lunes, 5 de febrero de 2018

Juli y Flores, triunfo con el regalo



Nada hacía presagiar el final triunfal de una tarde, madrugada española, que naufragaba a cada toro que salía por la puerta de toriles. Uno tras otro saltaban al ruedo de La México ejemplares mal presentados, sin trapío, de feas hechuras, sin cara, sin presencia, alguno terriblemente desproporcionado, indignos para una plaza de primera como es La México. Si a todo eso le añadimos que el comportamiento de los seis de Teófilo Gómez fue desastroso, sin bravura, descastados, sin raza, sin fuerzas, nada de nada, sin fondo alguno, ni siquiera un resquicio por el que salvar la madrugada en nuestra patria, imagínense lo que costaba aguantar despierto a esas horas. Menos mal que los comentaristas de la televisión azteca ponían el picante -algo usual por esas tierras dicho se de paso- que le faltaba a los toros porque de otra manera hubiera sido para irse a dormir.  ¡Menos mal que no lo hice y aguanté hasta el final!. Sinceramente, tenían un cabreo del quince, y con toda la razón. No será porque no lo habían anunciado en los comentarios previos la corrida, no será porque no insistieron una y otra vez que los toros de Teófilo Gómez por buscar tanta, tanta, tanta nobleza, docilidad y manejabilidad para que las figuras los elijan se han dejado por el camino el genio, la casta y la bravura que debe tener un toro de lidia que tiene que generar emoción.  No será que no advirtieron que es prácticamente imposible que un ganadero tenga tres corridas completas -al menos 18 toros- con la presencia y el trapío mínimo exigible para lidiar en Insurgentes. No será que no dejaron claro que tenían muchas dudas sobre el comportamiento del ganado, sobre su fondo y sus fuerzas, tantas y tantas cosas que convirtieron en animado coloquio en la previa. Y es que cuando todas esas sospechas y malos augurios se cumplen, lo mínimo es revolverte porque contemplas como así se mata a la Fiesta, que si hay toro no hay nada. Si no se cuida al toro, si no se elige al toro bravo como eje principal de la corrida de nada vale que se anuncien nombres de figuras porque la emoción que debe generar el toreo no surgirá por mucho que lo intenten esas figuras. Eso fue lo que ayer por la noche sucedió en La México. Uno tras otro vimos desfilar animales sin trapío, que no galopaban, que iban al gran-tran, al trote cochinero, que además perdían las manos a la mínima que se les obligara, que no humillaban, siempre con la cara arriba y echando las manos por delante,  defendiéndose, animales a los que no se les picó porque no aguantaban el mínimo castigo. En algunos casos me atrevería a decir que ni tan siquiera se señaló el puyazo, en un espectáculo indigno de una plaza de la relevancia de La México, hurtándonos además la importancia y la belleza de contemplar un tercio fundamental para la lidia. Animales que en la muleta pasaban como si nada, desentendiéndose, sin un mínimo de transmisión y emoción. Con esta pared se toparon Julián López "El Juli" y Sergio Flores, a lo que hay sumar el ambiente cada vez más crispado y a la contra con el que tuvieron que bregar y al que tuvieron que sobreponerse  a medida qua avanzaba la tarde mexicana, madrugada española. A nadie se le escapa que lo más normal era que el desánimo invadiera a los aficionados que ayer casi llenaron la Monumental azteca y a los que veíamos la corrida por televisión. Muy por encima de sus oponentes, por llamarlos de algún modo, estuvieron Juli y Flores en sus lotes, intentando lo imposible, dispuestos y entregados, tratando de sacar aunque fuera un capotazo o un muletazo suelto que conectara con los tendidos. Repito, imposible. No es de extrañar que cuando Juli vio lo que tenía delante con el que salió en quinto lugar, un toro anovillado, feo, escurrido, que no tenía ni fondo ni un miligramo de fuerza, levantara el dedo índice anunciando un toro de regalo nada más comenzar el trasteo con la muleta -llamarlo faena sería un eufemismo infame- y lo fulminara de un espadazo sin más contemplaciones. Y tampoco puede extrañar que en el sexto, otro ejemplar infumable, Sergio Flores hiciera exactamente lo mismo, hartos ya del deprimente espectáculo que se estaba ofreciendo. Fue sin duda la mejor decisión que pudieron tomar, la de regalar un toro cada uno y así poder compensar a los aficionados por todas las penas anteriores. Y yo tampoco sabré cómo agradecer a ambos matadores que lo hicieran, eso que eran ya casi las dos de la madrugada y la cosa no estaba para bromas.
Dicen los gitanos que no quieren para sus hijos buenos principios. Debió ser que ayer rondaba por La México algún duende gitano que cumplió con el dicho. Lo que empezó mal y fue a la deriva camino del desastre terminó con ambos matadores a hombros tras cortar dos orejas cada uno. Una vez más se demuestra la grandeza de la Fiesta, su magia y su hechizo, capaz de sacarnos del infierno del tedio para llevarnos a la gloria del arte en unos minutos. Para eso sólo tuvieron que saltar al ruedo dos toros bravos, con raza y, además, con buenas hechuras. Así de simple y así de misterioso a la vez. De lo demás se encargaron Juli y Sergio Flores.
El toro de regalo de Juli pertenecía al hierro de Bernaldo de Quirós, un toro cárdeno de preciosas hechuras, muy serio, armónico, proporcionado, un toro con trapío. Vuelvo una vez más a recordar lo que el maestro Emilio Muñoz repite una y mil veces, que un toro con buenas hechuras no significa que vaya a embestir, pero los que embisten siempre tienen buenas hechuras. Y así fue ayer por la noche. Lo recibe Juli con una larga cambiada de rodillas cosida a unos chicueilinas a manos bajas que arrancan los olés entusiasmados que tantas ganas de corear tenían los tendidos. El toro es bueno, tiene movilidad, alegría y fijeza, mete bien la cara y apunta clase y bravura. Se le pica, lo que era noticia, aunque se le mide el castigo para no estropear las aparentes buenas cualidades del de Quirós. Insurgentes entra en ebullición con un sensacional quite de Juli por lopecinas en los medios, rematado con una revolera que pone en pie a toda la plaza. Se huele algo grande, impresión que se refrenda  tras un extraordinario tercio de banderillas protagonizado por Cristhian Sánchez que responde desmonterado a la atronadora ovación con la que se le premian sus dos pares. Juli brinda al público sabedor de que va a armar el lío. Y lo hizo, ¡vaya si lo hizo!. El inicio de faena con las zapatillas clavadas en la arena, sin enmendarse ni reponer un milímetro en estatuarios escalofriantes para rematar con un sensacional pase de pecho encienden la mecha de la emoción en unos tendidos que ya rugían tras la exhibición capotera del madrileño. A partir de ahí una nueva lección magistral de Juli, un lección de maestría, de poderío y mando, de clase y gusto, de elegancia y empaque en su toreo. Series en redondo templadas, con el compás abierto, corriendo la mano, por bajo, arrastrando la tela por la arena, ligando los muletazos como si utilizara hilos de seda, con una suavidad exquisita, aprovechando la movilidad, la repetición y la humillación del toro de Bernaldo de Quirós y rematando las series con unos cambios de mano lentos, eternos, bellísimos, que ponen a mil a los tendidos. Igual de acoplado Juli por el pitón izquierdo, torea encajado, metiendo los riñones, esta vez cerrando el compás, componiendo la figura con una elegancia superlativa. De su muleta surgen naturales hondos que enloquecen a La México, adornos, molinetes, pases de desdén en un derroche de torería. A esas alturas el coso de Insurgentes ruge al grito de "torero, torero" al ver cómo el madrileño barre la arena con su muleta en una serie de derechazos antológica por largura y temple. Gritos que no cesan con las luquecinas al abrigo de las tablas con las que el maestro Juli pone fin a a su faena para dejar todo en manos de la espada, la suerte suprema que marca la frontera entre el triunfo rotundo o el pudo ser y no fue. Y fue, por un estoconazo hasta la empuñadura que pasaporta sin puntilla al gran toro de Bernaldo de Quirós. Dos orejas incontestables que a juicio de los comentaristas mexicanos debieran haber  viajado acompañadas del rabo. Yo también lo creo porque se conjuntó  un gran toro, bravo, con raza, encastado, noble, repetidor y que cumplió en todos los tercios con la maestría, el mando, el poderío, la técnica, el conocimiento, la clase, el gusto, en definitiva, la torería suprema de un grandísimo maestro que lució al toro en todos los terrenos y que lo mató de una estocada sensacional. Pero la alegría de Juli era máxima, lógico, la de los tendidos no se pueden no imaginar, enloquecidos, y la de los que a esas horas estábamos en España pegados a la tele inenarrable. Al menos en mi caso fue así al sentir una vez más la grandeza y la emoción de este Arte. ¡Mereció la pena el desvelo!.
Visto lo visto, el mexicano Sergio Flores no podía quedarse atrás con su toro de regalo, un ejemplar de Santa María de Xalpa, ganadería mexicana de procedencia Domecq, lo que se adivinaba nada más saltar Suerte al ruedo, que así se llamaba el que hizo octavo. Un toro de hechuras "españolas" por decirlo de alguna manera. Un toro cuajado, reunido, muy serio, con dos pitones de los que pocas veces se ven por México, armónico  proporcionado, sin exceso de kilos, en definitiva, un toro con trapío. De nuevo tengo que volver con lo del maestro Emilio Muñoz, ya sé que soy pesadito, pero es que una vez más se cumplió. Vibrante, arrebatador saludo capotero de Flores por chicueilinas ceñidísimas y una revolera que pone en pie a la Monumental, por si necesitaba algo más para calentarse. Conocedor de las características de este encaste también le mide el castigo en el caballo y se le da un solo puyazo. Lo prueba Flores a la salida del caballo con un quite lucidísimo y muy vistoso en el que combina chicuelinas, tafalleras y una cordobina haciendo que los tendidos se rompan las palmas a aplaudir y a gritar olés que hacen temblar  los cimientos de la plaza. Va por todas, brinda al público e inicia la faena sin probaturas, de manera explosiva, con un cambiado por la espalda de los de contener la respiración que enlaza con una magnífica serie por el pitón derecho templada y ligada, bajando la mano, con mucho gusto y que llega a los tendidos, locos de alegría y con la esperanza de ver otra gran faena. El de Xalpa es noble, tiene muchísima clase, humilla y repite en la muleta del mexicano, especialmente por el pitón derecho, el mejor sin duda. En redondo surgen los mejores pasajes con un toreo templado, por bajo, corriendo la mano, con largura, ligando los muletazos con mucho gusto y calidad. Por el pitón izquierdo baja un poco el tono, protesta, no se deja, echa la cara arriba y los naturales no surgen limpios, aunque lo intenta el mexicano y nos muestra que por ahí no va. Vuelve al derecho y retoma el tono inicial con una buena tanda en redondo ligada y templada. El toro se apaga y ahí surge el flores valiente, no dudando en exponer al aportar distancias, tanto que es echado por los aires en un segundo de descuido, afortunadamente sin consecuencias. Se repone como si nada y vuelve arrebatado a la cara del toro para finalizar la faena en un alarde de pundonor y valor, junto a las tablas, dándole las ventajas al toro en una serie en redondo de mucho mérito y unas ajustadas bernardinas finales como colofón a una extraordinaria faena en la que nos ha dejado una vez más patente su importante toreo. Entre olés y gritos de "torero, toreo" se dispone a tomar la espada para culminar con otro espadazo sensacional una magnífica obra que vale también dos orejas y la salida a hombros junto a Juli.
Parecía mentira que, viendo como discurría la corrida, la imagen final fuera la de ambos matadores a hombros. Y todo gracias a esa bendita costumbre mexicana del toro de regalo.  Eran casi las tres de la mañana cuando apagaba el televisor con una alegría enorme por haber disfrutado como lo hice, por haber sentido la inmensa emoción que el toreo me transmite, por haber vibrado una vez más con este Arte único. Una noche que comenzó francamente mal pero que terminó con un triunfo apoteósico, un auténtico regalo, como es la Fiesta.

Antonio Vallejo

viernes, 26 de enero de 2018

Los toros y sus secretos. Anatomía y bravura


Hace ta solo unos días me envió mi gran amigo y grandísimo aficionado Raúl Rodríguez una extraordinaria entrevista publicada por Antonio Lorca en El País el pasado 21 de enero en la que dos veterinarios, dos grandes expertos, dos autoridades en la materia, ahondan en la raíz de muchos de los problemas que están llevando a la Fiesta a un estado de profunda preocupación en lo que a bravura y comportamiento de los toros en el ruedo se refiere. Esos dos reputados especialistas son D. Juan Miguel Mejías, quien lleva 42 años dedicado al toro, y D. Francisco Herrera, veterinario de la Real Maestranza sevillana desde hace 25 años. No son, por tanto, dos desconocidos ni dos recién llegados a este mundo y sus reflexiones y opiniones me parece que aportan mucha luz para entender muchas de las cosas que vemos cada tarde de toros y que no van en beneficio de la Fiesta. Al final de esta entrada dejaré el enlace para que todo aquel que quiera leer dicha entrevista lo haga. Y se lo recomiendo, es una auténtica delicia. ¿Por qué?. Pues no solo por los que aportan tras años y años de experiencia sino por la pasión con la que hablan y con la que transmiten sus sentimientos. Son eminencias en la materia, son dos grandes profesionales, pero ante todo se ve que son aficionados, que aman la Fiesta y quieren y respetan al toro bravo por encima de todo. No debemos olvidar, y no tengo dudas que absolutamente ninguno de los que lean esto lo hacen, que el principal protagonista de este Arte tan mágico y maravilloso que es la Tauromaquia es el toro bravo, un animal "emblemático de nuestra cultura, y probablemente el más cuidado y mimado que existe en el mundo" en palabras de Mejías, y "el sol del universo animal, el más brillante y el de más solidez" en opinión de Herrera. Solo quien habla así del toro bravo  puede quererlo y respetarlo como buen aficionado, y desde ese prisma analizan el origen del gran problema que amenaza a la dehesa brava en la actualidad, el sobrepeso de las reses. Entresaco dos frases que comparto al cien por cien y que resumen todo: "el toro de lidia moderno es un atleta agobiado por el estrés y fatigado por la obesidad" y "está superalimentado porque se le exigen muchos kilos en la plaza. Casi todos sufren de sobrepeso".
Quienes se han asomado a este blog me habrán leído muchas veces repetir algo parecido. ¿Cuantas veces he dicho aquello de animal mastodóntico, el elefantoro que llamo yo?. Muchas tardes en la que por la puerta de toriles he visto salir animales de 600 y más kilos que se ve a la legua que están gordos, que no pueden con su alma y, claro, luego pasa lo que pasa durante la lidia. Según Mejías  el toro bravo "es muy armónico, de una belleza extraordinaria y condiciones físicas excepcionales, que se mantiene desde el bos taurus primigenio, porque lo único que se ha modificado ha sido su comportamiento, pero no su constitución", a lo que añade Herrera: "para mí, es una mezcla de bravura y nobleza, cualidades que se complementan para que sea posible un espectáculo fabuloso en el ruedo". Ahí está la clave de todo, en esos dos aspectos está guardado el secreto del toro bravo, en su anatomía y su comportamiento, algo aparentemente tan sencillo pero de una complejidad infinita. 
¿Cuántas veces hemos hablado del trapío?, ¿cuántas veces hemos intentado definirlo y cada uno aporta su propia definición?. Para mi es armonía, proporcionalidad y seriedad de pitón a rabo. Yo siempre he mantenido que soy subjetivo y que creo muy poco o nada en la objetividad. Pienso que cada uno ve una misma cosa según lo que le han enseñado, lo que ha aprendido, lo que su experiencia le aporta o, simplemente, lo que responde a sus gustos. No somos objetos, somos sujetos y cada uno es de su padre y de su madre que suele decirse. Si tenemos una opinión distinta de todo lo que hay a nuestro alrededor, aún más se acentúan las diferencias al hablar de un arte como el toreo en el que los sentimientos juegan un papel fundamental y del toro como animal que cada uno ve y le gusta o no según sus apetencias.  Por gentileza y con el permiso de otro amigo ganadero y gran aficionado que es  David Domínguez Camacho, he traído a la portada de esta entrada una foto de uno de los toros de su hierro, Hnos. Domínguez Camacho, cuyo autor es Adrián y que me parece que refleja lo que es el toro bravo en cuanto a morfología se refiere. En ese caso me parece un animal imponente, bellísimo, que refleja, bravura, fuerza y potencia, de una seriedad tremenda, un animal en el que las proporciones y la armonía destacan por encima de todo y que para mi tiene eso que se llama trapío.  Pero eso me lo parece a mí, a otro le parecerá otra cosa, y cada uno es libre de verlo según su criterio. Y son precisamente lo que podríamos llamar "criterios" lo que en la actualidad están llevando a un senda que, en mi opinión, resulta sumamente preocupante para el futuro de la Fiesta. No voy a entrar a juzgar quien tiene más o menos culpa en este problema del toro cargado de kilos que, insisto que es mi opinión, vemos saltara la arena de muchas plazas, quizás Madrid la más llamativa. Puede que sean o seamos los aficionados, o una parte ellos con más poder de influencia, que en estos tiempos reclaman un toro enorme, con mucho volumen y unas encornaduras descomunales, puede que sean los empresarios que saben que si no dan gusto a esas exigencias se merma la taquilla, puede que sean los veterinarios que se ven "forzados" a aprobar toros de cierto peso para arriba según la plaza, puede que sean los ganaderos que también son conscientes de la presión que tienen para criar un toro que pueda pasar dichos reconocimientos en esas plazas o puede que sean las figuras que prefieren un toro noble y manejable que genere "menos problemas". Cada parte tiene que asumir su responsabilidad y no creo que ninguna sea la que más cuota de culpa tiene, aunque personalmente tengo mi opinión pero, con su permiso, me la reservo, aunque quienes me conocen seguro que aciertan. Lo que particularmente reclamo es volver a un concepto que me parece básico en el toro: el tipo. Creo que una de las cosas que más me gusta decir cuando veo un toro en el ruedo y juzgo su presentación y su presencia es que está "entipado". Cada hierro tiene su procedencia, su encaste, y cada encaste tiene unas características morfológicas de siglos de antigüedad que en mi opinión también son la garantía de que ese animal conserve también su instinto intacto y su comportamiento natural. No es lo mismo un toro de Domecq que uno de Nuñez, no es igual un Atanasio que un Albaserrada, Lisardo con Parladé, nada tiene que ver Saltillo o Santa Coloma con Murube, no digamos ya Miura, caso único. Cada uno tiene su volumen, su peso ideal, su cara, su cornamenta y, después de todo eso, su comportamiento dentro de la bravura, unos más nobles, otros más fieros y algunos unos auténticos cabrones, con perdón. Pero cada encaste dentro de su línea. El problema viene cuando se saca de tipo a un toro para que pueda ser lidiado encierras plazas, que se altera no solo su morfología. A mi me chirría ver un toro de Albaserrada con 600 Kg, o uno de Domecq con más kilos aún y unos cuernos desproporcionados  como me chirriaría ver a un Miura de 490 Kg y bajito. ¿Por qué entonces se salen  de tipo tantos toros?. De nuevo coincido con Mejías y Herrera cuando dicen que "el toreo artístico de hoy obliga a profundos cambios en el comportamiento del animal; el toro se debe someter a un durísimo examen en la plaza: que sea bravo y noble, encastado y fuerte, que repita en la embestida, que dure tres tercios, que empuje en el caballo, que humille y tenga recorrido en veinte tandas de muletazos, que mantenga la boca cerrada, y que no muja ni escarbe ni recule a las tablas". ¿Alguien da más?. Una locura conseguir el toro perfecto que cumpla todos esos criterios, por mucho que los ganaderos se rompan la cabeza día y noche para criar el toro ideal con cruces y más cruces de sangres. Pero la genética tiene rincones en los que por mucho que se haga jamás se llegará a entrar. Todos los ganaderos, absolutamente todos, buscan ese toro ideal y trabajan a conciencia y con sinceridad en ello, misión casi imposible, por lo que me parece muy razonable y lógico que busquen acercarse al máximo a la exigencias del toreo y los gustos actuales. Y lo más sencillo a priori es cumplir al menos con los que se les exige en cuanto a una presentación, que a mi modo de ver se confunde con kilos en la mayoría de los casos, puesto que modelar bravura, casta o nobleza son aspectos sumamente complicados y que están expuestos al azar en gran medida por mucho que se estudie la genética. De ahí ese problema fundamental que es el toro con sobrepeso. Trapío sí, toros entipados ante todo, pero no animales enormes que luego no lleguen a lo que peligrosamente tiende el toreo actual, a basar todo en la muleta dejando a un lado la lidia y pasando de puntillas muchísimas veces por los primeros tercios, algo lógico por otro lado porque  si desde salida se ve al toro fatigado, ¿quien va a ser el guapo que le exija en el caballo para que llegue medio muerto a la faena de muleta y se líe la monumental?. Entresaco otra frase de la entrevista que me parece tremendamente clarificadora: "así es el toreo moderno, y no hay que olvidar que antes se lidiaba y hoy se torea". 
Vuelvo a lo mismo, al inicio, todas las partes tienen su parte de responsabilidad en este problema, quizás los aficionados los que más por sus exigencias, en algunos casos caprichos a mi modo de  entender, lo que nos lleva a ver cantidad de toros  que, como afirman ambos expertos, están 50 ó 60 Kg por encima de su peso ideal. Al menos en Las Ventas esa así muchísimas tardes, o a mi me lo parece.
Por último. La entervista termina con la siguiente pregunta y su respuesta:
-Por cierto, ¿qué se perdería si desapareciera la fiesta?
-Desaparecería el toro, porque como producción ganadera es totalmente antieconómico".
Más claro imposible. 
Probablemente muchos compartan parte de mis opiniones, otros pensarán que no tengo ninguna razón. Así debe ser y ahí está la grandeza de nuestra Fiesta, que es un arte que cada uno entiende y disfruta de distinta manera y en la que cada día se aprende algo más escuchando a expertos o aficionados. Disfruten con la entrevista que aborda cantidad de aspectos interesantísimos de lo que es el toro y el toreo y que estoy convencido que les va a encantar.


Antonio Vallejo

domingo, 14 de enero de 2018

Feliz año taurino


Ya estamos aquí de nuevo, comenzando un nuevo año del que ya, así, sin más, hemos consumido medio mes entre pitos y flautas, entre comidas, cenas, celebraciones, fiestas, regalos y la consiguiente resaca que da paso a la famosa cuesta de enero. Atrás quedó el 2017, un año que en lo taurino creo que nadie duda que ha quedado marcado para la historia por la inmensa figura del grandísimo maestro Enrique Ponce pero que nos dejó el triste recuerdo de la trágica pérdida de Iván Fandiño y la muerte de los inolvidables Dámaso González y del Victorino Martín. La esencia del toreo, la verdad de la Fiesta en un mismo año, el dolor por la pérdida frente a la alegría del triunfo más rotundo, drama y gloria de la mano. 2017 fue el año de Ponce, otro más. Madrid, Bilbao, Málaga vieron lo más grande del maestro, faenas históricas de toreo que entremezcló clase, gusto, elegancia, temple, mando, técnica, conocimiento, valor, entrega, verdad, pundonor y todos los calificativos que queramos aplicar a maestro de Chiva. Eso sin olvidar otras como Almería, Ciudad Real, Murcia o la mismísima Salamanca en suelo patrio, porque si nos trasladamos al otro lado del Atlántico, México y Colombia han sido testigos del inconmensurable toreo de Enrique. Es imposible olvidar su histórica faena del pasado domingo 3 de diciembre en La México ante un toro de Teófilo Gómez para el que se pidió el rabo y que incomprensiblemente el juez de plaza negó, la obra maestra realizada en Cali el pasado 29 de diciembre al desorejar a un toro de Las Ventas de Espíritu Santo y la monumental faena que esta misma madrugada ha realizado a dos toros de Ernesto Gutiérrez Arango cortando cuatro orejas en dos faenas maravillosas repletas de temple y hondura con la impronta y el sello de ese toreo tan personal que Enrique atesora para salir a hombros junto a Julián López " El Juli", probablemente el otro nombre destacadísimo del pasado año. Eso con permiso de Antonio Ferrera, Alejandro Talavante y Paco Ureña, que en mi opinión brillaron a una altura máxima, especialmente el balear en la temporada de su reaparición tras la grave lesión sufrida hace casi 2 años, y que merecen un puesto de honor  en el podio de triunfadores de 2017. Pero creo que Juli merece un reconocimiento aparte por la inmensa temporada que ha cuajado, dando la cara y triunfando en todas las plazas y todas las ferias, rotundo, poderoso, con un mando y una clase fuera de serie, pletórico, dejando patente que es un figurón del toreo que también está marcando una época y que pasará a la historia del toreo con letras de oro entre los más grandes. La salida a hombros de Juli junto a Ponce en la colombiana plaza de Manizales resume, a mi modo de ver, lo que fue ese 2017 que ya es parte de esa historia.
El pasado es pasado y debe formar parte del recuerdo para abrir una puerta al futuro, a un futuro cargado de esperanzas e ilusiones en una temporada 2018 que arranca ya mismo. Sí, ya mismo es ya mismo, una semana sin ir más lejos, puesto que este próximo sábado 20 de enero, en La Puebla Del Río, el maestro Morante organiza una novillada mixta sin picadores en la que harán el primer paseíllo del año el rejoneador Pablo Domecq y los novilleros Rocío Romero, Alejandro Adame, Mariano Fernández, El Niño de los Tendíos y Manolo Luque "El Exquisito". Clarines y timbales sonarán de nuevo anunciando la salida al ruedo del primer novillo de la temporada, igual que sonarán una semana más tarde, el sábado 27 de enero en la que tradicionalmente es la primera feria de la temporada, la de la madrileña plaza de Ajalvir, antaño fría y ventosa pero hoy resguardada de las inclemencias climatológicas gracias a su moderna cubierta. Una corrida de toros para los matadores Sánchez Vara, Joselillo y David Galván y una novillada para Alejandro Rodríguez, Álvaro Burdiel y Juan José "Villita"  ante toros y utreros de la madrileña ganadería López Gibaja componen el primer fin de semana taurino de la temporada. ¡Y a partir de ese sábado ya será un sin parar hasta octubre!, como cada año, le pese a quien le pese. Porque a Ajalvir le sucederá la también madrileña localidad de Valdemorillo que presenta cuatro festejos a celebrar a partir del 4 de febrero. Las combinaciones para esta Feria de San Blas y La Candelaria son las siguientes:
Domingo 4 de febrero: Toñete, Ángel Téllez y Alejandro Gardel con toros de Montealto.
Viernes 9 de febrero: Rafaelillo, Uceda Leal y Miguel de Pablo con reses de Pablo Mayoral.
Sábado 10 de febrero: Leonardo Hernández, Juan Mora y Alejandro Mora (que debuta con picadores) en una corrida mixta ante reses de El Pilar.
Domingo 11 de febrero: Manuel Escribano, Miguel Abellán y Juan Miguel que tomará la alternativa frente a toros de Monte la Ermita.
Será Madrid quien siga marcando el paso de este inicio de temporada con la Feria de invierno en Vistalegre conformada por una corrida de toros de Victorino Martín para Curro Díaz, Daniel Luque y Emilio de Justo y una novillada de El Parralejo para Antonio Catalán "Toñete", Ángel Téllez y Rocío Romero que debutará con picadores. Eso será el fin de semana del 17 y 18 de febrero, a tan solo un mes de la primera gran cita de la temporada, la de Fallas de Valencia y que en breve dará a conocer la composición de sus carteles, a buen seguro con las principales figuras y ganaderías en ellos. Y luego vendrá Sevilla que ya ha hecho oficial el elenco ganadero para la próxima Feria de Abril, como ya  hizo Pamplona el pasado diciembre. Nombres de auténtico lujo acordes a la primerísima categoría de la Real Maestranza sevillana: Nuñez del Cubillo, Fuente Ymbro, Torrestrella, Garcigrande, Juan Pedro Domecq, Victorino Martín Andrés, Daniel Ruiz, Hnos. García Jiménez, Jandilla, Victoriano del Río Cortés, El Pilar y Miura, la mítica ganadería sevillana que cerrará el ciclo sevillano. Todo esto mientras América entra en su recta final y México con la segunda parte de su Temporada Grande, Colombia y Venezuela se solapan con España en estos meses que llevarán a una nueva primavera, esa primavera con la que muchos soñamos y que volverá a reír por cielo, tierra y mar, algo que también muchos anhelamos.
Y no debemos olvidar que hay una fecha y un lugar marcado de manera muy especial en  el calendario de este 2018. Tras el vacío que dejó en la afición el hasta luego de Morante de la Puebla el pasado mes de agosto su reaparición es ya un hecho confirmado. Será el 12 de mayo en Jerez, en plena Feria del Caballo, alternando junto a Juan José Padilla y José Mª Manzanares ante astados de Juan Pedro Domecq. Está claro que será la locura y que conseguir una entrada para ese día va a ser algo más que misión imposible. También está claro que para mí sería un sueño estar en Jerez ese día para ver el regreso del genio, sentir de nuevo el duende, notar el pellizco de la magia y rememorar aromas de Romero, pero por entonces estaré inmerso en pleno San Isidro, sentado en mi abono y disfrutando un año más del mes de toros más importante e intenso del planeta, y eso son palabras mayores. Y aunque parezca una locura decirlo ahora, está a la vuelta de la esquina.
Sin freno, el mundo del toro ni para ni descansa, por todo el planeta, Europa y América, invierno y verano, da igual, siempre habrá un lugar donde unos hombres se vistan de luces y se enfrenten a ese animal tan querido y respetado que es el toro bravo en una lucha cara a cara que antecede al triunfo o a la tragedia. Así ha sido durante siglos y así seguirá siendo, al menos en este 2018 que estrenamos y que nos invita a soñar, una vez más, con verónicas, chicuelinas, varas, banderillas, redondos, naturales, trincherillas, estocadas...que nos llenen de emoción y nos hagan disfrutar de la inmensa belleza de esta afición y de esta Fiesta inmortal. Pese a quien pese, a pesar de los ataques indiscriminados, frente a todo y contra todos los que quieran imponer su capricho de motivaciones políticas ante la libertad de ir a la plaza de  toros a ver y disfrutar de ese arte eterno que es la Tauromaquia, en unos días España volverá a escuchar el sonido de clarines y timbales anunciando que un toro va a saltar al ruedo, España volverá a sentir los olés unos tendidos apasionados y ojalá que muchas tardes vea a los aficionados saliendo de la plaza de toros como se decía antaño, toreando al aire con la mano, rememorando faenas antológicas.
Señores, será un placer compartir con todos esta nueva temporada y contarlo como lo vea, como lo viva y como lo sienta, con pasión, emoción e ilusión, con aciertos y errores, pero siempre con mi afición por montera.
¡Feliz año taurino!

Antonio Vallejo

viernes, 22 de diciembre de 2017

América a tope, España anuncia


América a tope de toros, la temporada en aquella orilla del Atlántico en su punto álgido, México, Colombia Perú y Venezuela no descansan y programan unas navidades plagadas de festejos y un mes de enero y febrero con La México, Querétaro, Aguascalientes, Cali, Manizales y Santa Fé de Bogotá como principales focos de atención del planeta taurino.
En la capital azteca continúa su temporada con los festejos dominicales que en estas fechas navideñas se trasladarán al lunes 25 de diciembre y 1 de enero para dar paso a la segunda parte de la Temporada Grande con carteles aún por definir pero con la presencia de Roca Rey como máximo atractivo. Al menos es lo que dicen los rumores más que fundados que llegan desde aquellas tierras. Hasta entonces queda una especie de travesía del desierto en la que tras los atracones con festejos de ocho toros en los que se ha visto a las grandes figuras españolas y mexicanas (Ponce, Castella, Cayetano, Joselito y Luis David Adame, El Payo, Manzanares, José Tomás) seguramente veamos el mismo desolador aspecto de los inmensos tendidos del embudo de Insurgentes que contemplamos el pasado domingo en la corrida mixta en la que se anunciaron Andy Cartagena, Fermín Rivera y Juan Pablo Sánchez. Realmente triste la imagen del sector numerado, no creo que llegara a un cuarto de ocupación, pero aún peor el general, vacío, deprimente. Unos 10.000 espectadores repartidos entre las 50.000 localidades de la Monumental azteca es un dato revelador del escaso interés que despertó dicha corrida. Y no estuvo mal, la verdad. Al menos Andy Cartagena cortó una oreja e hizo todo tipo de alardes y adornos sobre sus cabalgaduras para contentar a la escasa afición que se congregó el domingo, Fermín Rivera dejó patente su clase y temple ante el segundo, toreando en largo, encajado, con ligazón y bajando la mano y el también mexicano Juan Pablo Sánchez cortó otra oreja al tercero en una faena muy seria y valiente, consintiendo y aguantando arreones de un toro que soltaba la cara en cada muletazo al que sometió con firmeza y mando embarcándole en su muleta con una paciencia y serenidad extraordinaria. Si tan pobre fue la asistencia a esta corrida me imagino lo que será el día de Navidad y Año Nuevo. El lunes saldré de dudas, aunque se me va a hacer muy extraño ver una corrida de toros el mismo día de Navidad, una fecha que suena a todo menos a toros. Pero Canal Toros la va retransmitir en directo, ¿por qué no sentarme a verla?. Hay que abrirse a experiencias nuevas, aunque sea con un cartel a priori no demasiado atractivo, el formado por Fabián Barba, Antonio Romero y Gerardo Adame. ¿Y el día de Año Nuevo con la resaca habitual?, será también curioso.
Otra cosa serán los meses de enero y febrero con La México en ls recta final de su temporada grande y con una Colombia que tomará el relevo y concentrará todas las figuras españolas y americanas en las ferias de Cali, Manizales y Bogotá. Ponce, Juli, Castella, Roca Rey, Perera, López Simón, Román, Juan Bautista, Ginés Marín entre otros harán el paseíllo en los cosos de aquel país, con la posibilidad de que alguno de esos festejos también sea retransmitido por Canal Toros, lo cual sería una extraordinaria noticia ya que iba a hacer que la espera ante el inicio de la inminente temporada española sea mucho más llevadera con esa posibilidad de ver toros en directo todos los meses del año, el sueño de cualquier aficionado.
La realidad es esa, que aunque parezca mentira la temporada española está a la vuelta de la esquina. Repito cada año lo mismo cuando en octubre despedimos nuestra temporada. Parece que queda un mundo para la próxima  y  sin darnos cuenta estamos escuchando clarines y timbales que anuncian la salida de los primeros toros en territorio patrio. Me imagino que Ajalvir, el último fin de semana de enero, abrirá sus puertas, y si no es así lo hará Valdemorillo el primer fin de semana de febrero con su Feria de San Blas y la Candelaria. A la vuelta de la esquina, en un abrir y cerrar de ojos estaremos metidos de lleno camino de una nueva temporada que ya tiene, para abrir boca, definidos los carteles de la que será la Feria de Invierno de Vistalegre los días 17 y 18 de febrero. Será una corrida de Victorino Martín para Curro Díaz, Daniel Luque y Emilio de Justo y una novillada de El Parralejo para Toñete, Ángel Téllez y Rocío Romero las que conformen este mini ciclo al que espero ir a Carabanchel en compañía de mi gran amigo Raúl cumpliendo una tradición de varios años y que espero continúe este 2018.  Anuncios y noticias que poco a poco se van desgranando de cara a lo será el año taurino, como la corrida de Victorino Martín del Domingo de Ramos en Madrid y las dos tardes confirmadas que Adolfo Martín lidiará este próximo año en Las Ventas. Y en breve saltarán a la palestra los primeros avances de lo que serán las Fallas y la Feria de Abril. ¿Que les parece exagerado?. En absoluto, no me extrañaría nada que antes de acabar el año se empiecen a concretar ganaderías y nombres de cara esas ferias, si no al tiempo. derecho ya se han anunciado las ganaderías que se van a lidiar ¡en San Fermín!. ¿No me creen?, pues ahí van: Jandilla, Victoriano del Río, Puerto de San Lorenzo, Nuñez del Cuvillo, Fuente Ymbro, José Escolar, Cebada Gago, El Capea y Carmen Lorenzo para rejones, la navarra Pincha que debuta en sanfermines  para la novillada y, ¡cómo no tratándose de Pamplona!, Miura para cerrar esta importantísima feria pamplonesa. 
En definitiva, por delante un año taurino apasionante a ambos lados del Atlántico, América a tope enfilando lo que será su final para solaparse con el inicio de una España que en el horizonte anuncia una temporada para soñar y disfrutar con la bravura de los toros y el arte de los toreros en este planeta taurino que no descansa.

Antonio Vallejo

sábado, 16 de diciembre de 2017

México: Luces y sombras


México sigue a toda marcha, la Temporada Grande no para en una semana que ha tenido doble ración de festejos puesto que se anunciaron dos corridas para el domingo 10 y martes 12. Dos corridas monstruos, de esas de ocho toros que este año parece que están marcando la pauta en el coso de Insurgentes. Insisto, ocho toros me parece demasiado, especialmente si uno tras otro salen toros que no prestan opciones. El tedio se llega a apoderar de los tendidos y esa me parece que es la peor noticia para el toreo. 
El domingo se anunció un encierro de Xajay  remendado con dos ejemplares de Villar del Águila para el galo Sebastián Castella, el español Ginés Marín y los mexicanos Sergio Flores y Luis David Adame. Si nos fiamos de la entrada, 11.000 espectadores según cifras oficiales, no parece que este festejo dominical despertó especial entusiasmo entre la afición de La México. Y no me extraña si tenemos en cuenta que venía encuadrado entre la antología torera de Ponce y la Corrida Guadalupana anuncia para el martes 12 y de la que luego hablaré y les daré mi opinión. Pobre, muy pobre aspecto el de los tenidos de La México el domingo para una corrida que  se salvó por la oreja cortada por Sergio Flores, las dos muy buenas faenas de Castella que perdió una oreja con la espada en el quinto, la disposición y entrega de Ginés Marín y la firmeza de Luis David Adame frente al único de su lote que tuvo algo, porque si hubiere dependido de los toros el naufragio hubiera sido absoluto. malo, pésimo el comportamiento de los astados lidiados, salvando el sexto y algo del primero. Un toro de ocho es muy pobre balance y no me extraña que el desánimo inundara los tendidos. Muy por encima el cuarteto de matadores, dispuestos, con ganas y tratando de hacer lo imposible por sacar el máximo de unos toros sin fondo, así discurrió la tarde del domingo, madrugada española en la que tuve que hacer auténticos esfuerzos por no ceder a las tentaciones de Morfeo. Castella estuvo sobrado, muy superior, algo nada nuevo, que ya lo viene demostrando desde hace tiempo. El momento que traviesa el francés me parece extraordinario, seguro, dominando en todo momento la situación, mandando sobre los toros, artista cuando se prestan, fiel a su estilo arrebatador que 
tantas tardes nos ha encogido el corazón con los cambiados por la espalda y los estatutarios de infarto,  con gusto cuando sus oponentes se le permiten, arriesgado y valiente, acortando las distancias para pisar unos terrenos comprometidísimos cuando los toros se paran y todo ello como si anduviera por el pasillo de su casa, en una madurez y plenitud torera de la que lleva disfrutando varias temporadas. Una lástima que fallara con la espada ante el quinto  porque hubiera cortado una oreja tras una faena de enorme gusto, clase y arrojo cuando hubo de ponerlo. Ginés Marín se estrelló ante dos ejemplares imposibles ante los que demostró que todo lo sucedido en la temporada española no fue casualidad sino roto del gran torero que lleva dentro. Mucho hizo ante su lote, lo intentó de todas las maneras, se la jugó ante el peligroso tercero, porfió con el séptimo y en ningún momento se escondió dando una imagen de firmeza, entrega y dignidad encomiable. Igual que Luis David Adame, que tan solo ante el manejable cuarto tuvo alguna opción tras una faena de mucha clase, con fases de toreo de muchos quilates por ambos pitones demostrando temple y gusto, amén de un valor descomunal pasándose los pitones a milímetros de la taleguilla. Faena importante del de Aguascalientes que se fue al limbo por la tardanza en doblar del de Xajay tras entrar a matar. Pero Luis David dejó de nuevo una magnífica sensación de cara al futuro. El que se llevó el mejor toro fue Sergio Flores, el lidiado en sexto lugar, un animal con movilidad y transmisión al que el mexicano causó una excelente faena basada en le temple, la largura y la ligazón, siempre bien colocado, hilvanado las ríes con gusto y emoción, una faena que hizo vibrar a los poco poblados tendidos de Insurgentes y que se premió con una oreja de ley tras el espadazo con el que pasaportó al de Xajay. 
Todo esto tan solo fue el aperitivo de lo que se tenía preparado para el martes. No sé si en México tendrán esa costumbre tan española del aperitivo dominical, pero desde luego que lo parecía. La gran cita de la semana era sin duda la del martes, la corrida del siglo, la corrida de todos los tiempos, la corrida más grande la historia, ya ni sé con la cantidad de calificativos y epítetos con la que he leído y oido anunciar el festejo del martes 12 y que prácticamente llenó las 50.000 localidades de la Monumental mexicana. Razón no les falta a quienes así lo proclamaban a los cuatro vientos. El cartel era de lujo, sin duda alguna, ocho toros de distintas ganaderías, otra vez más ocho toros, otra vez más una corrida de larga duración, para un rejoneador y siete espadas: Pablo Hermoso de Mendoza, Joselito Adame, José Tomás, El Payo, El Juli, Sergio Flores, José María Manzanares y Luis David Adame. A nadie se le escapa que el cartel era de auténtico lujo, aunque falta un nombre que debía haber estado en esa tarde y que por diversas razones, mejor dicho, por una única razón, no estaba incluido: Enrique Ponce. Llámenle veto, llámenle como quieran, yo le llamo no querer enfrentarse al mejor, pero la realidad es que, en mi opinión, era una mesa a la que le faltaba una pata, la más importante. El resultado del festejo es posible que lo conozcan todos ustedes, triunfo grande de Joselito Adame y Sergio Flores quien desde que descerrajó la puerta grande de La México el pasado febrero está bueno para en su tierra. También he leído y he visto que José María Manzanares puso la clase y la elegancia, la torería y el gusto, el arte con mayúsculas, que Juli no tuvo opción alguna anta su toro y que José Tomás debió perder veinte orejas y ocho rabos ante su toro. Bromas y exageraciones aparte, algo de eso sí que pienso que Habo el martes. Me explico. José Tomás ha sido un grandísimo torero, uno de esos que estaba llamado, a mi juicio, a cambiar la historia del toreo, a generar una revolución en la tauromaquia. Ninguno olvidaremos aquellas antológicas tardes de junio de 2008 en Las Ventas, ninguno olvidaremos la emoción de su toreo, el sitio en el que se colocaba, ninguno olvidaremos los que nos hizo sentir. Negarlo ser mezquino. Pero también me parece que alguien de su importancia para la Fiesta, aún más en estos años tan complicados que llevamos vividos, tenía que haber estado más comprometido con lo que para mi es ser torero, dentro y fuera de la plaza, dando la cara cada tarde ante todos los públicos y aficiones. En su momento decidió tomar el camino que ha elegido, aparecer y desaparecer a su antojo, anunciarse cuando le parece, en la plaza que quiera y con los toros que elija. Y no me parece mal, cada cual es libre de decidir lo que quiere hacer y si se le permite, pues fenomenal para él. Personalmente creo que José Tomás ha montado un circo en el que es el presentador, el trapecista, el equilibrista y el domador, es la estrella absoluta, todo debe girar alrededor de su figura y arrastra a miles de seguidores tras él. Pero al menos yo no estoy dispuesto a participar de ese circo, porque la única manera de participar  es seguir su estela como un rebaño sumiso. Lo digo sin ánimo de ofender ni faltar al respeto a cuantos son capaces de gastar mucho dinero y tiempo en desplazarse donde el de Galapagar tenga a bien anunciarse porque para verle torear hay que ir a la plaza que decida ya que no permite que se le retransmita por televisión. ¿Motivo? Ni idea, pero sea el que sea, económico o de otro tipo, me parece que hace mucho más mal que bien al toreo. Es más, me parece una actitud egoísta y caprichosa que va contra la difusión de la grandeza del toreo, que es lo que precisamente ahora se necesita. A mi no me vale con ver tres minutos de video editado con su faena del martes en La México. De acuerdo, tuvo capotazos y muletazos excelentes, vibrantes, templados y ligados, pero eso hubiera querido verlo en directo, desde que salió el toro, en el tercio de varas, el de banderillas, toda la faena. Y me hubiera gustado verle torear en La México, como también me hubiera gustado verle torear cada año en Sevilla, en Madrid, en Pamplona, en Bilbao, en Zaragoza, en Nimes, en Arles... Pero no solo en plazas de primera, también en Granada, en Albacete, en Salamanca, en Valladolid y así de una en una hasta completar toda la geografía de plazas de primera, segunda y tercera de España, Francia o América. Por eso decía con sorna lo de las veinte orejas y ocho rabos, porque donde decide anunciarse lleva a una legión de adeptos, auténticos fans que rozan el hooliganismo en algunos casos, que enloquecen con cuanto haga José Tomás y que, insisto que lo digo con el máximo respeto, valoran con un criterio muy laxo y permisivo todo cuanto le vean hacer. Ojo, que esto no quiere decir que reste mérito al toreo del madrileño, pero que pienso que sus faenas se magnifican, sí, y no me ruborizo al decirlo aunque a muchos que lean esto les parezca poco menos que un sacrilegio. Repito una vez más que quien estaba llamado a ser una figura de leyenda para mi se quedó en el camino al elegir esa vía, que para se un torero de época hay que serlo año tras año, en todas las plazas y frente a todos los encastes, no solo anunciándose un día en Granada, otro en Huelva y el tercero en México llenando la plaza con fieles sumisos y entregados, por muy respetables que sean esas plazas y esas aficiones. Madrid, Sevilla y Bilbao, por citar las que para mi son las tres plazas más importantes de España deben ser cada temporada el lugar en el que las auténticas figuras deben demostrar que realmente lo son. Allí se les mide y se les juzga a veces con excesiva dureza, pero precisamente allí es donde los triunfos lo son de verdad. ¿Lo han tenido fácil en esas plazas Manzanares, Juli, Morante y Ponce por  poner varios ejemplos? En absoluto, han pasado las de Caín muchas tardes, pero han seguido, han dado la cara y al final han puesto a sus pies a las aficiones más exigentes. Así se forjan las grandes figuras, las que marcan la historia y las que hacen grande a nuestra Fiesta. A todas ellas las vemos en todas las plazas y también por televisión, contribuyendo de esa manera a la difusión del toreo a todo el mundo. ¿Por qué José Tomás no? Enigma sin descifrar. Pero igual que el maestro ha elegido ese camino, igual que muchos van dóciles tras sus pasos, permítanme que yo me niegue a participar de ese montaje y que me rebele ante la injusticia que me parece tener que conformarme con ver un mísero resumen de quince minutos de lo que fue una corrida de casi cuatro horas y que, de haber sido transmitida en directo, hubiera tenido una audiencia espectacular a pesar de las horas de madrugada intempestiva en España. La Fiesta necesita difundirse y se mostrada al mundo, de nada vale cerrarla a una plaza. Dije hace tiempo que en mi opinión José Tomás se equivocaba con el camino elegido y hoy me reafirmo más que nunca. Lo del martes en La México me parece que hace un flaco favor al toreo, por muchas orejas y rabos que le pidan cada tarde que toree.
Titulaba esta entrada luces y sombras y así acabo. Luces las de Sergio Flores, Joselito Adame, Manzanares, Castella en esta semana de Temporada Grande en La México. Sombras, y muy grandes, las del apagón televisivo ordenado por José Tomás que nos robó la posibilidad de ver un festejo que podía haber sido realmente histórico al que solo hemos accedido por los que nos han contado y lo poquito que se nos ha permitido ver. La Fiesta necesita vida, color y luz, entre sombras se muere.

Antonio Vallejo

jueves, 7 de diciembre de 2017

Enrique Ponce: ¡EL TOREO!


Decía el madrileño Agustín de Foxá que el único músculo importante en el toreo es el corazón. Decía también el mexicano Octavio Paz que el toreo es poesía en movimiento. Poesía y corazón, poesía y alma, inseparables, sentimientos que nacen del interior y llegan a lo más profundo en perfecta comunión. Poesía y arte, corazón y pasión, así es el toreo, belleza y armonía. Un verso es una verónica, una estrofa los naturales, expresado con la palabra, con el capote o con la muleta todo es arte, nacido de la inspiración, creado para la emoción. Poesía y toreo no entienden de geografía, España y México, tan lejos y tan cerca, una misma afición, ayer y hoy, Foxá y Paz, Enrique Ponce y La México, entregados ambos, uno a otro, para llevarnos al paraíso de la tauromaquia en una madrugada inolvidable.
Habían pasado 301 días, casi un año, de aquel 5 de febrero en el que Enrique Ponce compuso en el coso de Insurgentes una de las más grandes faenas que se recuerdan en toda la historia. Antes había sido Zaragoza, parecía insuperable, pero lo fue, tantas tardes y tantos años había sido Bilbao, Madrid rendido a sus pies los dos últimos años, Málaga y aquel crisol mágico que nos hechizó, de nuevo Bilbao en la mejor faena que se le recuerda. Cada una parecía su mejor faena, pero siempre surgía otra para superarla. México no podía ser la excepción, ese México que le adora, que le idolatra, que, como dicen por aquellas tierras, es su consentido. Fue este domingo 3 de diciembre en una tarde que para nosotros se convirtió en una madrugada mágica en la que Enrique compuso la más bella poesía taurina que uno pueda imaginar. Al menos hasta el momento, porque vendrán más, seguro, solo hay que verle estar ante el toro, en una madurez extraordinaria, disfrutando, gozando de cada lance, relajado, entregado, natural y elegante, puro y de verdad. Una madurez que cumple 25 años tras su confirmación de alternativa un 13 de diciembre de 1992, una madurez a la que ha llegado como los grandes vinos, mejorando cada año, ganando en matices y sabores hasta convertirse en el mejor vino de la mejor cosecha de la mejor bodega del mundo. Un vino que además de todas sus extraordinarias y exquisitas virtudes organolépticas cuenta con otra que es única y exclusiva de Enrique, su maridaje universal. De su toreo no solo se desprende una catarata de sabores y aromas que suponen un deleite para los sentidos, superando todos los límites de la belleza y el arte que jamás hayamos podido soñar viéndole torear, su toreo marida con todo tipo de encastes, con todas las plazas y con todos los públicos y aficionados que, hasta los más rebeldes y escépticos, acaban rendidos a sus pies, mejor dicho, a su capote y a su muleta, a su técnica y su conocimiento, a su inteligencia y su valor, que de nada está exento el maestro de Chiva. Diría que Enrique es el Petrus del toreo, lo máximo. Quizás por eso he decidido saborear lentamente su tarde, madrugada en España que es como a partir de ahora me voy a referir a su antológica actuación en La México, sorbo a sorbo de cada copa que he ido degustando tras ver repetidas sus faenas varias veces. Fue el domingo, vi, vibré y disfruté en directo con su toreo, me fui a dormir soñando con naturales y redondos, poncinas, molinetes, pases de pecho que duraban una eternidad, me desperté a las pocas horas sin saber si lo que recordaba había sido verdad o un sueño inolvidable. Y sí, era verdad, una verdad maravillosa que dudo pueda borrrarse de mi retina y de mi memoria. He visto de nuevo esa tres faenas sacando sabores y matices que las han hecho aún más grandes cada día. Me parecía una falta de respeto, un auténtico sacrilegio, contarles lo que sentí el domingo nada más verlo. Ese es el motivo por el que varios días después me pongo a contárselo, porque creo que merecía la pena esperar y sentir todo lo que Enrique transmitió en la madrugada del domingo, porque a nadie se le ocurriría descorchar una botella de Petrus, tomar una copa, darse cuenta de la enormidad de lo que está degustando y beberse el resto de golpe perdiéndose los miles de detalles que lo hacen aún más extraordinario. Copa a copa, despacio, haciendo que el reloj se detenga en cada trago, buscando esa infinidad de cualidades que aporta el mejor vino del mundo, así es como he apurado hasta la última gota esa madrugada mágica de Enrique Ponce en el Embudo de Insurgentes.
Fueron tres toros, uno de Barralva y dos de Teófilo Gómez los que el maestro lidió en la madrugada del domingo. Iba de emociones desde el principio. Se presagiaba ya con la cariñosa y merecida ovación de todos los aficionados que prácticamente llenaban el numerado y que ocupaban un amplio sector del general. Ovación en reconocimiento a 25 años de confirmación de alternativa, ovación de agradecimiento a un hombre íntegro tanto dentro como fuera del ruedo que donó todos sus honorarios en ayuda a los damnificados por el terrible terremoto que asoló México en septiembre y ovación en recuerdo de la histórica salida a hombros el pasado 5 de febrero, aquel día acompañado del duende del toreo, el maestro Morante de la Puebla. Ovación que Enrique quiso compartir con Joselito Adame y Octavio García “El Payo” quienes compartieron cartel el pasado domingo, demostrando su enorme valor humano y su humildad, sin ese endiosamiento cutre y hortera de tantas figuras deportivas al uso hoy en día, sin valores, que se creen por encima del bien y del mal, creídos y displicentes, niños mimados. Esa inmensa calidad humana tantas veces demostrada que atesora Enrique es la que le hace ser aún más grande en esa cima del toreo en la que lleva 26 años instalado sin haber cambiado un ápice su manera de ser, comportarse, valorar y respetar a su profesión, al toro y a todos y cada uno de sus compañeros que cada tarde que se visten de luces ponen en juego su vida para crear arte, con las ganas, la entrega, la ilusión, la responsabilidad y la frescura de cuando era un novillero que quería ser figura del toreo, algo al alcance de muy pocos elegidos.
Como he ido diciendo, fue una madrugada en la que todo apuntaba a que algo grande pudiera pasar. Parecía que en su primer toro, el de Barralva, iba a suceder, a tenor de la manera de saltar al ruedo y meter la cara en los primeros lances. Pero ocurrió algo insólito cuando el toro saltó limpiamente las tablas hacia el callejón y quedó atrapado en la tronera del burladero de picadores con la  mitad derecha de su cuerpo hacia el callejón y la mitad izquierda encajada entre las tablas del burladero y la pared de la barrera en una imagen insólita que yo jamás había visto y que creo que nunca volveré a ver. Parecía imposible sacar al toro de ese atolladero, los minutos pasaban y la situación empezaba a tornarse en desesperación, el maestro Enrique se lamentaba junto a las tablas a la vista de las buenas cualidades del animal, pero esta Fiesta es así, nada está escrito de antemano y mil variables influyen para el triunfo, el fracaso, el dolor o la tragedia. Finalmente pudo resolverse gracias a la pericia de quienes con una cuerda ingeniaron una especie de polea que liberó al de Barralva para volver al ruedo, pero la paliza y el castigo que llevaba ya encima el animal era irreparable. Lo lanceó Ponce a la verónica con un mimo y una suavidad exquisita, acunando al toro, como si quisiera acariciarle para hacerle sentir que podía recuperarse de lo pasado, balanceando los brazos, con temple, ganando pasos para llevárselo a los medios y ligar tres chicuelinas despaciosas y bellísimas repletas de gusto que remató con una revolera garbosa que puso en pie a La México y que se rompió en olés al ver con que sutileza y torería llevó Ponce a ese toro al caballo y como lo dejó en suerte con una media pinturera de cartel. Fue un toro con mucha clase, con ritmo y un tranco sensacional, pronto, repetidor y con humillación, un gran toro pero llegó exhausto a la muleta por el percance del burladero, y eso que Enrique lo cuidó al máximo en el capote y en el caballo. Inicia la faena a media altura, con suavidad máxima y temple magistral, sin obligarle, pero con una torería y una calidad suprema. Es imposible para mi describir lo despacio que toreó Ponce al de Barralva, parecía detenerse en mitad del muletazo pero no, seguía el engaño con fijeza y remataba el lance por su enorme nobleza, todo ello gracias a una lección de magisterio, una cátedra de auténtico  sanador, de un maestro capaz ya no de entender a todo tipo de toros sino de resucitarlos, de un maestro capaz de saber como torear al gusto de cada plaza y cada afición, en este caso la mexicana que gusta de ese toreo lento y parsimonioso que aplicó Enrique. Una vez más ese maridaje perfecto que lleva en su interior este maestro único. La ovación con la que la afición azteca premió a Ponce a la muerte de este toro atestiguan el enorme valor de su faena.
El quinto, segundo del lote de Ponce fue uno de esos toros que en manos de una mayoría del escalafón se hubiera ido con el tiro de mulillas sin un solo pase. Un toro de Teófilo Gómez para mi gusto feo de hechuras, desproporcionado, con mucha caja y poca cara, escaso presencia y seriedad, en mi opinión justo de trapío, abanto de salida, sin fijeza en el capote, de embestida descompuesta, sin clase ni humillación, desentendiéndose del capote que le ofrece Enrique y huyendo escupido y rebrincado del peto del caballo. Costó un mundo picarlo pero la maestría del valenciano logró que al tercer intento pudiera recetarle una puyazo en condiciones. El inicio de faena rezuma torería, por bajo, con dos trincheras bellísimas, marca de la casa, andándole al toro para llevarlo a los medios. Temple y pausas medidas y oportunas fueron la receta para someter a este animal descompuesto, soso y deslucido que parecía no tener ni medio pase, técnica infinita para llegar a acoplarse y sacar series en redondo inimaginables, templadas, lentas, sin quitarle la muleta de la cara, con unos cambios de mano extraordinarios para acabar vaciando la embestida en unos de pecho antológicos. Una vez más la inmensa maestría de Ponce sale a relucir, sacando de donde no hay, tapando los defectos de un animal deslucido y sin calidad. Los naturales citando con el envés de la muleta y girando la muñeca con una plasticidad superlativa liaron la monumental en La Monumental que de nuevo se dejaba las gargantas en olés rotundos, sobre todo con unos naturales de órdago, templados y ligados por bajo que se inventó Enrique. El final de faena por el pitón derecho fue extraordinario por lo sorprendente ya que nadie podía imaginarse llegar a esos niveles de toreo con un toro que carecía de fondo. Una serie lentísima y ligada en redondo, a esa velocidad superlenta que tanto gusta a los aztecas, las poncinas y molinetes garbosos epílogo de faena hacen vibrar a unos tendidos totalmente entregados al maestro. Una entera tendida y dos descabellos  dan paso a una vuelta al ruedo apoteósica en reconocimiento a una extraordinaria faena surgida únicamente de la privilegiada imaginación de un gran maestro, Enrique Ponce.
A todo esto, y en medio del entusiasmo ante la torería de Ponce, Joselito Adame lidió dos toros con unas dosis de entrega, valor y buen gusto mayúsculas, con toreo de mucho empaque en su primero y grandes dosis de riesgo en su segundo, al que mató tras resultar cogido al banderillear a su segundo en una alarde de profesionalidad y disposición, y El Payo cortó una oreja de mucho peso en una faena plena de gusto y clase al segundo de su lote con momento de toreo de auténtico lujo en redondo y al natural y una faena de máxima exposición ante el primero de su lote, un toro con peligro que se defendía y ante el que de Querétaro anduvo firme y solvente.
Pero era la madrugada de Enrique Ponce y así se lo hizo saber la afición de La México que pidió a grito el de regalo. Y Enrique dijo sí, un regalo para los aficionados que estaban en la plaza, para los que estábamos pegados a la televisión y para los damnificados por el terremoto a quienes también destinó el coste de ese sobrero de Teófilo Gómez que saltó a eso de las tres de la madrugada. Un sobrero precios de hechuras, para  mi gusto el mejor hecho de la corrida, serio, astifino y rematado, proporcionado y con trapío. Lo recibió Enrique con el capote moviendo jugando los brazos y moviendo las manos con gracia y dulzura celestial, relajado, con despaciosidad suprema. En el segundo puyazo el toro empuja con bravura, metiendo los riñones, lo que hacía soñar con la faena redonda que todos deseábamos. ¡Pero fue mucho más!. Inicia la faena de manera muy pinturera y torera, flexionando la pierna, conduciendo la embestida por bajo y con mucha largura, por ambos pitones, ganado terreno para acabar erguido con un natural desmayado y un cambio de mano de suavidad divina que de nuevo pone en pie a los tendidos. Series en redondo con un toreo encajado, metiendo los riñones, con una naturalidad y un temple único, lentísimos, lances eternos que detienen el tiempo que dan rienda suelta a la pasión de los aficionados, plenamente entregados al valenciano. Sinfonía de toreo relajado, desmayado, gustándose, arrastrando una muleta de seda a la que el de Teófilo sigue humillando, metiendo la cara con clase y nobleza, hipnotizado ante tal poderío y dominio. Mide las pausas entre series con una maestría única, el ritmo es exquisito y la despaciosidad infinita para sorprender con un molinete garboso y cuajar una serie al natural con hondura, imprimiéndole su sello particular, con los pitones del de Teófilo cosidos a la muleta, naturales desmayados, largos, sin fin, belleza superlativa, una trincherilla y un molinete invertido coronan una obra de arte insuperable. El epílogo en redondo, dejándose, abandonado al toreo eterno, con una largura monumental, supone la locura, un delirio colectivo, la plaza en pie al grito de “torero, torero”. Ponce sublime, citando de nuevo con el envés de la muleta para recetar naturales de ensueño, poncinas y cambios de mano que hacen rugir a La México en olés nacidos del alma, aclamado por la afición desde el corazón, ese músculo del toreo del que hablaba Foxá para rendir el tributo que merecía la bella poesía en movimiento de la que hablaba Octavio Paz y que en la madrugada del domingo escribió Enrique Ponce sobre la arena de Insurgentes. Circulares invertidos con la rodilla flexionada en un canto a la belleza, otro cambio de mano aún más profundo que todos cuantos hayamos podido ver supone el éxtasis, la apoteosis del toreo a la que los aficionados hemos asistido hipnotizados, hechizados por la magia emanada de un trozo de tela roja y unas manos capaces de componer la más bella composición jamás soñada. Dos orejas que pudieron ser también rabo de no haber caído la espada desprendida -¡y qué más da como fuera la espada tras contemplar tan suprema obra de arte- valen una puerta grande antológica para el rey del arte, el emperador de la tauromaquia, el Dios del toreo, Enrique Ponce, el más grande de todos los tiempos.


Antonio Vallejo