Cuando las mulillas arrastraban al tercero de la tarde comentábamos en el tendido que con lo que habíamos visto a esa altura de la corrida todo lo que llegara, como dice el Evangelio, se nos daría por añadidura. ¿Por qué no aprendemos nunca que en los toros es mejor no hablar hasta que se arrastra al sexto?, ¡que hasta el rabo todo es toro!. Tal cual ha sido la tarde, un inicio de ensueño y un final de antología. De un Morante de la Puebla dueño del toreo eterno, duende y pellizco, a un Ginés Marín confirmado en figura del toreo a hombros camino de la gloria en la noche madrileña pasando por un Alberto López Simón que se la ha jugado con toda la verdad del mundo en un alarde de valor sin límite, una tarde de toreo pleno, en todas sus versiones, valentía, pundonor, entrega, compromiso, naturalidad, imaginación, rivalidad, profundidad, mando, clase, gusto, transmisión, emoción, sentimiento y pasión. Todo eso y mucho más que soy incapaz de expresar con palabras lo he vivido en este 12 de octubre, nuestra Fiesta Nacional, el Día de España que hoy he vivido en toda su extensión, honrando a nuestros Ejércitos por la mañana y en las Ventas por la tarde, más no se puede pedir.
Corrida de claveles para cerrar la Feria de Otoño y la temporada taurina en Madrid en un año atípico que gracias a Dios está acercándose cada vez más a lo que siempre hemos conocido y que ha hecho que los tendidos de La Monumental haya lucido un espléndido aspecto, lleno de "no hay billetes" y real, era difícil ver cemento al aire, una sensación maravillosa de recuperar esa vida nuestra tras el paréntesis de unos meses que espero pronto reposen en el rincón del olvido. Corrida que arrancaba poniéndonos la piel de gallina y los pelos de punta con un paseíllo bajo los acordes de "Suspiros de España" y un silencio sepulcral, no se oía ni el respirar, durante la interpretación del Himno Nacional, instantes en los que contener una lágrima no ha sido tarea fácil para quienes sentimos y amamos a España y nos sentimos honrados por el glorioso pasado de nuestra Patria. Corrida de Alcurrucén con unas hechuras y una presentación excelente, presencia imponente, y seriedad, mucha, astifinos, hondos, trapío impresionante, láminas bellísimas, que ha tenido un juego dispar pero que por uno u otro registro ha mantenido el interés de principio a fin. ¡Cómo habrá sido que hasta el silencio y el respeto ha estado presente toda la tarde y cuando ha habido que censurar con razón se ha hecho en tiempo y forma como corresponde en todos y cada uno de los tendidos!. Así me gusta mi plaza y así me gustaría que fuera siempre, exigente y severa pero educada y cabal, así se siente la afición de verdad, pasión sin crispación, la mejor manera de decir adiós a esta temporada.
Desde que saltó el primero se palpaba ese algo en el ambiente que hacía presagiar algo grande, y qué mejor que el duende para abrir de par en par la puerta de los sueños. Una sinfonía con el capote entre olés vibrantes que hicieron temblar los cimientos de la plaza. Un toro suelto de salida, sin fijeza, no tiene prisa Morante, deja que la cuadrilla lo fije, y ahí sale el maestro. ¡Que verónicas!, para morirse e irse directo al cielo, el mentón hundido, toreando con la cintura, encajadas, ganando pasos y una media de locura para poner a la plaza en pie. Más todavía al sacar al toro del primer encuentro con el caballo, otro ramillete de verónicas deteniendo el tiempo, a compás, ¡el delirio!, otra media de cartel, expresión única de un genio. Y si nos quedaban fuerzas para aplaudir y gritar olés un galleo por rogerinas andándole hacia atrás lleno de torería y aromas, toreo de hace un siglo pero con la velocidad y el temple del XXI para llevar al Alcurrucén de nuevo al peto. Y de nuevo la plaza en pie, ¡éxtasis!. La sinfonía no podía desafinar, de eso se encargaron Juan José Trujillo y Javier Sánchez Araujo con un tercio de banderillas extraordinario y una brega magistral de Antonio Jiménez "Lili", porque Morante ya tenía en la mano la muleta en la que a modo de pentagrama iba a terminar de componerla. Los compases iniciales de faena con ayudados repletos de sabor y una trincherilla personalísima dejando la mano al son de la imaginación son la antesala de cuatro series, cuatro, quince o veinte muletazos, no más, ni falta que hacía, en las que hemos visto el mismísimo paraíso del toreo. Series encajadas, derechazos profundos, enroscándose al toro, mano baja, ligados con suavidad y temple, y unos de pecho celestiales, naturales hondos, también enroscados, Morante entregado, torería en cada movimiento, muy despacio, parando el tiempo, olés sentidos, crujidos del alma. Una estocada hundida hasta la yema rubrica la sinfonía de Otoño del maestro Morante y vale una oreja paseada entre la locura colectiva y particular, como la mía, en una vuelta al ruedo como su toreo, eterna. Con el cuarto ha sido imposible cualquier acercamiento a la posibilidad que todos anhelábamos de ver salir al sevillano a hombros camino de la calle Alcalá. Un toro manso, desde salida, huyendo de los capotes, nula fijeza, la cara alta, sin rematar en los burladeros, frenándose, sin recorrido. No cumple en varas, se deja pegar sin más, espera en banderillas, corta y se defiende como manso. Lo único con cierto lucimiento en este toro fue la brega de Morante para llevarlo al caballo echando el capote al suelo, poniéndoselo en la cara, muy tapado, la única manera posible de conducirlo, y dos monumentales redondos que logró robar con la muleta, profundos y largos acompañados con la cintura. No hubo posibilidad de nada más aunque lo intentó por ambos pitones, toro sin fondo, manso, cara alto, nulo recorrido y a la defensiva con el que hizo lo que había que hacer, abreviar y pasaportarlo lo antes posible.
El segundo, preciosas hechuras, cornidelantero, muy serio, tomó bien las verónicas de saludo templadas y con ritmo de López Simón pero pronto mostró su falta de bravura y clase. Suelto, sin querer pelea, huyendo con clara querencia, se fue hacia el que guardaba puerta y allí recibió un puyazo sin emplearse, cabecea y hace sonar el estribo. Espera en banderillas, reservón, mucho mérito Manuel Rodríguez "Mambrú" y Jesús Arruga que dejan los palos con solvencia, haciéndolo todo ellos, acompañados de una muy buena lidia de José Chacón preceden a una faena de muleta que arrancó con un monumental susto que quedó solo en eso de manera milagrosa. En el centro del ruedo cita López Simón al Alcurrucén que se arranca con fuerza, viniéndose por dentro para arrollar al madrileño y lanzarlo por los aires primero y posteriormente hacer presa en el suelo y tratar de cornearle cuando quedó a su merced. No sé como fue posible que no le hiriera y todo quedara en un palizón del que cualquiera de nosotros no nos hubiéramos recuperado en semanas, pero por fortuna pudo recuperarse y volver a la cara del toro. Muy valiente y decidido, aguantando y tragando parones, miradas y derrotes bruscos de un toro que no pasaba, al que había que plantarle la muleta en la cara y no quitársela, perderle pasos entre muletazo y muletazo para no quedar descubierto y ser cogido porque sabía perfectamente lo que dejaba detrás. Gran esfuerzo y pundonor, vergüenza torera y mucho valor, por ambos pitones, sacando derechazos y naturales aislados con profundidad, quizás en algún momento más entregado a la batalla que a buscar algo más de colocación, pero no se le puede reprochar nada a mi modo de entender. Lo dio todo y además lo dio con mucha sinceridad profesional y mucha verdad, jugándosela en cada pase. Mató de un espadazo arriba que liquidó al toro sin puntilla. De verdad, me supo muy a poco la fuerte ovación que recibió López Simón, me pareció muy escasa la petición de oreja y me cuesta entender que no se valorara el esfuerzo y la entrega del torero ante las condiciones del toro además de la sensacional estocada, como más me cuesta entender que no se le pidiera con más fuerza la vuelta al ruedo. Pero esta es solo mi opinión y mi forma de ver lo que el madrileño hizo mientras otros muchos no lo consideraron igual lo hicieron con respeto, cuando y como se debe, esto es la Fiesta. El quinto, un cornidelantero abrochadito de impresionante presencia, bajo de agujas, con movilidad de salida, fijeza y repetición en los lances de recibo pero las manos por delante y justo de recorrido. Tardo en varas, sin emplearse y agarrado al piso en banderillas cuajando José Chacón y Arruga un tercio sensacional que les obligó a desmonterarse. Tuvo dos series en la muleta, las dos primeras en redondo, en las que el toreo de trazo largo y profundidad nos hizo tener esperanzas, series ligadas por bajo, templadas, rematadas con buenos de pecho. A partir de la tercera fue a menos, tragaba dos muletazos y al tercero se acostaba y soltaba la cara con peligro, defectos más acusados por el pitón izquierdo por donde el recorrido era mínimo. Toro a menos y faena sin posibilidad de levantar el vuelo a pesar de los intentos de López Simón. De nuevo una sensacional estocada hundiendo el acero hasta la empuñadura en todo lo alto que revienta al toro sin puntilla. Ha podido tener defectos, es posible que con algo más de distancias y un toreo más pausado en algunos tiempos su lote hubiera dado algo más, o no, pero la entrega y la verdad con la que ha estado toda la tarde, además de otros méritos, merecían algo más y me ha dado pena que se haya ido de vacío sin cobrar una oreja que me hubiera parecido justa y de ley.
Ginés Marín sale de Madrid consagrado en figura del toreo no solo con las dos orejas cortadas al sexto sino con la sensación que ha dado toda la tarde y que ya preveíamos y sabíamos desde hace tiempo que era un hecho que ocurriera. Conocíamos su gran capacidad con el capote, hoy lo ha vuelto a demostrar en el segundo, un toro con clase y bravura al que le ha faltado más duración en la muleta para romper. Las verónicas de recibo al segundo han sido bellísimas, cargadas de sabor, jugando bien los brazos, cerrando al toro para recogerlo y evitar la tendencia a irse y rematar con una media mirando al tendido de auténtico lujo, pero aún mejores las que le ha pegado al probarlo a la salida del primer puyazo, mecidas, suaves y cadenciosas, una maravilla. Ha sido al cerrase el tercio de varas cuando hemos vivido uno de los momentos de mayor intensidad de la tarde y me atrevería a decir, de la temporada. Morante aprovecha su turno de quites y nos lleva al cielo con unas chicuelinas como no he visto jamás, con las manos muy bajas, abandonado, sublimes, deteniendo el tiempo, y le replica Marín por el mismo palo, chicuelinas ceñidas y una larga a una mano de escándalo. La plaza en pie, rivalidad sana, como siempre ha sido entre figuras, recuerdos de otras épocas gloriosas del toreo que hay que recuperar. Una vez más destacar a los de plata en banderillas, esta vez Rafael Viotti y Fernando Pérez con tres magníficos pares con máxima pureza en su ejecución. Arranca la faena de rodillas, el toro se viene por dentro, susto, se incorpora y traza un tanda de derechazos con temple, adelantando la muleta, enganchándole y llevándolo en largo, profundidad y ligazón, tanda compacta y reunida con el toro que humilla y repite. Otra serie más en redondo con la mano baja en la que el Alcurrucén evidencia falta de gasolina, posiblemente vaciado en los quites por lo mucho que se le obligó, tirando del toro para dibujar redondos de mucha profundidad. Por el izquierdo le cuesta ya un mundo tomar la muleta, se queda muy corto y pierde ritmo y continuidad lo que obliga a Ginés a buscar muletazos de uno en uno, dejándole respirar, mucha técnica y saber pero la emoción decae por el apagón del toro. Lástima que las fuerzas o lo que se le exprimió con el capote, para mi se le vació ahí hicieran que durara tan poco porque condiciones tenía. Pero después de haber visito ese pique en quites todo tiene menos importancia y se comprende y disculpa más. El sexto salión con mucha movilidad pero escasa fijeza, huyendo de los capotes, no quería nada, iba a su aire, en varas se le picó bien, puyazos delanteros agarrados sin rectificar, pero en banderillas resultó un caos, lidia desordenada con el toro campando a sus anchas. Una vez más pocos dábamos un duro por ese toro y una vez más nos equivocamos. Sabíamos que se movía pero nada más y resultó que rompió en la muleta con bravura, y Ginés bordó el toreo, gloria pura. Sin probaturas, se fue a las rayas entre el 6 y el 7 y allí le plantó la muleta, enganchando el viaje muy alante, aprovechando la movilidad en recto al hilo de las tablas, templado, derechazos de trazo muy largo, mano baja, profundidad, ligazón, toreo carísimo, emoción y olés que retumbaban en la noche. Fuero dos series de un nivel estratosférico, mando y clase en la muleta además de gusto y sabor en los de pecho y uno de desdén sensacional. Pero donde Ginés Marín alcanzó la gloria del toreo fue al natural, el toreo de verdad, una primera serie con hondura, largura, temple exquisito, ligazón, la muleta arrastrada por la arena, que alcanza su cénit en otra que inicia por el pitón derecho en un redondo cosido a un cambio de mano apoteósico que hila con unos naturales superlativos y uno de desdén para abrochar la serie que desata la locura. De nuevo por el derecho, redondos profundos y un cambio de mano aún más largo que le anterior para quedarse colocado e interpretar un natural eterno que no acaba y parece casi un circular que pone a la plaza en pie, para acabar con naturales a pies junto dando el pecho, hondos, todo naturalidad, relajado, bellísimos rubricados con uno de desdén maravillosos y uno de pecho que no terminaba nunca. Se tira recto a matar, volapié majestuoso que pasaporta al gran toro de Alcurrucén cuyas orejas van a parar a las manos de Ginés Marín sin discusión posible.
En un día como este 12 de octubre, después de vivir y sentir con tanta intensidad emociones indescriptibles solo puedo dar gracias a Dios por el inmenso privilegio de ser español y taurino y poder gritar: ¡Viva España!, ¡Viva el toreo!.
Antonio Vallejo

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