La verdad es que no sé por dónde ni cómo empezar a contarle lo de esta tarde en Las Ventas, así que voy a hacerlo por lo más fácil y luego iré viendo en dónde me meto y daré mi opinión de lo que he visto, atónito, ya se lo adelanto. De largo lo más sencillo es reflejar el décimocuarto "no hay billetes" del serial, un salvaje récord de asistencia y que no va a terminar aquí. Lo siguiente, que este lleno era para ver una corrida de Adolfo Martín para los espadas Antonio Ferrera, Manuel Escribano y Paco Ureña, consagrados matadores muy familiarizados con este encaste Albaserrada, que ha tenido de todo, en la que unos han salido felices y contentos, otros cabreados hasta las orejas, y yo, personalmente, completamente desorientado y perplejo. En esta tarde han cabido muchos estados de ánimo, el único que es imposible encontrar es el aburrimiento. Y les diría más, podría haber sido una importante corrida si no hubiera acontecido lo que me ha parecido un auténtico circo, que lo dejaré para el final porque, entre otras cosas, ha ocurrido al final, en el sexto y último.
Siguiendo con lo fácil de contar le toca el turno a Manuel Escribano quien se ha chocado contra el muro infranqueable de su lote, nulas opciones. Y eso que el sevillano lo ha puesto todo de su parte, yéndose a recibir a ambos toros a porta gayola. Y los dos han salido igual, parados, mirando a uno y otro lado, sin enterarse, desluciéndolo todo y restando emoción, el segundo se frenó y tuvo que incorprorarse a media lance desluciéndolo todo, el quinto al menos se arrancó y tomó una larga cambiada y permitió al Escribano lancear con emoción, lidiando, para someter el brío inicial del adolfo. No tuvieron mal comportamiento en el caballo, se arranacro pronto y empujaron con cierta codicia, y en banderillas mantuvieron buen tranco en los dos tercios protagonizados por el propio matador y que tuvieron un poco de. Hubo pares sensacionales ejecutados con pureza en la cara del toro, ganada de poder a poder, sobre todo el segundo y cuarto par al primero de su lote y el último al segundo del lote, otros con cierta ventaja y algo a toro pasado, el más evidente el segundo a su primer toro, y uno que fue una pena que los palos cayeran bajos y nada reunidos que fue el tercero al primero del lote de altísima exposición y riesgo, sentado en el estribo para incorporarse y quebrar hacia las tablas en un espacio inverosímil. Lo malo es que ambos toros llegaron a la muleta con cero opciones de triunfo, desfondados, sin recorrido ni entrega alguna. Voluntarioso y con mucho criterio y técnica intentó sacar algo, tan solo algún muletazo suelto tuvo cierta calidad pero mínima transmisión.
Desgraciadamente hablar hoy de Paco Ureña es hablar de pagar con sangre su entrega y verdad ante un toro que era una auténtica alimaña, el tercero, un hidepu que lo único que llevaba dentro era instinto asesino. Ni bravura, ni raza, ni casta, ni empuje, ni nada, sólo se defendía revolviéndose en su corto recorrido, desde que tomó el capote venía avisando, se venía por dentro y rebañaba, reservón y peligroso a más no poder en banderillas, fue un infierno para la cuadrilla, cortaba e iba directo a por ellos. Tragó una tanda por el derecho de mala manera, quedándose debajo y volviéndose sabiendo lo que se dejaba atrás, y a la siguiente rebañó en un muletazo y encontró lo que buscaba, lanzó a Ureña por lo aires y en el suelo hizo por él, segundos angustiosos, dramáticos, de lo que salió el murciano con una cornada en el muslo izquierdo de la que manaba la sangre. Pese a todo tomó de nuevo la muleta y trató de someter al hidepu, que seguía igual, no embestía, buscaba herir una y otra vez, y con enorme mérito trazó algunos derechazos de mucho mérito y valor llevándolo tapado en la muleta y por abajo. Pero era imposible seguir así, en unas condiciones físicas muy precarias que se unen al enorme problema que supone tener sólo un ojo, por lo que decidió acertadamente quitarse de en medio cuanto antes a la alimaña, y me daba igual cómo lo hiciera y donde cayera la espada con tal de ver muerto al adolfo, abandonando el anillo por su propio pie camino de la enfermería entre el clamor de una plaza que supo reconocer la verdad y el compromiso, su enorme dignidad.
Y lo que queda imagino que no hace falta que les diga que es Antonio Ferrera. Vamos a ver, no es fácil , voy a tratar de resumirlo muy brevemente empezando por el final, que es que ha abierto la Puerta Grande tras cortar una oreja al cuarto y otra al sexto, que mató en lugar de Ureña. Dos orejas pedidas por clara mayoría de pañuelos blancos en los tendidos y que el presidente, cumpliendo el reglamento, ha concedido. Luego cada uno puede valorar la justicia o no de esos trofeos. En mi opinión, la del cuarto puede tener un pase, la del sexto, no. Para intentar ordenar todo lo ocurrido voy a irme al que abría plaza, un toro muy largo de 596 Kg, algo poco propio de este hierro, que no tuvo ninguna entrega y que mostró el carácter típico del encaste, pedía mucho y no regalaba nada, frenándose en el capote, corto de recorrido, revolviéndose, orientado, buscando lo que dejaba atrás. Toro para hacer lo que hizo Ferrera, lidiar, sin florituras, tanto de capa como con la muleta. faena para tener los cinco sentidos en alerta máxima ante las miradas, las coladas y lo que reponía el toro. Con el oficio de tantos años curtidos en mil batallas con este tipo de toros y con mucha firmeza resolvió la papeleta con dignidad, aunque para entrar a matar ante la amplitud de pitones que portaba pasó un trago más que amargo. El cuarto fue un muy buen toro que tuvo clase y entrega sin perder su sangre y la raza que hace a estos albaserradas tan emocionantes cuando se emplean como éste, curiosamente de nombre Mentiroso pero en cuya lidia nada ha sido mentira. Sensacional la lidia de Ferrera para fijar al toro de salida, por bajo, sobre los pies, belleza y eficacia técnica de la mano. Buena, empleándose, la pelea en el caballo, y sensacionales, como nos tiene acostumbrados, los pares de ese majestuoso banderillero que es Ángel Otero, cuajando un tercio de antología. Gran toro en la muleta, bravo y noble, con recorrido y repetición, pidiéndolo todo por bajo, humillando, con codicia, pero sin permitir errores ni dudas. Ahí la grandeza del balear-extremeño en este toro, sin probaturas directamente al pitón izquierdo en una series de naturales de enorme expresión y hondura, muy templadas, perfectamente acoplado, ni un toque a las telas, manejando los vuelos con sutileza, arrastrando la muleta, sintiendo el toreo, disfrutando de cada muletazo nacido del alma. El cénit en los naturales por el pitón derecho, sí, naturales, leen bien, porque toreó sin la ayuda, tirada sobre la arena venteña, mera espectadora de tanta belleza, derechazos en los que los vuelos recogían con suavidad una embestida franca y brava. Momentos mágico de enorme transmisión, olés roncos y sentidos de una plaza que cuando se entrega es única, rendida a la pureza del toreo de Ferrera. Quedaba matar, y ahí empezó la parte esa que Antonio Ferrera tiene, una especie de Jeckyll y Hyde, dos caras que aparecen y desaparecen cuando menos lo esperas. No es la primera, ni la segunda vez que se lo he visto hacer, entra dentro de sus peculiaridades, de momento voy a llamarlas así, es forma de entrar a matar caminando desde muy lejos, perfilándose, hoy desde las tablas hasta los medios, envolviendo su hombro izquierdo con la muleta semiplegada como si fuera una capa - Napoleón le han llamado desde un tendido alto - para entrar matar cuando está a dos o tres metros. Para mi es parte de un show, que puede gustar o no, pero realmente superficial, parafernalia que de vez en cuando puede tener su aquel, pero hasta cierto punto, sobre todo cuando sale regular o mal como ha sido hoy. En este toro lo ha hecho en la suerte de recibir, después de todo el teatro, pinchando a la primera y dejando una entera contraria, bastante. A ver, esta oreja pedida por mayoría puede tener un pase, aunque la estocada a la segunda, repito, ha sido defectuosa, pero bueno, lo entiendo por la extraordinaria faena, y no me parece mal, la verdad. Pero la del sexto, el que correspondía al herido Ureña, no, ni de broma, no lo entiendo ni comparto aunque lo admito en virtud del reglamento. De nuevo muy bien con el capote en el saludo, lidiando por bajo, enseñando a embestir al adolfo. Pero todo ha empezado a entrar en una espiral más propia de un circo que de una corrida de San Isidro en la llamada primera plaza del mundo cuando ha hecho desmontar de su cabalgadura al picador para subirse él a picar. Me he tomado la molestia de ir al reglamento de Madrid - manda narices que en la Fiesta Nacional cada región tenga su propio reglamento y no sea único para toda España - y buscar lo que dice del tercio de varas. Textualmente dice lo siguiente: "Los picadores son quienes realizan materialmente los puyazos. El matador (espada) encargado de ese toro dirige la suerte, coloca al toro y puede intervenir para situarlo ante el caballo. Los demás espadas deben colocarse a la izquierda del picador y pueden realizar los quites en los momento previstos por el reglamento. Si un picador no puede continuar, el reglamento ordena que sea sustituido por otro picador, incluso de otra cuadrilla, no por el matador". Es decir, que para empezar y según el reglamento, Ferrera no puede picar, por lo que todo lo que se ha montado a partir de ese momento sobraba, y por lo que he leído, parece ser que va a ser sancionado. De verdad, ha sido algo, para mi, impropio de la plaza Las Venta y más en San Isidro. Con todo el respeto, en una plaza de cualquier pueblo, vale, pero en Madrid no. Lugo está la exageración y cierta estridencia al manejar la cabalgadura y llamar al toro, así como la manera de colocar el puyazo, bien al primer encuentro, pero sólo señalado, un churro de padre y señor mío el segundo, al aire, sin acertar en el lomo, y caído el tercero, también sólo señalado. ¿Era necesario tanto circo para eso?. ¡Ah! y después más extravagancia, bajándose del caballo, agarrando el capote como si se lo fueran a robar, corriendo como poseído por el diablo para hacer lo que se supone era el quite que él mismo se ha hecho tras picar él su toro, un sin sentido. Por cierto, un quite embarullado mezclando lo que parecía una caleserina, una chicuelina y una serpentina, a toda velocidad, un despropósito, nada comparable a la discusión con le palco por el cambio de tercio, uno decía que había que picar al toro por el picador, el otro que no, luego, entre tanto escándalo, no se ha escuchado el toque de clarines y timbales para cambiar el tercio, más discusión aún y más bronca, en fin, algo insólito y en mi opinión inadmisible en esta plaza que debe mantener un rigor y una seriedad. Eso sí, divertido ha sido un rato, como el circo, pero esto es toreo, algo mucho más serio. Con la muleta, al menos se ha calmado algo la cosa, y también ha toreado con gusto y profundidad, con buenas tandas por ambos pitones, ligadas con clase y transmisión, para matar de nuevo como a su anterior, muy en largo y con idéntica parafernalia, dejando una estocada muy delantera y defectuosa, tanto que escupió la espada. El toro no doblaba porque la estocada era mala, así de claro, pero Ferrera no quería descabellar entre mucha teatralidad como si quisiera obligar a doblar al toro aculado en tablas. Por fin decidió descabellar y acertó, de nuevo muchos pañuelos y otra oreja a mi entender excesiva. Pero así es esta fiesta y si el público, que no los aficionados, la piden... pues no queda más remedio. Una pena, de verdad, que con lo buen torero que es Ferrera, con la clase que tiene, se recargue de accesorios innecesarios que pueden llegar al ridículo en ocasiones, y en Madrid lo vimos en una Feria de Otoño. Me quiero quedar con el toreo sentido al cuarto, me sobra el circo. Más aún cuando aún resuenan en esta plaza los ecos de los olés con Diego Urdiales, creo que con eso queda todo dicho.
Antonio Vallejo
P.D: Solo una cosa más. Por favor, ¡que alguien le diga a Antonio Ferrera que ese capote es horrible! Hace daño a los ojos, es horroroso ese color azul eléctrico, es horrorosa la combinación con el forro azul pálido desteñido, y es horrorosa esa tela de raso brillante que debe ser lo que sobró de las cortinas de la casa de la tía Juana. Otra estridencia más perfectamente prescindible. Una capote de torear es algo de tal belleza que solo puede ser con Dios manda.
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