La espada, Emilio, la maldita espada, ha echado por tierra dos orejas y la que podía haber supuesto tu sexta Puerta Grande en Las Ventas, algo únicamente al alcance de los más grandes. Pero, aunque me tachen de loco por decirlo, "sólo" ha arruinado una estadística, otra Puerta Grande, números, dos orejas, que significan mucho, sí, pero que no son nada en comparación a lo que nos has hecho vivir y vibrar esta tarde en dos faenas sensacionales a dos no menos sensacionales toros de Jandilla. Cuando uno concibe el toreo desde el alma, cuando uno sueña y se abandona al toreo eterno, todo lo demás es accesorio. Se te habrá escapado el triunfo, pero has alcanzado la gloria del sentimiento y la emoción. Dos toros y dos faenas de muy diferente registro, primero y cuarto, que han pasado de puntillas por los primeros tercios, si bien el primero apuntó su clase en le capote y hundiendo la cara en el peto y el cuarto su movilidad y recorrido en banderillas, pero que han roto en la muleta. Uno de clase descomunal, el primero, Opaco, que ha humillado y repetido con celo y codicia en una muleta que ha barrido la arena por ambos pitones. El inicio de faena desprendía torería por todos los rincones, genuflexo, por bajo, muletazos de trazo largo, cargados de sentimiento y una belleza sublime, prólogo maravilloso del caudal de temple, profundidad y gusto de un Emilio de Justo toreando para sí, relajado, en tandas en redondo ligadas muy despacio, algunos muletazos parecían fotografías detenidas en el tiempo, en el sitio, todo por abajo, enroscándose al jandilla que perseguía la franela y repetía con celo, humillando, eso es poco, hundiendo el hocico en la arena, con recorrido, una oda a la bravura. Pero ha sido al natural donde la emoción se ha desatado, desenfrenada, ante la hondura superlativa de los muletazos, jugando las muñecas con suavidad, trazo largo y exquisito, suavidad en los vuelos que embarcaban a Opaco en un baile en el que ambos, toro y torero, se entregaron sin reservas en tandas de una despaciosidad y una plasticidad fuera de serie. Entre medias remates por bajo, trincherillas de cartel, pases de pecho vaciándose, un canto al toreo eterno. Pero la espada, ¡ay la maldita espada!, y el descabello, ¡maldito descabello!, ha arruinado una oreja, pero no lo que me ha llenado el alma, eso queda para siempre. Quedaba el cuarto, Lacerado, otro que pasó despercibido y sin definir en los primeros tercios pero que en la muleta rompió , o lo hizo romper, Emilio de Justo. Si en el anterior fue la clase, el buen gusto, la torería, lo que lo definió, en este ha sido el mando y el poder del cacereño. Toro con movilidad y mucho brío, de galope alegre, arrancándose a la muleta que le presentaba de Justo adelantada, reduciendo la embestida, corriendo la mano en por bajo, muletazos por el derecho de trazo largo y mucha profundidad cargados de emoción, temple extraordinario, ni un toque a la muleta, acompasado a la embestida, lección de técnica y capacidad. Fue también al natural donde la faena alcanzó las más altas cotas de transmisión, dando el pecho, la muleta planchada y delante, muy templado, corriendo la mano hasta vaciar la larga y humillada embestida de Lacerado que repetía incansable con intensa emoción por su codicia y brío, con el hocico haciendo surcos en la arena venteña. También hubo molinetes, trincherazos y algunos de desdén con gusto y sabor, y no digo que fueran accesorios o prescindibles, ni mucho menos, pero en este toro lo realmente partía el alma era el toreo fundamental, ese es el que guardaremos en la memoria y el que nos hizo crujir. Y otra vez la espada, la maldita espada, evaporando lo que llevaba camino de otra oreja. Pero el toreo de Emilio de Justo jamás se podrá evaporar y diremos en el futuro "¿te acuerdas de aquella tarde de junio en Madrid?". ¡ Qué bonito y grande es eso!.
Tambien hablaremos de un madrileño, Víctor Hernández, que ha hecho una exhibición de entrega, compromiso y extremo valor ante el que cerraba plaza, una uténtica alimaña, un cabrón con pintas, un hidepumás orientado que una brújula, con sentido más que desarrollado, reservón, mirando, midiendo y probando en cada embestida. No había apenas tomado contacto con el capote cuando se arrancó como un misil directo al cuerpo de Víctor, lo lanzó por los aires dos o tres metros arriba, como un muñeco de trapo para luego engancharle de la chaquetilla y, colgado del pitón, lo arrastró casi hasta los medios, segundos angustiosos que hacían temer algo grave. Afortunadamente no hubo cornada aparente y Víctor se repuso y volvió a plantarle cara consiguiendo hacerle tragar algunos lances de inmenso mérito y en los que se nos cortaba la respiración al ver como buscaba cada vez que pasaba. Fue un caos en varas y banderillas, y llegó a la muleta con las mismas condiciones. Indescriptible lo que ha sido la faena, una batalla a cara de perro, con el toro probando, mirando y midiendo, colándose, peligro en cada muletazo, ¡lo que ha aguantado Víctor!, sin dar un paso atrás, plantándole la muleta, aguantando los tornillazos de un toro que no tragaba ni un muletazo, áspero y bronco, que llevaba la cara por las nubes y al que, con una par de lo que un hombre, un macho de verdad, tiene, ha conseguido dibujar muletazos inverosímiles por su trazo y hondura. Se la ha jugado con toda la verdad que pueda existir, sin importarle que una vez más, en un natural en el que se quedó debajo y se revolvió sabiendo lo que se dejaba atrás, le enganchara esta vez del chaleco y lo tuviera a su merced colgado del pitón, salvándose de milagro. Nada importaba como cayera la espada a esas alturas, nos daba igual, la única misión era acabar con ese criminal de nombre Versado ante el que el mayor triunfo ha sido salir vivo y con una dignidad y una entereza digna del mayor elogio y reconocimiento, aunque estoy convencido que, de haber acertado con la espada habría cortado una oreja que me hubiera parecido más que merecida y de mucho peso por el valor sin límite derramado.
El resto de la bien presentada y seria corrida de Jandilla remendada con dos de Santiago Domecq (quinto y sexto) ha tenido poca historia. Un lote muy deslucido y soso, sin entrega, descompuestos en sus embestidas, además de justos de fuerzas, el que le ha correspondido a Borja Jiménez que tan solo con mucha suavidad y muletazos a media altura para mantenerlos en pie, ha podido tranzar algunos sueltos de cierto empaque, pero todo sin ritmo ni continuidad, con escasa emoción a pesar de los intentos del sevillano por sacar algo lucido. Eso sí, el quite que hizo al que abría plaza fue una delicia, chicuelinas llenas de aromas y una media sentida para rematar, que nos hacen esperar con ilusión al domingo con su encerrona en solitario. Y lo mismo se podría aplicar el tercero que lidió Víctor Hernández, deslucido y con poco fuelle, al que no le pudo obligar lo mínimo porque no aguantaba. A media altura, bien, aseado, pero sin llegar a conectar, tan solo algún destello aislado, no tuvo más opciones esta tarde en la que estas horas podríamos estar hablando de orejas y Puerta Grande, pero en la que nos quedará el recuerdo de algo mucho más valioso, la clase, la torería, el valor y la entrega de hombres como Emilio de Justo y Víctor Hernández. Ahí reside la grandeza del toreo.
Antonio Vallejo

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