéndose en el capote y pasándoselo a centímetros del cuerpo con un lance gallista que nos ha trasladado a un siglo atrás. Luego una verónica y unas chicuelinas de ensueño ajustadísimas absolutamente entregado, en pleno abandono me atrevería a decir, hipnotizado por las musas, sin pensar en otra cosa, tanto que el garcigrande ha hecho por él y le ha volteado violentamente y de muy fea manera dejando a Morante prácticamente inmóvil sobre la arena. Minutos de angustia e incertidumbre afortunadamente despejados cuando le hemos visto volver a la cara del toro y tomar la muleta para ir a brindar a Santiago Abascal que asistía a la corrida en uno de los burladeros del callejón. Algunos por ahí han pitado, ¿les ha molestado?. Pues lo siento. ¿No dicen que hay libertad?, ¿no son esos que pitan los que luego se las dan de demócratas?. Pues que se fastidien con j, que esa es la verdadera libertad, hacer lo que quieras siempre que cumplas las normas, y así ha sido. Pero ya se sabe lo que les pasa a esos, dime de que presumes... Faena de ensueño, de entrega absoluta, dos series en redondo rotundas, componiendo la figura de esa manera única que tiene, encajado, preciso embroque pasándoselo a milímetros de la barriga, desafiando al miedo y a la muerte, temple y ritmo, todo muy despacio y muy profundo, la mano baja, los vuelos de la muleta barriendo la arena, un delicado ballet sobre los tobillos, siempre en el sitio, entregado sin límites al toreo eterno. Por el izquierdo tenía poco celo el garcigrande, no iba claro, cabeceaba, un par de naturales de hondura sin igual, no hubo más porque no tenía más por ahí el animal, crujieron en los corazones encendidos que se pusieron a mil con la última serie en redondo, de máximo abandono, olés roncos que rompían el silencio sepulcral previo a cada muletazo. Se tiró a matar por derecho para dejar la espada enterrada en todo lo alto de efecto fulminante que desató la locura ante tanta grandiosidad del toreo para pedir dos orejas por más que absoluta mayoría y abrir de par en par la Puerta Grande y encumbrarse a lo más alto del toreo de todos los tiempos. Vuelta al ruedo apotéosica, parsimoniosa, recibiendo regalos y repartiendo saludos y besos, plena felicidad en todos, el sueño hecho realidad. Y sin esperarlo, cuando todo parecía indicar que iba al centro del ruedo para recoger la atronadora ovación de toda la plaza puesta en pie, se nos partió ese corazón que aún saltaba de emoción al ver que él mismo, entre lágrimas, se cortaba la coleta. ¡No lo podía creer!, todo se nos vino abajo, un shock emocional, también entre lágrimas de desconsuelo, el corazón que antes latía de emoción ahora congelado, sin saber qué decir ni como reaccionar, paralizados, ¿y ahora, qué?, ¿y ahora, quién?. No lo sé, de momento nadie, ni está ni se le espera. No veo a ningún matador el escalafón capaz de acercarse a la categoría de Morante de la Puebla, no ya por su toreo, único e inimitable, que engloba todas las épocas, sino por lo que significa dentro y fuera de la plaza y por ser el referente y el espejo en el que los jóvenes aficionados, los que tomarán nuestro relevo, se miran, y al que idolatran porque representa todos los valores en los que creen y que nosotros, privilegiados por haber sido coetáneos y haber gozado del más grande de la historia, les hemos transmitido.
Quizás eso debiera haber sido el final de la crónica de un día de una altísima intensidad emocional que comenzaba por la mañana con un festival que quedará para la historia y a la que se ha sumado un torero madrileño que hoy también decía adiós al toreo y que ha cortado una oreja con sabor a dos al quinto de la tarde. Permítanme que hoy me deje llevar por el desorden de sentimientos encontrados que me superan en estos momentos y desde los cuales quiero seguir contándoles lo que hoy hemos vivido en Las Ventas. Al fin y al cabo, si soy morantista hasta lo más profundo de mi ser debo dejar que las cosas fluyan sin guion y abandonarme a lo emocional, así es el maestro y así queremos ser sus fieles. Ese torero es Fernando Robleño, forjado en mil y un batallas con los hierros más duros del campo bravo y que, paradojas del destino, se ha despedido con un gran toro de Garcigrande, bravo y noble, al que ha cuajado en un faena de altísimo nivel llena de temple, toreo largo y profundo, ligazón y ritmo, series por ambos pitones compactas y rotundas que han puesto en pie a una plaza que siempre le ha tenido un respeto y una admiración ganada a pulso. Una faena merecedora de dos orejas a pesar de haber pinchado al primer encuentro. Lo digo sinceramente, yo le he pedido la segunda y creo que hubiera sido de justicia como premio no solo a esa faena, ni a esta tarde, sino a toda una carrera en la que la verdad de su toreo se ha impuesto a todas las dificultades. Se va un pedazo de torero, sin duda, de los que dejan su sello grabado en la memoria. Completaba la terna el confirmante Sergio Rodríguez que puso toda su voluntad y dejó trazos de buen concepto en su toreo pero sin acabar de redondear. Buscó la colocación y ligar con temple y mano baja, pero la irregularidad que marcó la falta de ritmo dejó todo en un bien, pero.... dejándonos un tanto a medias, sin acabar de rematar ni tomar vuelo. También es cierto que, en medio del marco de esta tarde de tan alto nivel de emociones, ha tenido que ser muy difícil para él.
Una tarde que quedará para la historia del toreo con lágrimas de oro que bañan la alegría del triunfo y la pena del adiós y que venía precedida de una mañana también bañada con un caudal de recuerdos que nos han llevado a un viaje en el tiempo al pasado de la mano de Curro Vázquez, Frascuelo y César Rincón, al casi presente con Pablo Hermoso de Mendoza y Enrique Ponce, al presente con Morante de la Puebla y al futuro con Olga Casado. Un festival Pro Monumento a Antoñete nacido de la mente de Morante de la Puebla y que ha llenado hasta la bandera los tendidos de La Monumental, la plaza del maestro Antonio Chenel, su plaza en una mañana de 12 de octubre que amanecía con un cielo entoldado que poco antes de las 12 horas comenzó a abrirse en claros que poco apoco fueron dando paso al sol para acabar con el cielo de un espléndido azul purísima. Bueno, quizás lo que pasó por allí arriba es que el maestro Chenel se despertó y tras pegar un par de caladas a su eterno cigarrillo decidió que había que descorrer el telón para que todos desde el cielo pudieran ver lo que iba a pasar en "su" plaza. Fue abrirse la puerta del patio de cuadrillas para que todos los tendidos se pusieran en pie para recibir a un paseíllo para la historia grande del toreo. De principio a fin un sin fin de emociones y añoranzas que nos han hecho volver a la juventud y a toda una vida marcada por la afición. Emoción en cada detalle, como los brindis, Curro Vázquez a su mujer, Frascuelo a la Infanta Elena, César Rincón a sus hijos, Enrique Ponce a Morante, Morante al maestro Antoñete en el cielo, y Olga Casado a todos los maestros que hoy le han arropado en esta espléndida mañana. Y del toreo que hemos vivido, ¡qué decir!, gloria bendita, para dejarse llevar y disfrutar al máximo de cada detalle. Basta decir que cada uno de los intervinientes tuvo que salir a saludar antes de su novillo obligados por las fuertes ovaciones que se les tributaban.
Pablo Hermoso de Mendoza abría plaza y nos ha deleitado con ese toreo a caballo cargado de clasicismo, toreando con la grupa cual muleta, ejecutando las suertes con ortodoxia, mucha belleza en cada quiebro, ajustados, clavando con pureza. El rejón de muerte le privó de algo más que una sonora ovación. Curro Vázquez no parecía tener 74 años, para nada. La elegancia y la clase, por supuesto, intactas. Pero es que viéndole torear podría decirse que se fue antes de ayer. Con que suavidad y temple toreó a la verónica, ¡que media de cartel nos dejó para saborear eternamente! Por el pitón derecho toreó como los ángeles, dándole distancia, la muleta adelantada, viaje largo, muy templado, la mano baja, con profundidad, ligando en el sitio, series de ensueño, toreo eterno, para grabarlo y ponerlo en todas las escuelas taurinas, además administrando las pausas como nadie, dándole el aire que pedía. Por el izquierdo los naturales surgieron de uno en uno, pero fueron auténticos monumentos, igual que las trincherillas con las que remató, una exquisitez . Hundió el acero con portentosa facilidad y cobró dos orejas de ley entre gritos de "torero, torero" para reverdecer laureles y abrir la Puerta Grande, como hizo en los años ochenta. Frascuelo se las tuvo que ver con un novillo de escasa condiciones y malas intenciones pero ante el que dejó detalles de toreo añejo cargado de sabor y que fueron auténticos pellizcos que te estremecían. Los delantales de saludo y la media de remate, derechazos y naturales sueltos con enjundia, trincherillas y remates por bajo con empaque, perlas sueltas de gran valor cada una. La espada no le ayudó y se despidió con una vuelta al ruedo de las de antaño. César Rincón rejuveneció 30 años y nos llevó a las cuatro puertas grandes de 1991 con el toreo vibrante con el que deslumbró a todos. Verónicas templadísimas a compás abierto, cadenciosas, abrochadas con una media para morirse que hacían soñar con la muleta. Ahí fue volver a 1991, Rincón citando muy en largo, él en terrenos del 5 y el novillo casi en los del 8. Y se arrancó el de Garcigrande, con sensacional tranco, y Rincón lo enganchó alante, excelente embroque pleno de suavidad y mejor trazo, toreo muy largo y profundo, espatarrado, arrastrando la tela, la plaza estallando en olés, éxtasis, que aún subió enteros al natural, hondos y de enorme pureza para rubricar con ayudados por alto de torería suprema y un estoconazo tras un pinchazo que no fue obstáculo para llevarse los máximos trofeos y acompañar a CurroTodo en hombros camino de la calle Alcalá. Lo de Ponce al quinto fue un compendio de toda su carrera, fue Enrique puro de principio a fin. Naturalidad y relajo con el capote, verónicas y chicuelinas de suma suavidad, meciendo al toro, acunándolo cual bebé. Y con la muleta el sanador de toros que siempre ha sido. No iba sobrado de fuerzas el novillo, pero sí de clase. Le mimó en los primeros compases, le concedió la altura, tacto exquisito, suavidad de seda, poco poco a más, sin obligarle demasiado hasta acabar con su toreo de desmayo enroscándose al novillo a la cadera, elegancia en cada pase. Y no faltaron las poncinas, largas, y los circulares por la espalda flexionado, algún molinete garboso y trincherillas divinas, todo su catálogo de toreo, ese con el que tantas tardes hemos soñado. Un pinchazo y una entera valieron una oreja, que bien podían haber sido dos, no me hubiera parecido nada injusto. Y Morante,¡ay Morante con el sexto!. Lo primero, la ovación previa que recibió fue histórica, difícil recordar otra igual. Conociendo al Genio no extraña que para tan magna ocasión buscara y rebuscara hasta encontrar un clon del famoso toro blanco de Osborne que encumbró al maestro Chenel. Un ensabanado con hechuras de toro del hierro de José Luis Osborne, el mismo que mató Antoñete en 1966. Fue un novillo complicado, de corto recorrido, reservón, que medía y miraba mucho, ante el que Morante estuvo más que decidido y valiente tanto con el capote como con la muleta, plantándole cara, tragando y aguantando parones y tarascadas llegando a sacar muletazos de inmensa belleza y torería, sin guardarse nada aún sabiendo que le quedaba la tarde. La muleta retrasada para pasárselo por la cintura, muy ajustado, y sacar el máximo partido al escaso recorrido del novillo, recursos garbosos y llenos de torería cuando se le quedaba debajo y no acababa de completar el muletazo, molinetes y afarolados llenos de gracia. Es Morante, es único y todo surge de la improvisación, eso es el arte. Estocada monumental y una oreja con petición de la segunda no atendida. Cerraba el festival Olga Casado, que volvió a demostrar el buen manejo del capote con las verónicas de saludo hundiendo el mentón y ganado pasos, templadas y acompasadas y el gusto y clase que tiene su toreo. Primeros compases por estatuarios, impávida, para componer series por ambos pitones con buen gusto, ligando por bajo, templada, siendo buenos los de pecho. Un tributo a Ponce con las poncinas de epílogo, largas y lentas, de mucha expresión, que pusieron el ambiente en ebullición. pasaportó al novillo de una extraordinaria estocada y las dos orejas la llevaron a hombros junto a los otros dos maestros por la Puerta Grande de los sueños.
Entenderán y espero que disculpen el desorden de lo que les he contado. Estoy en una encrucijada de sentimientos encontrados. Por un lado la profunda tristeza ante la soledad de la orfandad que me queda sin el Genio. Por otro lado la alegría de haberle disfrutado tantos años y haber sido testigo del mejor torero de la historia, y hoy se me ha hecho muy cuesta arriba ponerme a escribir. Pero ya está hecho, dejándome llevar por lo que me iba saliendo, que espero que al final tenga coherencia.
Solo dos cosas para acabar. Hay un detalle que en este día inolvidable resume lo que es Morante, su vestido, y merece un atención especial. No podía ser otro, solo podía vestir ese terno, Chenel y oro. Solo alguien que ama y respeta el toreo como Morante cuida hasta el mínimo detalle. Lo sabemos por su pasión por El Gallo, por Chicuelo, por Curro Romero y tantos grandes maestros de todos los tiempos. Hoy solo se podía vestir así.
Y luego, quizás lo más importante, que el día de hoy, aún con la sensación de vacío que me queda, ha sido uno de los más bonitos de mi vida, porque he sentido muchas e intensas emociones y todas ellas las he vivido junto a la maravillosa mujer que Dios puso en mi vida, Inmaculada. Con tu sonrisa, con tus bromas, con tu alegría y tu cariño has hecho que este día haya sido aún más especial y quede grabado en verde Morante y oro para toda mi vida, como cada día haces en azul Purísima y oro desde hace veintinueve años. Gracias de todo corazón por haberme aguantado tantas horas en mi locura morantista.
Antonio Vallejo
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