sábado, 15 de diciembre de 2018

Andrés Roca, Rey coronado en la guadalupana


Día grande en México, fiesta nacional, 12 de diciembre, festividad de la Virgen de Guadalupe, Patrona de México, su Virgen y también de las Américas, la Señora de América como la bautizó San Juan Pablo II en su primer viaje a México cuando visitó la basílica de la Virgen Guadalupana allá por 1979. Me atrevería a decir sin miedo a equivocarme que podría equipararse en relevancia al 25 de julio en España, festividad de Santiago Apóstol, nuestro Patrón. Pero por desgracia hay una enorme diferencia en la manera de tratar esos días a ambos lados del Atlántico. Mientras en México es un día sumamente especial en España tenemos que asistir un año tras otro al deprimente espectáculo de preguntarnos si la festividad de nuestro Apóstol Santiago será o no fiesta. Lamentable, fruto de una labor terrible de dinamitación de todo aquello que signifique España y lo español, nuestro origen católico, nuestras raíces, nuestras costumbres, nuestras tradiciones, nuestros sentimientos, nuestra historia, en definitiva, nuestra razón de ser. Una labor que ha llevado a cabo la izquierda con el consentimiento cómplice y acobardado de una supuesta derecha, derechita acomplejada, incapaz de alzar la voz con honor y gallardía en defensa de la verdadera españolidad, de nuestros principios y razones, atada de pies y manos por miedos y complejos absurdos, y que ahora se acepta como algo normal. ¡Qué envidia sana sentí este pasado miércoles cuando vi el ruedo de La México con el perfil de la imagen de la Virgen dibujado en su arena!, ¡qué emoción sentí al contemplar el respeto y la devoción con la que los cuarenta mil aficionados que llenaron La México escucharon el precioso Ave María que se cantó antes de iniciarse el paseíllo con los matadores y cuadrillas formados y desmonterados! Y que pena sentí de pensar que algo similar sería inimaginable en nuestra España. Muchas veces he comentado, al hilo de estas corridas de México que puedo disfrutar en directo gracias a Canal Toros, lo enriquecedor que es y lo que se aprende viendo esas retransmisiones. Se aprende toros y de todo. Este miércoles fue un claro ejemplo de ello, un pueblo mexicano que no se avergüenza de su catolicismo, no como en España, siendo precisamente los españoles quienes evangelizamos aquella tierra, ni que se avergüenza de su sentimiento patrio, allí sentirse mexicano es un honor, un privilegio, en España sentirse español y pregonarlo es, simplemente, de fachas, de extrema derecha como dicen ahora los ministros, demás personajes de la izquierda totalitaria junto a otros personajillos de ese centro absurdo y esa derechita acomplejada y acobardada. Así de triste es la realidad.
Es, por tanto, un día sumamente especial para México, un día de fervor religioso, de profunda advocación mariana, y también de fervor popular, con celebraciones a todos los niveles que, como no podía ser de otra manera, incluyen una corrida de toros en el embudo de Insurgentes que cada año reúne el mejor cartel  y de mayor expectación de la Temporada Grande. Este año no ha sido una excepción, basta con repasar el cartel de esta corrida guadalupana para entender que 40.000 almas apasionadas y ansiosas de sentir y soñar el toreo dieran color a este magno festejo. Cuatro matadores, cuatro figuras del toreo, ante ocho toros de diferentes ganaderías mexicanas: Xajay, Santa Bárbara, Los Encinos, Villa Carmela, Teófilo Gómez, Barralva, Campo Hermoso y Jaral de Peñas. Lleno en el numerado y un sensacional aspecto en el general al reclamo de un Morante de la Puebla que volvía a La México, una plaza en la que ha dejado faenas antológicas y triunfos rotundos, una plaza que sabe degustar el toreo del duende y vibra con cada detalle del maestro, y al reclamo de Roca Rey, máxima figura del presente, junto con Ponce y Juli integra el triunvirato de este 2018 y es el llamado a portar el cetro del toreo en los próximos años, pero también al reclamo de Joselito Adame, el máximo exponente del toreo mexicano en la actualidad, y de Sergio Flores, triunfador de la pasada Temporada Grande que hace 2 semanas cortó una oreja y el juez de plaza le birló otra en una firme y rotunda actuación en La México.
Poca fortuna la de Morante de la Puebla con su lote, nulas opciones ante un toro de Xajay que tuvo un punto de nobleza pero que resultó soso, sin raza y sin fuerzas que no se empleó ni en el capote ni en la muleta. Tan solo destacar un par de verónicas por el pitón izquierdo que el sevillano dibujó con su estilo particular, el mentón hundido, jugando las muñecas con una dulzura sin igual, acompañando el lance con la cintura, y una media de remate a manos bajas de auténtico cartel que arrancaron olés rotos y sentidos, como el que se escuchó en un redondo que detuvo las agujas de los relojes por templado, lento y eterno. Nada más hubo y Morante optó por abreviar y pasaportar al de Xajay con brevedad, algo que siempre he dicho y lo mantengo que me parece la mejor opción. Perder tiempo en pases sin sentido ni argumento me parece absurdo en un maestro consagrado como el sevillano, no tiene que demostrar nada, es más, como ocurrió el miércoles, basta un detalle para hacernos sentir el pellizco de su toreo único, así lo entendió la afición azteca y así respondió con esos olés nacidos del alma cuando el duende hace volar la imaginación y nos enseña a soñar el toreo. Me quedo con ese concepto del toreo, pueden llamarme lo que quieran, pero el toreo lo entiendo como arte y sentimiento, no como pegapases, y si a todas luces es imposible que salga nada lo mejor es no perder el tiempo. Exactamente lo mismo aplico a lo ocurrido ante el quinto de Teófilo Gómez, muy protestado de salida por falta de trapío, sinceramente no había visto un toro tan cornicorto como ese en la vida, y fue devuelto tras perder las manos con aparatosidad en los primeros compases de la lidia en medio de una bronca monumental. Cierto es que era un toro indigno no de una plaza de primera, sino casi de cualquier plaza, pero también es muy cierto que en la Monumental mexicana existe una animadversión terrible contra este hierro, lo tienen en el punto de mira y no se le pasa ni media. En su lugar saltó como quinto bis uno de Los Encinos estrecho de sienes, reunido de pitones, agradable de cara, que también recibió protestas por su presencia. Distraído de salida, sin humillar, sin recorrido, sin fuerzas, muy deslucido en el capote, imposible, al igual que en la muleta, soso, iba y pasaba sin más, con la cara a media altura, punteando las telas, nula emoción. Trata Morante de llevarlo templado pero resulta misión imposible y toma la mejor decisión posible a  mi entender, no aburrir al personal en pases y pases que no llevan a nada y pasaportarlo sin mayor dilación de una habilidosa estocada al segundo intento. No comparto para nada la bronca con la que los aficionados despidieron al de La Puebla, resultaba evidente que ninguno de los dos toros sirvieron para nada. Quizás la expectación que generaba su presencia fue tal que la decepción fue mayor aún y cargaron contra quien menos culpa tenía. Pero así es la Fiesta.
Joselito Adame se presentaba en La México con la herida sufrida tan solo unos días antes cuando se preparaba en el campo. Un gesto de dignidad, honradez y compromiso con los aficionados que es de agradecer. El primero de su lote lucía el hierro de Santa Bárbara, un toro distraído de salida al que el hidrocálido recibió con una larga cambiada de rodillas al hilo de las tablas. A base de paciencia lo va encelando en su capote, lo fija  y acaba por dibujar un ramillete de verónicas en los medios desmayando los brazos, jugando las muñecas con suavidad de seda, lances despaciosos, plenos de torería, para rematar con un detalle de improvisación entre chicuelina y media a manos bajas que pone en pie a La México y que acabó por enloquecer en un preciosos quite por chicuelinas a manos bajas cadenciosas y templadas, todo enmarcado en una torería fuera de serie. El toro es noble y repite pero llega a la muleta con las fuerzas más que justas. Joselito Adame inicia la faena estático, vertical, erguida la figura, torería pura en los ayudados por alto intercalados con pases por bajo repletos de sabor y gusto que desatan los olés rotos de la afición. Sensacional toreo del de Aguascalientes por ambos pitones, echando la  muleta alante, corriendo la mano sensacionalmente, tirando del toro con una suavidad exquisita para alargar el muletazo, administrando  a la perfección la altura y las pausas, haciéndolo todo a favor del toro, en series profundas, ligadas por bajo, hasta siete u ocho muletazos que remató con unos de pecho soberbios. Toda la faena entre las dos rayas y entre olés rotundos que estremecen, como los que atronaron en el final por luquecinas, más torería si cabe. Lástima que una entera atravesada poco eficaz y la necesidad de varios golpes de verduguillo privaran a Adame de una oreja merecidiísmia, premio a su toreo y a su disposición. El segundo de su lote, sexto en el orden de lidia, de Barralva, hizo honor a su encaste Atanasio en lo que a hechuras y presencia se refiere. Toro alto, muy serio y ofensivo, cornidelantero, astifino, abierto de cara, un auténtico tío, un toro al estilo español, de morfología completamente diferente al toro mexicano, dominado por el encaste Llaguno. Frenado en los capotes, muy deslucido, con la cara alta, rebrincado, sin entrega alguna, pasa sin pena ni gloria por los primeros tercios. Se queda corto en la muleta, protesta, se revuelve y puntea las telas. Trata de someterlo Adame, le baja la mano pero el animal no responde. Saca a relucir toda su técnica y oficio y a base de temple y calma logra sacar un par de series en redondo con cierta enjundia pero sin demasiada transmisión ni emoción. Lo prueba por el pitón izquierdo pero el toro se raja tras el primer intento al natural y ahí se acabó lo que se daba, no hay más. Con acertado criterio corta la faena, toma la espada y lo pasaporta de habilidosa entera para despedirse con una calurosa y cariñosa ovación de reconocimiento a un hombre con una enorme dignidad que fue a torear en unas condiciones físicas casi inhumanas, precioso y emocionante detalle de sensibilidad por parte de los aficionados.
Tampoco contribuyó el lote de Sergio Flores a cambiar el rumbo de la corrida, que apuntaba directamente al abismo del fracaso. El tercero, de Los Encinos, lució buenas hechuras, serio, cornipaso, bonito ejemplar, muy en tipo al encaste Llaguno. Lo recibe Flores a la verónica, templadas, con gusto, pero el toro se queda corto, cabecea y echa las manos por delante, sin emplearse. Y  no mejoró en la muleta. Lo intentó el de Apizaco por todas las vías posibles, algún muletazo suelto tuvo cierto empaque pero al trasteo le faltó ritmo y continuidad por la sosería y la falta de casta del animal, siempre a la defensiva, sin humillar, soltando la cara en peligrosos tornillazos, como en un derrote que lanza a la cara de Sergio y que literalmente le afeita la mejilla. No hay duda que la Virgen de Guadalupe echó un capote salvador porque si le llega a coger la cornada habría sido gravísima. Sin opción alguna se lo quita de en medio tras dos estocadas defectuosas y descabello. El séptimo, de Campo Hermoso, era un toro largo y serio, bien armado por delante, veleto, con movilidad en el capote pero carente de clase y entrega, muy deslucido. En el tercio de varas se produce el caos cuando el toro entra al caballo, pierde las manos en el encuentro y queda bajo las patas del equino, haciendo que este se cayera y con él el picador, que acaba estrellándose contra la barrera y que tuvo que ser evacuado a la enfermería por el fortísimo impacto. Entre el caos y el desorden el toro se acula en tablas, se defiende a arreones generando desconcierto y peligro. A la muleta llega rajado, metido en tablas, tiene que sacarlo Flores a los medios a base de tirones pero no se deja y vuelve a recular en tablas. Un toro inlidiable a todas luces ante el que el mexicano toma la espada sin haberle podido dar ni un muletazo en una decisión que alabo. Mata de algo más de media contraria y atravesada al segundo encuentro y varios descabellos. Es despedido con un respetuoso silencio ante la imposibilidad de triunfo alguno por las evidentes escasas condiciones del toro.
En fin, que como estarán suponiendo por lo que les llevo contado hasta ahora, la corrida de mayor expectación iba  camino de convertirse en un petardazo mayúsculo. El cuarto, primero que le correspondía a Roca Rey era un toro de Villa Carmela acapachado de cuerna, abrochadito y agradable de cara que saltó distraído y sin emplearse en el capote del peruano, echando las manos por delante, deslucido, sin recorrido y en todo momento con la cara alta. Lo mejor del limeño en este toro vino en un quite por chicuelinas ajustadísimas a manos bajas que remató con una media preciosa. El inicio por estatuarios fue marca de la casa, ceñidos, escalofriante alguno, bellísimo otro, como el pase por bajo mirando al tendido, para hilarlo con el toreo en redondo. El de Villa Carmela está a la defensiva, puntea las telas, no se emplea, además tiene poco recorrido, para colmo se cuela por ambos pitones y la faena no llega a romper a pesar de los intentos de Roca Rey por bajarle la mano e intentar someterlo. En resumen, que el conjunto no acaba de romper y las esperanzas depositadas en el joven peruano a quien casi todos los toros le sirven se va diluyendo como un azucarillo. Mata de un bajonazo infame a la altura del costillar (difícil comprender cómo se fue tan abajo) y un par de descabellos. Al huracán peruano aún le quedaba el octavo y último de la tarde, las tres y media de la madrugada hora española y, como suelo decir, mientras haya toro hay esperanza. No sé si la Virgen pensó algo similar pero el caso es que en este último de la corrida se obró el  milagro. El de Jaral de Peñas era un toro de 475 Kg ligerito de carnes, escurrido realmente, abierto de cara y con dos buenas defensas. Máximo temple, máxima suavidad en las verónicas del peruano, relajando la figura, desmayando los brazos, muy bajos, bellísima estampa. En una de esas verónicas el toro se queda algo corto y en un alarde de improvisación Roca Rey se echa el capote a la espalda y liga el toreo por gaoneras que hacen rugir a La México en olés que hacen temblar a todo México D.F. Como es habitual en el limeño deja muy crudos a sus toros en el caballo y tras cambiarse el tercio ejecuta un quite formidable clavando las zapatillas en la arena, con el compás abierto, por tafallera, gaoneras, revolera y larga brionesa como remate. ¡Sensacional!. Los olés vuelven a hacer temblar a La México, rotundos, secos, emoción a raudales. Brinda al público sabedor que tenía enfrente un toro con movilidad y condiciones de las que le gustan para poner a los aficionados en estado de ebullición. El inicio de faena es explosivo, como él, de rodillas, pasándose al toro por la espalda, uno de pecho, otro más cambiado por la espalda, otro de pecho, y la gente loca de alegría. Primeras series en redondo de máxima suavidad, sin obligarle demasiado, cuidando la altura y la velocidad del  muletazo para que no se venga abajo ante su falta de fuerzas. Extraordinario el temple de Roca Rey, sensacional la colocación, todo muy lento y parsimonioso para acabar reunido y recetar una magnífica serie de derechazos que despiertan una atronadora ovación. Por el pitón izquierdo protesta, va rebrincado, le tiene que perder un pasito para poder ligar los naturales pero aunque el nivel baja varios naturales tuvieron  hondura y levantaron de nuevo los olés, pero era evidente que por ahí no iba igual el de Jaral de Peñas. Vuelve al pitón derecho y saca nuevas series muy templadas, cuidando la altura, poniéndole la muleta en la cara, muy planchada, sin quitársela, ligando con una suavidad exquisita, alargando el muletazo con una maestría suprema, dándole las pausas que precisaba para recuperar el aliento, todo bajo un concepto puro y clásico del toreo. Faena cada vez a más, con el público entregado, los olés retumban, Roca Rey abandonado, cuajando muletazos cada vez más bajos, ligados con un ritmo perfecto, emoción y entrega por todas partes, afición y matador. Abrocha la faena por bernardinas de infarto en las que cambia la trayectoria en el último segundo pasándose al toro a milímetros de la taleguilla, ajustadísimas, con toda la plaza en pie al grito de “torero, torero”. Mata de un estoconazo antológico marcando perfectamente los tiempos de la suerte suprema que revienta al toro en tres segundos y la plaza entera se vuelve loca, júbilo, alboroto, lluvia de almohadillas en señal de alegría desenfrenada, un mar de pañuelos blancos y dos orejas inapelables que suponen la coronación de Andrés Roca como Rey también en México, una de las últimas plazas que le quedaban por conquistar, en medio de un ambiente imposible de describir con palabras y que es lo que hace grande al toreo: la emoción, la pasión y el sentimiento.


Antonio Vallejo

lunes, 10 de diciembre de 2018

Cumbre de Antonio Ferrera en La México: Arte, sentimiento, torería suprema


Era la una de la madrugada en España cuando a la arena de La México saltaba un toro de la ganadería de Santa Bárbara de nombre Abuelo, con 520 Kg de peso, acapachado, bajo, enmorrillado, posiblemente bajo de trapío para lo que estilamos en España pero muy en tipo a lo que es el toro mexicano y en concreto el encaste Llaguno. Su lidia le correspondía a Antonio Ferrera, quien venía de haber cuajado una faena enmarcada en el más puro estilo ferreriano de esta última etapa del maestro, una faena fruto de la clase del extremeño nacido balear y reflejo de esa extraordinaria madurez  torera con la que nos lleva deleitando en estas dos últimas temporadas tras su reaparición una vez recuperado de su grave lesión de rodilla. Ese primero fue un toro que personalmente no me gustó en cuanto a hechuras, alto, algo escurrido de atrás, justo de cara y cornicorto, al que Ferrera recibió por verónicas templadas, alguna francamente armoniosa y lenta, para sacárselo a los medios y rematar el saludo con un revolera con el envés del capote preciosa. Toro parado, muy justo de fuerzas, que recibió un puyacito y al que hubo que cuidar al máximo echándole los capotes arriba para que no se derrumbara, con poco recorrido en banderillas y que llegó exhausto a la muleta, tardo, sin recorrido alguno. Quien más quien menos pensábamos que ahí se había acabado todo, que resultaba imposible ya no solo lucirse, sino mantenerlo en pie. Poco a poco, andándole en la cara con torería, muy despacio, muy suave, mimando al toro, acariciando su embestida, con infinita paciencia, cuidando la altura con maestría, administrado las pausas con la dosis exacta de la medicina que necesitaba el de Santa Bárbara, con la sapiencia que da la veteranía, fue embarcando en los vuelos de su muleta. Lo que en un principio parecían pases sin emoción alguna fueron ganando en recorrido y en  profundidad, Ferrera asentado, con infinito temple, todo muy despacio, tirando con una suavidad exquisita para acabar toreando al natural con una hondura impensable minutos antes, y digo al natural en toda la extensión del término, no solo por el pitón izquierdo, también por el derecho, clavando el estoque simulado en la arena y toreando sin ayuda por ambos pitones, tandas mágicas a velocidad superlenta, llevando embebido al toro, ligando por bajo, desmayando la figura, encajado de riñones, enroscándose al toro, torería en cada gesto, en cada movimiento, en cada paso y en cada pase, magia surgida de una mente prodigiosa, de un maestro que está en el culmen de su carrera. Impresionante escuchar los olés de los poquísimos aficionados que ayer fueron a la plaza, deprimente aspecto, desoladora imagen de unos tendidos prácticamente vacíos, quizás 2.000 espectadores, ¡qué pena!, pero peor para los que se lo perdieron, los adornos finales al abrigo de las tablas rezumaban aromas de azahar, trincherazos sublimes, carteles de toros. mató de una entera algo desprendida y hubo petición mayoritaria de oreja (ayer era fácil contar con los pocos que había) que el juez de plaza desestimó no sé con qué criterio, supongo que con la excusa de la colocación hurtó al público lo que pedía. ¡Ay los palcos!, se ve que en todas partes cuecen habas. La ovación que recibió el balear-extremeño fue clamorosa. Pero esa faena que se perdieron quienes no fueron a la plaza no era más que el aperitivo de lo que vendría con Abuelo, el sueño de una noche de otoño. Un toro con poca fijeza de salida en el capote de un Ferrera que lo para andándole hacia atrás para abrir el compás y dibujar con trazo firme verónicas templadas hundiendo el mentón, jugando las muñecas con elegancia, acompañando el viaje con la cintura, pura belleza, y una media de remate fantástica, parando el tiempo, con el público en pie al son de los olés. Se arranca Abuelo con espectacular galope al caballo del picador y lo derriba aparatosamente, sale suelto el toro y un Ferrera en maestro, perfectamente colocado, en el sitio exacto donde tenaz que estar  ¡lo para  por chicuelinas en las rayas del tercio para rematar con una media belmontina arrebujado en el capote que es otro cartel!. Los olés resuena con ecos atronadores en los desérticos tendidos de Insurgentes que empiezan a soñar con algo grande. Por cierto, que al toro ni se le picó, la entrada al caballo fue tan brutal que creo que no el del castores no llegó ni a hundir la puya hasta la cuerda. Pero allí nadie dijo nada, a todos les pareció bien cambiar el tercio sin entrar d renuevo al caballo, ¡ay la que se hubiera montado en Madrid!. Pero cada sitio tiene sus gustos, sus modos y sus maneras, y así creo que hay que entenderlo, por mucho que nos llame la atención. Brinda al público sabedor que tiene ante sí un gran toro al que cita en largo, le da distancia y Abuelo se arranca pronto y alegre, lo aguanta con temple supremo Ferrera, magistral, firme, seguro, relajado, desmayando la figura, tandas de redondos sublimes, la mano muy baja, alargando el muletazo hasta el infinito, todo con gran despaciosidad, parando los relojes, para rematar con unos de pecho monumentales. Perfecta la colocación, mágica conjunción toro-torero, emoción desbordada, un cambio de mano rebosante de torería hilvana los redondos con una tanda de naturales templadísimos, cada cual más lento, eternos, con largura, infinitos, la muleta barriendo la arena, Ferrera entregado a las musa del toreo, dejándolo todo a la imaginación, improvisación y naturalidad, abstraído, abandonado al arte que fluye desde el alma, olés cada vez más atronadores, una trincherilla de ensueño y la locura en los tendidos. Ferrera ensimismado, levita, clava de nuevo el estoque simulado y otra vez torea sin ayuda, todo al natural, por ambos pitones, muletazos lentísimos, el tiempo no pasa, las agujas están clavadas, pases mirando al tendido, en éxtasis, ¡qué torería!, ¡cómo anda en la cara!, ¡cómo anda en la pausas!, a pasitos, la muleta plegada, junto a su cara, el mentón hundido, en estado de trance y luego ¡con que largura lleva al toro!. Todo es puro sentimiento, todo emoción, los remates por bajo, celestiales, los de pecho, majestuosos, soñando el toreo, alcanzando el cielo, todo un torrente de toreo puro, en redondo, al natural, trincherillas, desplantes, madurez exquisita, la cima de su carrera, plenitud torera, alma y pasión, expresión suprema de lo más profundo e íntimo de su ser, roto, transmutado, completamente abandonado, la plaza en pie al grito de ¡torero, torero!, y hechizado por el maestro Ferrera un gran toro noble, con clase, bravo, con fijeza y humillación, con recorrido, repetidor, un gran toro. Arte, arte y más arte. Torería, torería y más torería. Y para rendir honor a ese bravo animal deja un estoconazo en todo lo alto volcándose sobre el morrillo, y Abuelo vende cara su vida, muere con bravura junto a las tablas. Dos orejas sin discusión alguna y "arrastre lento" para un gran toro que a mi modo de entender mereció la vuelta al ruedo, como la que que dio el maestro Antonio Ferrera, apoteósica que pone broche de oro a otra temporada extraordinaria de este grandísimo torero que nos embruja con su caudal inagotable de torería.
Cuando miré de nuevo el reloj, ¡no podía ser!, la una y veinticinco de la madrugada, imposible, había pasado el tiempo inmerso en el océano del toreo eterno, atemporal e inmortal. Sí, Ferrera había ordenado al reloj que parara, que los segundos y los minutos se congelaran para poder gozar de la sinfonía que Antonio Ferrera compuso con los más bellos acordes que se puedan escuchar, con la obra de arte que dibujó magistral con trazos sublimes que hubieran enamorado al mismísimo Miguel Angel, un aluvión de eso tan mágico y sin igual que por sí solo es capaz de desbordar los sentimientos y desatar la pasión, el toreo.

Antonio Vallejo

jueves, 6 de diciembre de 2018

Toreo con sabor añejo, sangre y triunfo en La México


Algo mejoró la cuarta de la Temporada Grande en lo que a espectadores se refiere, 15.000 según la cifra oficial, un tercio del aforo de La Monumental azteca, eso sí, todo concentrado en el numerado, el general era un auténtico desierto. Lo resaltaban con preocupación los comentaristas de la televisión en los instantes previos a la corrida, que la única manera de salvar la Fiesta es llenando las plazas, y si no llenándolas por lo menos presentando un aspecto digno. Pero algo es algo, se dobló la asistencia respecto al pasado domingo, un rayito de esperanza.
Y el cartel contaba con muchos atractivos para atraer a los aficionados a la plaza, y por qué no también al público en general. Primero la ganadería, Xajay, encaste Llaguno, sangre Saltillo y Santa Coloma, de postín en México, una de las que suelen ser del gusto de las figuras, toros con clase y nobleza, si bien es cierto que en los últimos años adolecen de una blandura que les ha puesto en el disparadero de la crítica. Seis toros para mi gusto serios y en tipo, con trapío, destacando para mi el primero, un toro con plaza, muy serio, alto, enmorrilado, muy buenas hechuras, vuelto de pitones, tercero, muy serio y ofensivo, engatillado, preciosa lámina, armónico y proporcionado, y cuarto, un castaño ojo de perdiz cornipaso muy bien hecho, que en lo referente a comportamiento y juego resultó una corrida variada y digamos que interesante en líneas generales , desde un sensacional y bravo tercero, noble y con clase el primero, deslucido y peligroso el segundo, cierta calidad pero falto de empuje el cuarto, soso, sin entregarse el quinto y colaborador el sexto. Y segundo la terna, con Diego Urdiales, avalado por sus triunfos en Bilbao y Madrid, un torero admirado y respetado en La México por su pureza y su toreo de aromas añejos, Octavio García “El Payo”, figura de aquel país que sabe bien lo que es triunfar en Insurgentes y que volvía tras su percance de hace tres semanas en esa misma plaza en claro ejemplo de compromiso y responsabilidad, y Sergio Flores, que recibió al finalizar el paseíllo el trofeo que le acredita como triunfador de la pasada campaña. Ingredientes suficientes para afrontar con ánimo e ilusión una nueva madrugada de toros dominical.
El riojano Diego Urdiales dejó su impronta en La México, su toreo puro y con verdad, toreo añejo, que evoca otros tiempos, toreo caro que deja en el aficionado ese regusto difícil de olvidar, aromas y sabores del toreo atemporal y eterno. Sembró de detalles sus faenas, con torería, momentos de mucha intensidad que destaparon una de los pilares en los que se basa el toreo, los sentimientos, pero faltó el otro pilar, la emoción, por la falta de empuje y fuerzas de sus toros que no permitieron al de Arnedo mantener el ritmo y la continuidad deseado en las faenas para llegar a romper. Detalles con el capote tan solo en el  cuarto, un toro con muchos pies de salida, sin fijeza, al que Urdiales fijó en las rayas del tercio, le echó los vuelos y le “enseñó” a embestir, con paciencia, con temple, con torería también, para dibujar con un ramillete de verónicas con el compás abierto cadenciosas, elegantes, desbordantes de clase para rematar con una muy buena media. Ni el primero ni el quinto – toro que le correspondió lidiar por la cogida de Payo en el segundo – sirvieron para el capote, cortos de recorrido y sin emplearse, aunque la  brega del riojano en el quinto andándole hacia atrás, echando el capote muy abajo, barriendo la arena, nos retrotrajo a otras épocas, al toreo de la edad de oro, aromas olvidados que es una delicia rescatar. Algo similar a lo que ocurrió en la muleta, destellos de toreo añejo, muletazos templados cargados de sabor, fogonazos de arte, clase, pureza y verdad. Pero fueron eso, detalles de maestro en los que los toros no colaboraron, la verdad. Así fue en el primero, un toro noble y con cierta calidad pero al que le fallaban fuerzas, al que Urdiales toreó con temple enorme, con exquisita suavidad, muy despacio, perfecto de colocación, midiendo la distancia, administrando las pausas, series cortas de dos o tres muletazos, al cuarto se venía abajo el de Xajay, todo ejecutado con torería, algunos redondos profundos y con más largura, pero sin ritmo ni continuidad, restando emoción a la buena labor del riojano que anduvo claramente por encima de su oponente. El cuarto fue peor, gazapón, reservón, sin recorrido, soltando la cara, que solo se dejó dar algún muletazo suelto por el pitón derecho, y unos naturales sueltos con hondura, pero el toro no estaba para florituras, peligroso, soltando arreones a diestro y siniestro. Para mi gusto estuvo sensacional Urdiales, lidia a la antigua, echando la muleta abajo, sometiendo al toro, un trincherazo sensacional emergió de la nada y levantó un olé lleno de sentimiento - ¡cómo me gusta esa manera de entender el arte!. Era la única manera de poder a ese toro y, repito, para mi lo hizo de manera magistral. En cualquier caso, no defraudó a las expectativas por verle tras su rotundo triunfo en el Otoño madrileño, estuvo en maestro, firme, reposado, seguro y con una torería embriagadora. Lástima el borrón de la espada, mal manejo en sus tres toros, pero todos los detalles que derramó sobre la arena de Insurgentes fueron suficiente bagaje para la ovación final en reconocimiento a su porte torero, merecida y justa a mi entender.
Octavio García “El Payo” se las vio con un segundo suelto de salida, sin entrega, soltando la cara, corto de recorrido y con las manos por delante, con una embestida descompuesta, rebrincado, manseando en el caballo y en banderillas. Lo que son las cosas, brinda la muerte del toro al Dr Rafael Vázquez, quién le intervino hace tres semanas en la misma plaza en la corrida que abría la Temporada Grande, quien iba a decir que unos segundos después volvería a estar en las manos del doctor. El toro no humillaba, tardo en la muleta, le pega El Payo un par de muletazos de tanteo para someterle por bajo, se perfila por el pitón derecho para tratar de instrumentar el toreo en redondo y al primer viaje el  de Xajay se desentiende y lanza un derrote seco al pecho de El Payo que deja al hidrocálido sin aliento y desorientado, lívido, descompuesto. Es trasladado a la enfermería semiconsciente, transcurren unos minutos de dudas, desconcierto general, se desconoce el alcance del percance, hasta que finalmente regresa al ruedo en medio de una atronadora ovación pero con evidentes muestras de no estar en condiciones de torear, el rostro desencajado, la mirada medio perdida, pero su pundonor y su profesionalidad le impiden rendirse. Monta directamente la espada y hace lo que debe, pasaportar al toro sin más probaturas. Pasa las de Caín para poder enterrar el acero, el toro, crudo porque casi no se le castigó en el caballo y no tuvo lidia, convertido en una alimaña a la defensiva soltaba la cara en cada embroque, complicadísimo de matar, aún más en las condiciones en las que se encontraba Payo, hasta que por fin consigue enterrar el estoque con asombrosa habilidad. Lo que no entiendo, no me entra en la cabeza, son los abucheos que tuvo que aguantar el de Querétaro al matar a este toro inlidiable y peligroso, hace falta tener poca, nula, sensibilidad. ¿Qué querían que hiciera?. Me imagino que los impresentables que le propinaron la bronca estarán con las orejas gachas y el rabo, si lo tienen, entre las piernas una vez conocido que Octavio García llevaba una cornada en la axila. Y con eso tuvo la vergüenza torera de salir a matar al toro jugándose la vida. Sobran más comentarios.
Como comenté al inicio Sergio Flores recibió el trofeo al máximo triunfador de la pasada Temporada Grande y si no hubiera sido por la espada hubiera puesto la primera piedra para optar a un nuevo galardón. El tercero resultó deslucido en el capote, soltaba la cara y echaba las manos por delante, el tlaxcalense le echó el capote abajo, le anduvo hacia atrás para llevárselo a los medios, buena lidia, fijando y sometiendo al toro. El toro no se emplea en le caballo, se deja pegar sin más, corta en banderillas y presenta complicaciones, pese a lo cual Fernando García protagoniza un excelente tercio de banderillas dejando los garapullos con pureza, de poder a poder, cuadrando en la cara, gran ovación a la que respondió desmonterado. No parecía que en la muleta fuera a cambiar, con escaso recorrido, aunque en los primeros muletazos embistió con nobleza y cierta clase. Extraordinario Sergio Flores, que vio y entendió el fondo que guardaba el de Xajay. Adelantó la muleta, se la puso en la cara y comenzó a componer una faena de mando y temple que rompió en la segunda tanda por el pitón derecho, bajando la mano,  muletazos largos, temple y ligazón, sensacional toreo en redondo a un toro que responde, pronto, humilla y repite, series con emoción y enorme belleza que levantaron los olés de los tendidos. Toda la faena transcurre por ese pitón derecho, el toro por ahí va largo, humilla, persigue los vuelos con codicia, repite, Flores torea encajado, metiendo los riñones, entregado, mucho temple y calidad, muletazos profundos repletos de gusto. Por el pitón izquierdo lo probó Flores pero el toro no tenía ni un pase, no se dejó, sin recorrido, con la cara siempre arriba, algo que sumado a una entera algo contraria y la necesidad de dos golpes de verduguillo impidieron que cortara una oreja que yo creo que hubiera caído de haber matado a la primera. Al sexto lo recibió estirándose a la verónica, desmayando los brazos, acompañando el lance con la cintura, ramillete con mucha belleza rematado con una media superior que puso en pie a La México. Tercio de varas deslucido, sin entrega, dormido en el peto, dejándose pegar, lo contrario que el tercio de banderillas, vibrante y emocionante, con Gustavo Campos y Fernando García cuajando los pares, dejándose ver, llegando a la cara del toro, cuadrando entre los pitones, asomándose al balcón para dejar los palos reunidos, y el toro acude con prontitud y movilidad. Enorme ovación con los dos toreros de plata desmonterados en las rayas del tercio. Brinda Flores al público para iniciar la faena con mucha torería, andándole al toro hacia los medios, precioso el trincherazo, sublime por largo y despacioso el cambio de mano, todo con naturalidad y relajado. Compone las primeras series en redondo adelantando la muleta, poniéndosela planchada en la cara, llevándolo muy tapado, muy toreado, con temple magistral, tirando del toro para alargar el  muletazo, ligando por bajo, olés a cada pase, ovación desenfrenada tras rematar con uno de pecho monumental. Por el pitón izquierdo le costaba más al de Xajay, pero a Sergio Flores se le veía seguro y a base de temple instrumentó un par de naturales con hondura y un farol que hilvanó con un pase de pecho de pitón a rabo majestuoso. Fue una pena que el toro se viniera a menos tras esas primeras tandas, algo que no fue obstáculo para que el tlaxcalense cambiara el registro y sacara cuanto le quedada al toro. Aguantó parones y miradas sacando a relucir todo su valor, se llevó la muleta a la cadera, retrasada y desde ahí ligó los muletazos, alargando el viaje, un arrimón de verdad, exprimiendo cada embestida, lección de entrega y compromiso, de querer y de poder, culminando con unas manoletinas ajustadas que cortaron la respiración de más de alguno y que tuvieron como remate final un adorno por bajo garboso y muy torero que puso levantó a los aficionados en gran ovación. Mató de pinchazo y estoconazo arriba volcándose sobre el morrillo para así cortar una oreja de ley que premió su importante actuación este pasado domingo.


Antonio Vallejo

martes, 27 de noviembre de 2018

3º de la Temporada Grande: Torería y orejas casi en soledad


Triste, desolador, deprimente y preocupante el aspecto de los interminables tendidos de La México en la tarde de ayer para la tercera de la Temporada Grande, como pyuede apreciarse en la imagen que ilustra esta entrada. No es que me esperara un entradón como el de la primera madrugada de ilusión taurina hace 2 semanas con Diego Ventura, Enrique Ponce, El Payo y Luis David Adame, ni mucho menos, pero de ahí a  lo de esta pasada madrugada hay un trecho. La cifra que se dio como oficial es 7.500 espectadores, en la plaza más grande del mundo con cabida para 50.000 espectadores, es decir, que tan solo un 15% del aforo se cubrió, ni un cuarto de plaza, pobrísimo a todas luces. Da mucha pena ver por televisión los imponentes tendidos del embudo de Insurgentes vacíos. Más que pena, honda y profunda preocupación, aunque es algo que se repite año tras año y comienza a ser un mal endémico en muchas partes que merece pararse a pensar en las posibles causas y tratar de solucionarlas si queremos que la Fiesta viva.
Ayer domingo se programó una corrida mixta con el rejoneador español Andy Cartagena y los diestros mexicanos Arturo Macías y Leo Valadez, un cartel que, es evidente y a nadie se le escapa, no tiene el nivel del del pasado 11 de noviembre. Siendo Cartagena un gran rejoneador no tiene el tirón ni el renombre de Diego Ventura, como tampoco Arturo Macías "El Cejas", sensacional torero mexicano que ha salido a hombros ¡nueve veces en Insurgentes!, puede compararse al maestro Enrique Ponce, ni el joven y prometedor Leo Valadez a los ya reconocidos y consagrados Payo y Luis David. Es decir, que en todas partes pasa lo que tantas veces he repetido, que para que los aficionados y más aún el público general vaya a los toros hay que darles carteles atractivos, que la gente mira por cada céntimo aquí y centavo allá y elige las combinaciones con renombre. Y esa puede ser una causa, a lo mejor hasta la principal, que se junta el hambre con las ganas de comer, que la gente cuida mucho sus gastos y solo va a "lo mejor", pero no es la única. ¿Qué falta?, ¿difusión?, ¿mejores y mayores campañas publicitarias?, ¿o sacar el toreo a la calle si complejos, dejarnos de endogamia y de purismos y que vuelva a ser un acontecimiento realmente popular?. No lo sé, de todo un poco, con muchos intereses enfrentados por las diferentes partes que conforman este llamado mundo del toro, aunque es muy fácil decirlo, que luego ponerse manos a la obra es otra cosa y quien más quien menos se pone de perfil y va  a lo suyo. Pero lo cierto es que tanto en España como en América nos estamos empezando a acostumbrar a ver tendidos semivacíos y lo damos ya como algo normal salvo en las tardes de carteles de lujo. La anestesia que invade en tanto aspectos a esta sociedad acomodaticia parece que también está fagocitando a nuestra Fiesta.
Como decía, corrida mixta, que lo ha sido en todos los apartados, toreros y ganadero, ya que los cuatro primeros toros han lucido la divisa de José María Arturo Huerta y los dos últimos de Arturo Gilio. Dos hierros y dos encastes, Llaguno y Parladé por vía Domecq Díez, que nada tienen que ver uno con el otro. Hasta que he tenido la oportunidad de seguir por televisión las corridas de México era un perfecto ignorante en cuanto al toro de aquellas tierras. Es cierto que cuando uno ve imágenes de las corridas mexicanas le llama poderosamente la atención la morfología, las hechuras, la cornamenta y el trapío que por allí se exige y gusta, en contraste con lo que estamos acostumbrados en España. Personalmente no tenía ni idea de cual era el encaste Llaguno que en tantas retransmisiones he escuchado nombrar, pero buscando he entendido el por qué de esa morfología. Resulta que este encaste nace de la aventura de  los hermanos Llaguno, dos vascos afincados en el estado mexicano de Zacatecas y que allá por el año 1898 compraron sementales de Saltillo que cruzaron con vacas críollas creando así un tipo de toro que perdura hasta la actualidad y que,por lo que tengo entendido, es el predominante en el campo bravo mexicano. Así me explico las características de los astados que veo desde que Canal Toros nos trae hasta casa las corridas de la Temporada Grande, como el pelaje predominante cárdeno, su tamaño o la cara peculiar que tienen, por destacar algunas. Lo dicho, que se aprende mucho y es muy satisfactorio acercarse a otras formas de vivir y entender el toreo. Ayer vimos a ese toro de hechuras a la "mexicana", cornicorto, muy enmorrillado, corto de cuello, poca cara y aparentemente escurrido frente a los dos de Domecq, bajos, hondos, cuajados, mucho más serios para mi gusto, claramente más ofensivoscon más volumne pero armónicos y de muy buenas hechuras, sin excesos de kilos, bien rematados, toros a la "española". Contrastes por tanto en todos los aspectos, ganado y toreros.
La verdad es que lo de los carteles aunando rejoneadores y toreros de a pie no es una de las cosas que más me guste. Cada día soy más aficionado al rejoneo, siendo niño disfruté mucho viendo a los grandes rejoneadores de entonces, los Peralta, Vidrié, Domecq, Bohórquez, Buendía. Caballeros y toreros, máximas figuras a las que vi torear hace muchos años y con las que creció mi afición. Más tarde fui alejándome del arte del toreo a caballo y durante décadas fui a escasísimas corridas de rejones, hasta que nacieron mis hijas y gracias a ellas y su afición, en la que la figura de Diego Ventura ha sido fundamental  especialmente para mi hija María, apasionada seguidora del maestro, me he vuelto un asiduo de estos festejos, al menos en la plaza de Madrid. Es decir, que me gusta mucho ver rejoneo, que me lo paso en grande, que me maravilla y asombra lo que son capaces de hacer sobre los caballos, bellísimos animales que torean con su lomo, y que cada vez valoro más ese arte. Pero si voy a ver rejones quiero ver rejones, y si voy a ver toreo a pie quiero ver toreo a pie. Vale que un día junten a dos figuras máximas , dos números uno de leyenda como son Ventura y Ponce, pero eso es un día, y repetirlo no es que me guste mucho. Lo veo porque me encanta ver toros a la mínima oportunidad que tenga, pero sinceramente creo que ambos toreos deben tener su espacio perfectamente delimitado salvo excepciones como la de hace dos domingos. 
Abrió plaza un toro de Huerta con un nombre curioso, Mi Preferido, para mi gusto basto de hechuras, con una estampa que personalmente me ha parecido fea, pasado de kilos, gordote, con un morrillo exagerado, casi sin cuello y con una cabecita que no correspondía al volumen de la caja, eso sin hablar de los pitones, cornicorto es poco, cornimínimo diría yo si me permiten el palabro. Toro de comportamiento incierto, un tanto brusco de salida, con movilidad y fijeza sí, pero soltando la cara cuando Andy Cartagena lo paró montando a Cuco con temple y técnica para dejar un buen rejón de castigo. Lo mejor de la faena vino sobre Cupido, precioso caballo que toreó con su lomo a modo de muleta llevando los pitones del toro cosidos a la grupa.  Un toro tardo que se paró pronto y no colaboró, todo lo tuvo que hacer Cartagena, llamando su atención con recursos nacidos de su buena doma y monta, teniendo que llegar hasta la cara y arriesgar mucho, lo que hizo que los encuentros no resultaran limpios, en demasiadas ocasiones tocó el de Huerta la cabalgadura. Tiró de repertorio y piruetas el de Benidorm ante lo deslucido del toro, cabriolas delante de la cara, banderillas cortas en un carrusel montando a Pintas buscando la reacción del público en una faena en la que conjugó buena técnica con efectismo pero sin el ritmo y la transmisión deseada por las escasa condiciones del toro. La poca colaboración del toro complicó a Cartagena la labor de colocar el rejón de castigo y todo quedó en respetuoso silencio. Me gustó mucho más Andy ante el cuarto, Espartano, al que recibió con Mediterráneo para pararlo en los medios y dejar un meritorio rejón de castigo a un toro abanto y sin fijeza, que barbeó las tablas, que no ayudó nada y ante el que tuvo que sacar a relucir toda su torería y técnica en una faena de corte clásico y ortodoxo. Mucho me gustó Picasso en banderillas, sensacional, llevando al toro cosido a la grupa en una lección de temple para después llamar la atención del toro, parado y reservón, intentar provocar su embestida llegar hasta la cara, dejarse ver y dejar las banderillas con verdad y pureza. Tuvo un detalle con el sobresaliente de la corrida cediéndole un quite mientras cambiaba de cabalgadura  para salir con Pintas, calentar el ambiente haciendo la corveta sobre los cuartos traseros y colocar dos banderillas al violín y adornarse con el famoso teléfono, todo ello arriesgando y sin ninguna colaboración de un toro deslucido, con gran mérito, demostrando que más allá de lo accesorio es un gran rejoneador con una magnífica cuadra, una sensacional doma y mucha técnica y torería. Culminó la faena con un rejonazo de muerte extraordinario que hizo rodar al toro sin puntilla. Petición fuerte y oreja de mucho peso para Andy Cartagena.
Arturo Macías "El Cejas" sabe bien lo que es triunfar en La Monumental. Hasta nueve veces ha salido a hombros, la última el pasado mes de febrero en una corrida curiosamente con el mismo cartel de ayer domingo. Por eso y porque tras la grave cornada que sufrió Cejas en Aguascalientes en octubre de 2017 esa tarde de febrero fue su reaparición vestido de luces se le dedicó una atronadora ovación al finalizar el paseíllo. Una demostración de sensibilidad por parte de la afición capitalina que no olvida y valora mucho gestos como el de Macías. Bien Querido se llamaba el segundo toro, un gran toro, bravo, noble, enclasado, con humillación, pronto, repetidor, con celo y codicia, un toro de bandera. Lo recibe con verónicas templadas con el compás  abierto que destilan torería, ganando pasos, llevándoselo hacia los medios para rematar con una media repleta de arte. Buena pelea en el caballo, la cara bajo, empuja, se emplea, mete los riñones, bien agarrado por parte del varilarguero, delantero, castigando al toro en la justa medida, gran puyazo, aunque algunos protestaran el "excesivo" castigo. El quite a la verónica del propio matador refrenda las buenas sensaciones de la embestida del toro, algo que sigue demostrando en banderillas, buen tranco, galope alegre. Brinda al maestro Ureña en un gesto de sensibilidad, respeto y caballerosidad, porque así son los toreros. El inicio de faena es un canto a la belleza, torería pura, flexionada la rodilla, luego rodilla en tierra, muletazos de tanteo en redondo por bajo, largos, profundos, el toro humilla, va largo, repite. Las tandas en redondo se suceden con temple y ligazón, con la mano baja, perfecto de colocación, toreo puro, profundo, muy lento, a la mexicana, parando el tiempo, con la muleta adelantada, sin quitársela, alargando el viaje, portentoso, magistral Macías, rematando esas series con pases de pecho largos, vaciando la embestida. Toreo de muchos quilates, cargado de gusto y clase en el que no falta detalles de improvisación como una revolera al partirse el estaquillador tras un muletazo o remates por bajo repletos de sabor y cambios de mano portentosos. Por el pitón izquierdo sigue la sinfonía de toreo, naturales con hondura, templad´sismos, lentos, la mano muy baja, largos, ligazón perfecta, el toro sigue los engaños con fijeza, humilla, embiste con despaciosidad, el conjunto es una pura entonación, la plaza ruge, los olés retumban, extraordinario Arturo Macías, rematando las series con más de pecho superlativos y un cambio de mano celestial para hilvanar una última serie en redondo sencillamente divina, abandonado al toreo, gozando de cada muletazo, firme, seguro, relajado. Obra maestra del Cejas que culmina con unas manoletinas ajustadas metido en tablas que ponen en pie a la Mounumental pero que no pudo rematar porque exprimió tanto a este sensacional Bien Querido que no le ayudó nada a la hora de matar. El atasco con los aceros privó al hidrocálido de una oreja seguro y quien sabe si no de un triunfo gordo, pero la fortísima ovación que le dedican los aficionados reconoce la torería y la clase del de Aguascalientes . El quinto, Dos amigos, fue un precioso toro, puro Domecq, entripado, bajo, hondo, cuajado, muy serio pero bien proporcionado, amplio de cara, con trapío, un toro "español" para La México. Sale con brío, se mueve, repite aunque se queda corto en el capote y echa las manos por delante. Se emplea en el caballo, buen puyazo, empuja con codicia, sale del peto mostrando buenas condiciones y permite a Macías ejecutar un buen y lucido quite por delantales. En banderillas va con buen tranco, extraordinario tercio a cargo de Alejandro Prado con dos pares sensacionales, de poder a poder. Brinda al público a la vista de lo bueno que apunta el de Gilio e inicia la faena de nuevo con torería, andándole en la cara, ganado terreno, sacándolo a la segunda raya. Pero esto del toreo es imprevisible y de repente, sin saber por qué, el toro cambia, se para, se vuelve tardo y desconcertante en su comportamiento, sin recorrido, sin humillar, soltando la cara, derrotes y arreones a diestro y siniestro, a la defensiva, deslucido y, por si faltaba algo, con peligro. Surge un Macías firme y valiente, exponiéndose, comprometido y entregado, metido entre los pitones, a milímetros de los muslos, con verdad, tratando de robarle los muletazos uno a uno, lección de pundonor que a pesar de no andar tampoco fino con la espada es despedida con una cariñosa y a mi parecer merecida ovación a su disposición y sinceridad.
Leo Valadez lleva tan solo un año de alternativa pero es una de las figuras en las que la afición mexicana tiene puestas muchas esperanzas. No tuvo suerte con su primer toro, Orgulloso, distraído de salida, frenándose en los capotes, las manitas por delante, sin recorrido. En el caballo, sin embargo, no tuvo mala pelea, tomó dos puyazos metiendo la cara abajo, empleándose. Buen quite del propio Valadez por chicuelinas ajustadas y bajas aunque algo trompicado en la media de remate cuando el toro casi le prende. No mejora en banderillas, espera y corta, suelta la cara en el encuentro, complicado y peligroso para la cuadrilla que resuelve la papeleta con oficio y riesgo. En la muleta el comportamiento del de Huerta es el esperado, tardo, a la defensiva, sin humillar, reponer, muy deslucido y además con peligro, puesto que se para, mira y mide, sabe perfectamente lo que se deja atrás en cada muletazo. Muy bien el hidrocálido, tirando de buena técnica, perdiéndole un pasito para quedarse colocado, a media altura, muy firme y con mucha verdad, pero el trasteo carece de transmisión y emoción por lo que decide abreviar con buen criterio. La estocada con la que pasaporta sin puntilla a este tercero es sencillamente un compendio de cómo se mata al volapié, majestuosa. El que cierra plaza es otro toro muy en tipo Domecq, precioso de hechuras, que mete la cara con clase en las verónicas de saludo, templadas, cadenciosas, hilvanadas con chicuelinas ajustadas y una revolera con mucho arte, pero nada comparado con el extraordinario quite por zapopinas que remata con una larga cordobesa y una revolera llena de aromas a gran toreo. El tercio de banderillas corre a cargo del de Aguascalientes, vibrante, en un derroche de facultades físicas con un primer par quebrando en falso en la mismísima boca de riego para dejar los palos en la cara del toro, un sensacional segundo para de poder a poder, con pureza, hacia los adentros, y un tercer par enorme de dentro a fuera asomándose al balcón que pone una vez más a la plaza en pie. Toro bravo y con entrega en banderillas, con galope ágil, que va pronto al cite y mete la cara con mucha clase. Brinda al maestro Urdiales "por su pureza", bonito gesto y bonitas palabras. Por cierto, que el riojano toreará el próximo domingo alternando con El Payo y Sergio Flores ante reses de Xajay. Inicio de faena con mucho gusto, por alto, clavando las zapatillas, aprovechando el buen tranco y la movilidad del de Gilio para pasárselo por ambos pitones. Magnífico el toreo en redondo en las primeras tandas, adelantando la muleta, templado, enganchando la embestida y tirando del toro para alargar el viaje y rematar siempre por debajo de la pala, portentoso, poderoso, sometiendo a este muy buen toro, rematando las tandas con magníficos de pecho y un cambio de mano sensacional que enloquece a los aficionados. Prueba al toro por el izquierdo, menos claro por ese pitón, aunque algunos naturales surgen con hondura y rematados por bajo, pero sin el ritmo y la emoción de los derechazos. Vuelve al derecho por donde de nuevo afloran muletazos ligados con temple y profundidad, aunque el toro va a menos y su recorrido no es el de los compases iniciales. Con el toro ya parado tira de recursos como los circulares que receta entre las rayas del tercio y acorta las distancias para acabar entre los pitones jugándosela de verdad, retrasando la muleta, llevándola a la cadera, dejándose ver, para robar muletazos en un palmo de terreno y poner fin al trasteo con unas bernardinas  ajustadísimas aunque algo embarulladas que ponen el "uy" en los corazones de los aficionados. Mata de otro estoconazo monumental que hace rodar al toro sin puntilla y que vale una merecida oreja pedida por clara mayoría de los aficionados que para mi gusto premia con justicia la buena y comprometida actuación de Valadez en toda la tarde.
Otra madrugada más que ha merecido la pena, en la que la enorme clase y torería de Arturo Macías junto a su valor, la entrega de Leo Valadez, su técnica y su buen gusto además de dos estocadas de antología, y la maestría a caballo de Andy Cartagena que ha demostrado lo bien que torea, con verdad y pureza, más allá del efectismo que a veces se le achaca, han llenado La México ante el pobre y deplorable aspecto de unos tendidos cuasi vacíos, el único lunar negro en otra madrugada taurina en España. Torería y orejas en petit comité, casi en soledad. Esperemos que el próximo domingo mejore.

Antonio Vallejo 


viernes, 23 de noviembre de 2018

El emotivo adiós de Garibay a La México


Otra madrugada dominical de toros, más horas robadas al sueño para disfrutar del toreo al estilo mexicano, esta vez con un argumento y un sentido claro, la despedida de uno de los ídolos de La México, uno de sus iconos, un consentido que dicen por allí, Ignacio Garibay, torero capitalino que dice adiós tras 19 años de alternativa. Un adiós que, no podía ser de otra manera, resultó triunfal, dos orejas y salida a hombros tras dos faenas en las que dejó patente su elegancia, su temple y su mando, cualidades que le han convertido en profeta en su tierra. Pero aunque ese era el motivo principal para ver la corrida no era el único. Por ejemplo, acartelados con el capitalino estaban Sebastián Castella, figura del toreo aquí y allí, maestro consagrado con triunfos en todas las plazas de España y América,  valor y arte le definen, y Diego Silveti, apellido de enorme carisma en México, una saga torera de varias generaciones de figuras, desde su bisabuelo Juan Silveti, Juan sin Miedo he sabido que le llamaban por su valor, su padre, el gran David Silveti, su tío Alejandro Silveti, que en la actualidad es su apoderado. Viendo el cartel me parecía suficiente como para ponerme a las once y media de la noche frente al televisor y disfrutar del toreo en directo, de ese toreo que tiene cosas que tanto nos chocan y del que tanto también aprendo. Lo primero, me llamó mucho la atención ver el poder, el triste aspecto de los tendidos de La México, con poco más de un cuarto de entrada según apuntaron los comentaristas de la televisión azteca. Después del casi lleno del pasado domingo resulta desolador ver tanto asiento vacío. Por lo que comentaron esta semana ha sido puente en México; se ve que nos parecemos en eso, tres o cuatro días de fiesta y nos escapamos donde sea. Ojalá sea esa la explicación y el próximo domingo el aspecto cambie radicalmente porque si no es altamente preocupante. La Temporada Grande en México creo que no digo una barbaridad si la comparo con los sanisidros en España, la primera plaza de cada país y la feria más importante en cada caso. Si en pleno San Isidro solo se llenara un cuarto de plaza me preocuparía muy mucho por el futuro de la Fiesta, ¿se lo imaginan?.
He hablado de los tres matadores, pero hoy también tengo que hablar de los toros de este domingo, ejemplares dela ganadería mexicana La Estancia, encaste Llaguno, con hechuras y presentación muy de México, rondando los 500 kg de peso, morrillo desarrollado y unas encornaduras que si salen en Madrid se quema la plaza, pero que es el trapío que por allí se considera y se pide. Para lo que estamos acostumbrados en España podría decir que los seis eran cornicortos, con los pitones vueltos, alguno casi cornipaso,  con poco cuello, pero para lo que se lidia en aquella tierra tenían la presentación y las hechuras adecuadas para una plaza de la categoría de La Monumental, al menos eso decían los comentaristas. 
Dejando a un lado las hechuras hubo un detalle que quiero contarles porque me hizo mucha gracia, la verdad: el nombre de los toros. Se los voy a ir diciendo por orden de lidia: Costuras del Alma, Leyenda del Tiempo, Vente a Razones, Matita de Romero, Calle Real, Duquende y Tiempo Sabio. ¡Casi nada los nombrecitos!. Les aseguro que no son los más curiosos que he visto, hay cada uno que tiene tela. 
Y otra cosa; ni han contado mal, ni me he equivocado, ni tampoco se devolvió alguno de los titulares. Sí, son siete, no seis, siete, porque siguiendo la costumbre de México se lidió el que allí llaman de regalo, de la ganadería Julián Hamdam, pedido por Sebastián Castella. Siete toros que si bien en general tuvieron nobleza resultaron un tanto decepcionantes. El primero y el séptimo fueron sin duda los mejores, bravos y con fondo, pero el resto dejó bastante que desear. Por ejemplo segundo, tercero y quinto no dieron opciones para el lucimiento, parados y sin recorrido, el sexto tuvo clase, sí,  pero  le faltó duración, teniendo como denominador común la falta de fuerzas, algo que llevó aparejada la falta de empuje y por tanto de emoción. Quizás donde más me pareció que destacó la corrida fue en el tercio de varas, ahí sí que creo que sacó mejor nota, puesto que casi todos se arrancaron con buen galope al caballo, metieron la cara abajo y empujaron con celo, cuatro de ellos quiero recordar que derribaron las cabalgaduras. Ahora bien, pongámonos en situación y entendamos esos tercios de varas como lo que fueron, al más puro estilo de La México, un único puyazo, la mayoría de las veces señalado y poco más, porque allí, como el picador se exceda lo mínimo, y estoy hablando de segundos, en serio, se le monta la mundial. ¡Ay Dios mío si vemos esto en una plaza de primera española!, menudo escándalo. El mismo escándalo que para la afición mexicana pueda ser ver tercios de varas en plazas como  se exigen en plazas como la de Madrid, o más escándalo aún el volumen a veces descomunal y las encornaduras a veces tan exageradas que se presentan en nuestras plazas. En fin, diferentes maneras de ver y entender esa Fiesta, cada una con sus pros y sus contras, siendo lo más enriquecedor, siempre lo he dicho, poder disfrutar de ambos conceptos del toreo en todo su esplendor.
Y precisamente este pasado domingo lo que se vivió en La México fue eso, una fiesta. Una fiesta que tenía un protagonista, una fiesta en honor a un hombre que iba a hacer el paseíllo por última vez en esa plaza Monumental, un ídolo de la afición capitalina, Ignacio Garibay. Una fiesta desde el  mismo momento de asomar por la puerta del patio de cuadrillas, instantes después con la atronadora ovación que recibió al romperse el paseíllo a la que respondió visiblemente emocionado desde el centro del anillo,  insistiendo a sus dos compañeros de terna en compartir con él ese momento, detalle bonito y elegante, pasando por una vuelta al ruedo apoteósica tras cortar la oreja del cuarto, una vuelta al ruedo también al más puro estilo de aquella tierra, pausada, lenta, eterna, saludando a unos y otros, abrazos, regalos, más abrazos, más saludos, más regalos, familia, amigos, toreros, personal de la plaza, cada vez más gente, más amigos, más familia, y la vuelta que no acababa nunca, acompañada por la banda de música al son de Las Golondrinas, melancólica composición que en México usan para las despedidas, que una y otra vez sonaba, aquello no terminaba, duró casi como una faena, en serio, para poner broche de oro a la tarde (ya alta madrugada en España) saliendo a hombros entre el clamor de los aficionados. No se puede negar que pasión y emoción le ponen, da gusto verles como lo gozan, ¡pero un poco más de brevedad tampoco habría venido mal!. 
Desde que Garibay tomó el capote para recibir a su primer toro se percibía en el ambiente que aquello iba a acabar bien. Saludo elegante, meciendo las muñecas con suavidad en verónicas acompasadas, embarcando al estado en los vuelos, ganando pasos para llevarse al toro a los medios. Un gran toro, por cierto, el mejor del encierro, que se movía con galope ágil, humillando con clase, con fijeza, repetidor, que metió la cara abajo en el peto y empujó con celo en varas. Un quite despacioso, variado y muy vistoso en el hilvanó una chicuelina, tafallera, otras dos chiquilinas más y una larga a una mano desmayando la figura, con mucha clase y gusto, puso en pie a los tendidos, deseosos de ver triunfar a Garibay. El inicio de la faena no puede ser más torero, doblándose, por bajo, suave, elegante, el toro va largo y humilla, abrocha la serie con un cambio de mano lentísimo y profundo que arranca un olé rotundo. Faena basada en el temple, firme, seguro, manejando la muleta con suavidad para conducir la brava y noble embestida siempre por bajo, muletazos de gran empaque sobre todo en una tanda mediado el trasteo de enorme nivel, con la mano muy baja, arrastrando la muleta, poderoso, sometiendo al toro, enroscándoselo a la cintura, la figura relajada, el viaje largo, infinita belleza, todo templadísimo, todo despacio,  todo muy lento, todo muy de México, degustando cada pase, aclamado por olés incesantes nacidos del alma. Lástima de algunos enganchones a las telas que rompieron ese ritmo mágico que imponía el mando de Garibay y que restaron un puntito de continuidad y emoción en algunas fases, por lo que la faena no llegó a romper  de la manera rotunda como creo que hubiera podido ser ante las sensacionales condiciones del toro. Una estocada arriba casi entera y algo tendida aunque eficaz fue argumento suficiente para que se pidiera una oreja concedida por el juez de plaza con absoluta justicia. Al cuarto también lo saludó a la verónica, con temple, acompañando el viaje con la cadera, preciosa estampa, abandonado, con torería, como la que derramó al llevar al toro al caballo por delantales andándole hacia atrás, siempre despacioso, o como la que enloqueció a La México en el quite por tafalleras rematado por cuatro revoleras para soñar y no dejar de hacerlo jamás, sin prácticamente rectificar la posición, en una baldosa, sin enmendarse, olés que hacen temblar a la plaza y una ovación desbocada que se escuchó en todos los rincones de la inmensa ciudad. Una plaza puesta en pie, rendida a su ídolo cuando éste les brinda su último toro. Faena templada de un Ignacio Garibay sumamente tranquilo y relajado, disfrutando del toreo, saboreando cada muletazo, degustando el toreo mientras a sus oídos llegaban los acordes de Las Golondrinas, elegante de nuevo, con gusto y clase, bajando la mano, pases lentos, mucho, parando el reloj, buscando la ligazón, sacando a relucir su mando cuando el toro respondió y abriendo la caja de la técnica cuando el toro se vino abajo y le faltó recorrido, pero tenía nobleza y clase y Garibay supo exprimir al máximo sus cualidades. Faena quizás más de emotividad que de emoción, faena de entrega en la que en ningún momento se cansó de torear, como si no quisiera irse nunca de allí, primero en largo, luego acortando las distancias, toreo vertical, estático, plantándole la muleta en la cara, pasándoselo por ambos pitones, abandonado, disfrutando el momento, sorbo a sorbo, como un buen vino, entre gritos de "torero, torero" que casi ahogan los acordes de Las Golondrinas, muy por encima de un toro al que le faltó empuje, chispa y emoción. Un pinchazo y una entera desprendida pasaportan a su último toro en la Monumental azteca. Petición de oreja que vista por televisión no parecía mayoritaria pero ante la que el juez de plaza sacó el pañuelo sin dudar lo más mínimo. Según mi buen amigo Raúl Rodríguez que este domingo tuvo la fortuna de asistir a la corrida en la plaza la petición fue escasa y, en palabras suyas, fue la primera vez en su vida que había visto a un presidente, juez de plaza allí, conceder una oreja no pedida. Y no dudo de sus palabras, así fue, seguro. Pero también digo que no me importa, que si esa decisión se basó en valorar el arte, la elegancia, el gusto, la clase, la emoción y los sentimientos por encima de la colocación de la espada y sirvió para asistir a la antológica a la vez que interminable vuelta al ruedo con la posterior salida a hombros de Ignacio Garibay, bienvenida sea, que si pecamos que sea por exceso de benevolencia y no de intransigencia, como tantas veces ocurre. 
Sebastián Castella poco o nada pudo hacer ante el soso, deslucido y justo de fuerzas segundo, nulo en el capote, sin recorrido, que tan solo fue un espejismo en el caballo donde se arrancó con brío y empujó abajo, pero nada más, un visto y no visto, porque en banderillas volvió a las andadas, esperando y soltando la cara. En la muleta no permitió nada, sin recorrido, reponía, soltaba la cara, muy bien Castella a mi modo de ver, firme, lo machete por bajo, lidia a la antigua que era lo que precisaba este toro, sensacional el galo, era lo único que se le podía hacer. Cada toro tiene su lidia, aunque a veces cueste hacérselo entender a muchos. Abrevia con magnífico criterio ante la evidente imposibilidad, sufriendo un calvario con los aceros. Tampoco mejor mucho las cosas el quinto, distraido de salida, frenándose en el capote, con las manos por delante, deslucido, descompuesto en su embestida. Es cierto que derribó al caballo en el solitario puyazo, pero creo que fue más por inercia que por empuje y entrega, mostrándose tardo en banderillas, con poca fijeza, cortando el viaje, poniendo en apuros a la cuadrilla de Castella que resuelven el trance con oficio y algo más. Inicia el de Beziers la faena muy a su estilo, estatuarios por alto, vertical, clavando las zapatillas, para proseguir con un toreo en redondo templado, perfectamente colocado, bajando la mano para ligar los pases con despaciosidad, muy a la mexicana, sobre todo en un par de tandas al inicio de la faena que fueron lo mejor, por no decir lo único, puesto que al toro se le acabó la gasolina  y fue claramente a menos, parado, cada vez con menos recorrido. En ese momento sale el Castella de raza y pundonor, da un paso adelante, aprieta y ataca al toro, acorta las distancias, se llega hasta la punta de unos pitones que rozan la taleguilla y el chaleco, muy firme, en un palmo de terreno, con la muleta retrasada para provocar la embestida del toro y así tratar de instrumentar algún muletazo, intentando llevarlo toreado en todo momento, pero la sosería del toro ahuyenta cualquier atisbo de emoción. Muy por encima el francés, al que tan solo le puedo poner el pero de haber alargado quizás en demasía el trasteo, pero voluntad y entrega no se le puede ni debe reprochar. De nuevo se atasca con la espada. Estaba claro que una figura de la talla de Sebastián Castella no quería irse de vacío este domingo, más aún tras ver a Garibay cortar dos orejas, y por eso entiendo que pidió el de regalo, a ver si  el sobrero de Julián Hamdam  tenía mejores condiciones. Los lances de recibo a la verónica bajando la mano, jugando bien las muñecas, templando las primeras acometidas del toro, ganando terreno en cada capotazo para rematar este saludo con una media muy torera permiteron dejar espacio para la esperanza. Un espacio que se agrandó al ver un precioso quite por chicuelinas muy ajustadas a manos bajas rematadas con una larga cordobesa repleta de sabor que arrancó un olé estremecedor. El inicio de faena rebosa torería, primero flexionando la rodilla, luego rodilla en tierra, conduciendo la embestida por bajo,  muy sometido, alargando el viaje para rematar con dos soberbios de pecho que levantan a los aficionados de sus asientos. Extraordinarias tandas en redondo, temple y ligazón, la mano baja, adelantando la muleta, alargando el pase, rematando atrás, la esencia del buen toreo, todavía mejor al natural, templado, lento, con hondura, olés rotundos, grandísimo Castella, perfectamente colocado, toreando encajado, metiendo los riñones, toreo reunido de enorme emoción y transmisión. Ni un toque a las telas, enorme la técnica, mayor aún el sentimiento, los olés retumban a cada redondo, a cada natural, cada cual más profundo, cada cual más hondo, todo sobre sus muñecas, manejando los avíos con elegancia y torería. Faena muy al estilo y gusto de La México, perfectamente acoplado a esa embestida al ralentí que por momentos parece que se va a parar, pero sigue y completa el muletazo, bellísimo, muy difícil de torear así, sumamente exigente para el matador, la plaza toda en pie, olés a cada pase, absorbiendo los mejores aromas del toreo eterno. Remata la obra como la comenzó, flexional la rodilla, doblones por bajo y un adorno garboso rematado por abajo que hace volar la imaginación al otro lado del charco, a su Sevilla de adopción, sabor y olor maestrante. Mata de una casi entera ligeramente desprendida y corta una oreja de ley con todo merecimiento.
Diego Silveti saludó al tercero con un ramillete de verónicas templadas y cadenciosas para rematar con una maravillosa media a pies juntos cargada de torería y deleitó a los aficionados con un quite por gaoneras realmente vibrante a un toro que desde salida apuntó una alarmante escasez de fuerzas. Eso y poco más es lo que le permitió al hidrocálido, quien lo cuidó y mimó en la muleta ante la evidente invalidez del animal. Aplicó toneladas de temple, dosis máximas de temple, suavidad extrema, siempre a media altura, tandas muy cortas, pausas muy largas para que el toro recuperara al menos algo de aliento para no derrumbarse. Faena de gran técnica pero de escasísima emoción, en cuanto le obligaba lo mínimo al bajarle la mano una pizca el toro se derrumbaba, muy deslucido, sin ritmo ni continuidad, imposible a todas luces. Quizás las ganas y la disposición le llevaron a alargar demasiado un trasteo que no llevaba a nada y que a más de uno le impacientó en los tendidos, pero es entendible que viéndose en la Temporada Grande y ante dos figuras como Garibay y Castella hiciera lo imposible por agradar y demostrar lo buen torero que es.  Esa oportunidad le vino en el sexto, un toro que de salida no apuntaba nada bueno, deslucido en el capote, frenándose, echando las manos por delante, de corto recorrido, soltando la cara, que sin embargo se empleó en el caballo con bravura y codicia. Emotivo y caballero en el brindis a quien como supe gracias a la retransmisión de la televisión mexicana, además de maestro es su amigo, Ignacio Garibay. Inicia la faena con torería y temple, bajando la mano, con gusto, muletazos de tanteo que preceden a series por ambos pitones de toreo encajado, muy lento, muy a favor de estilo, a la mexicana, acompañando el viaje con suavidad, la muleta adelantada, alargando la embestida, tirando del toro, siempre por bajo, perfectamente acoplado, sabiendo administrar las pausas, dándole aire, haciéndolo todo a favor del toro, cuidándole para sacar todo lo que llevaba dentro. Lástima que al toro le faltara duración y que fuera a menos tras las primeras tres o cuatro series, porque clase y nobleza tenía, pero esa falta de gas y recorrido restó emoción a la faena. Ni siquiera los últimos compases de la faena con Silveti metido entre los pitones en un alarde de valor consiguieron conectar con los tendidos, incluso escuchó silbidos de reprobación por parte de algunos aficionados, aunque con las bernardinas ajustadísimas con las que culminó su actuación las tornas cambiaron y le reconocieron la entrega, el compromiso, la disposición y la verdad con la que fue a esa corrida. Mató mal y, si había alguna opción de oreja, se difuminó cualquier esperanza, pero sí que recogió una merecida ovación por su actitud durante toda la tarde.

Antonio Vallejo


lunes, 12 de noviembre de 2018

La México se rinde a Diego Ventura; antología e indulto en Insurgentes


Hace unos días escribía sobre la Temporada Grande en La México, hablaba sobre la manera de vivir y sentir el toreo por aquellas tierras del otro lado del Atlántico, sobre la pasión que ponen en cada momento de la lidia, sobre lo enriquecedor que es para cualquier taurino tener la oportunidad de asomarse a esa tauromaquia que nos sorprende en tantas cosas, algunas chocantes y difíciles de asumir desde nuestra óptica como puede ser la morfología y las hechuras que gustan en México, o el tercio de varas, nada que ver ambas cosas con lo que se estila en España, junto a otras que admiro, como el respeto, el sentimiento y las ganas de disfrutar con cada detalle, y esperaba con anhelo que llegara esta primera madrugada dominical española para robar horas al sueño y disfrutar del toreo en directo, aunque acostarme a las cuatro de la madrugada haga que los lunes me supongan un auténtico suplicio de aquí a febrero. Quizás alguno pensará, ¿realmente merece la pena?. Rotundamente sí, al menos para un apasionado del toreo como me considero y más aún si trasnochar viendo toros me permite asistir a una jornada histórica no ya solo para la Monumental azteca, sino para todo el planeta taurino, a algo que ya ha marcado un auténtico hito en la tauromaquia, una fecha grabada en la memoria de los aficionados, la coronación De Diego ventura como, yo creo que ya nadie lo duda, el más grande toreros a caballo de todos los tiempos. Este domingo 11 de noviembre el torero hispano-luso - realmente creo que ya todos le consideramos español puesto que creció y se hizo rejoneador en Sevilla - ha entrado con letras de oro en la historia del toreo al indultar en La México a Fantasma, un toro de Enrique Fraga, ganadería mexicana de procedencia Domecq, que se ganó el honor de volver al campo con vida por su bravura, su nobleza, su galope alegre e incansable, con fijeza,  humillación y  duración, un precioso jabonero con unas magníficas hechuras al que Diego Ventura le realizó la que probablemente sea la mejor faena de su extensa y triunfal carrera, la obra cumbre de su vida, y que no hace sino poner la guinda a una temporada antológica de este figurón del toreo tras sus apoteosis en Madrid, primero en los sanisidros cortando cinco orejas y un rabo histórico y más tarde en Otoño con tres orejas en su encerrona en solitario ante seis toros que incluían dos de Miura, todo un reto.
Sí, mereció la pena estar despierto a esa horas de la madrugada para sentir lo que he sentido viendo torear al maestro Ventura, para que escalofríos de emoción recorrieran todo el cuerpo y erizaran el vello hasta llegar a derramar más de una lágrima de emoción por lo que estaba viendo y de gracias a Dios por darnos algo tan grande y bello como es el toreo. Lo mismo debieron pensar los casi cuarenta mil aficionados que ayer llenado el numerado de La Monumental y que dieron al general un magnifico aspecto, imponente y a la vez sobrecogedor, no debe ser fácil mantener el tipo con ese embudo repleto de público, una afición deseosa de ver una corrida que juntaba a Diego Ventura, Enrique Ponce y dos de las máximas figuras del toreo mexicano, Octavio García "El Payo"  y Luis David Adame, casi nada. Sin duda merecía la pena estar allí.
Una vez más se me hace muy difícil contar y describir sentimientos tan intensos como los de esta madrugada porque solo viéndolo es posible entender la locura, el delirio que envolvió a La México desde que ese Fantasma asomó por la puerta de toriles y empezó a perseguir las cabalgaduras del maestro Ventura con prontitud, galopando con alegría, con un celo y una fijeza inigualable, toro noble y bravo que no cedió ni un solo instante, de principio a fin, incansable, una y otra vez acudía a los cites de Diego Ventura. Desde que a lomos de Bombón lo esperó en la misma puerta de toriles para fijarlo y torear con la garrocha en una estampa bellísima cargada de aromas camperos y sabor a nuestro sur los olés acompañaron al maestro. Un rejón de castigo monumental, quebrando en la mismísima cara del toro ya puso en pie a unos tendidos que con sus olés hicieron temblar a la capital azteca. Sobre la arena un toro, Fantasma, y un caballo, Sueño, hicieron realidad la magia, surgió un embrujo, un hechizo que invadió a los interminables tendidos. Sueño se convirtió en una muleta a la que Fantasma persiguió con fijeza y codicia en un galope a dos pistas al hilo de las tablas con los pitones cosidos a la grupa del caballo abrochado con unos quiebros cambiando hacia dentro inverosímiles que pusieron patas arriba una afición que se dejaba las manos a aplaudir y gritar olés y más olés. Lo que hicieron Ventura y Sueño es toreo, auténtico toreo, templado, con una elegancia sublime y una emoción difícil de igualar, y así lo estaban sintiendo los cuarenta mil que estaban en la plaza y los miles que pudiéramos estar vibrando en casa a través de la televisión. Pero eso no era nada más que el prólogo de lo que estaba por llegar. Sueño se enfrentó al toro, comenzó a andar hacia atrás con torería y cuando Fantasma se arrancó hizo un recorte inverosímil en una baldosa para dejar a su caballero que colocara una banderilla antológica. Más y más locura, lo pelos como auténticos alfileres, indescriptible, emoción y belleza sin igual, arte supremo. Y salió Gitano, comenzó a bailar ante la cara de Fantasma, con sus piruetas llamó la atención del bravo toro que se arrancó sin dudarlo y en un doble quiebro permitió a Ventura colocar dos banderillas cambiadas al violín, algo apoteósico, increíble, había que verlo y frotarse los ojos para darse cuenta que era verdad. Otra vez plaza en pie, los olés haciendo temblar los cimientos de La México en cada suerte, en cada lance, en cada quiebro, en cada pirueta, en cada adorno, Insurgentes convertido en una caldera en ebullición. Quedaba Dólar, ¡Ay Dólar!, que preciosidad, sin la cabezada, guiado tan solo por las rodillas del maestro, las orejas tiesas, ¡qué maravilla!, encara a Fantasma, llega hasta la punta de los pitones, quiebra o recorta, ¡qué sé yo!, y Ventura pone un par de banderillas a dos manos de lo mejor que he visto en mi corta e ignorante vida como aficionado al rejoneo, gloria bendita, el maestro se lleva las manos a la cara, parece que ni él mismo se cree lo que hizo Dólar. La caldera subía  su punto de ebullición, cada vez más olés, las palmas rotas, todos en pie, al grito de "torero, torero", y Toronjo remató la faena con tres rosetas circulares con Fantasma cosido a su grupa, no paraba de embestir, infatigable, con la misma fijeza y codicia, no había perdido ni un gramo de bravura ni de fuerza. Y la caldera estalló cuando Ventura tomó el rejón de muerte, fue un clamor, un mar de pañuelos blancos poblaron los monstruosos tendidos de La México pidiendo el indulto para tan extraordinario toro. Les juro que en el momento que vi al juez de plaza con el pañuelo naranja en su mano no pude contener más la emoción y rompí a llorar yo solo, en mi sofá, frente a una televisión que me estaba haciendo soñar a miles de kilómetros. ¡Qué grande es el toreo! y que honor es a disfrutarlo, preciarlo, saborearlo, quererlo y respetarlo.
Pero lo que no podía imaginar es que aún no había acabado el torrente de sentimientos y emociones, ¡qué va!, aun me quedaba por ver al maestro Ventura echar pie a tierra, montar una muleta y ¡torear con una clase y un gusto supremo!. ¡Menudos trincherazos que le pegó a Fantasma!, ¡vaya molinetes!, ¡que redondos y naturales, ¿y los de pecho?, ¡sensacionales!. Y Fantasma que seguía embistiendo, pronto, humillando, repitiendo con fijeza, un toro bravo, bravo al que el maestro  llevó toreado hasta la puerta de toriles...y de allí al campo, mientras Diego Ventura daba una antológica, apoteósica, histórica vuelta al ruedo acompañado de Sueño y Dólar. Sin duda el más bello final para cualquier aficionado.
De verdad, les puedo asegurar que mereció la pena trasnochar.

Antonio Vallejo

P.D: Que me disculpe el maestro Ponce, que tan solo pudo lucirse en su primer toro con unas verónicas templadas y cadenciosas de saludo, rematadas con una media desmayada de mucho gusto, un quite por chicuelinas a manos bajas que levantaron los olés, un inicio de faena cargado de torería andándole al toro con una elegancia sublime, un par de trincherazos fuera de serie y un cambio de mano lentísimo que puso a los aficionados en pie. A partir d ahí compuso una faena larga, con altibajos, carente de ritmo porque el toro de Barralva carecía de emoción y transmisión, soso y deslucido, sin movilidad, al igual que toda la corrida, pobre de juego y comportamiento. Alternaron muletazos templados y con cierta profundidad con otros desligados, siempre a media altura porque de lo contratos, si le bajaba la mano, se derrumbaba. Hizo lo imposible el valenciano por lucirse, y sacó mucho más de lo que el toro tenía, lo intentó de todas las maneras posibles, pero en un conjunto deshilvanado en le que por ejemplo, surgiera como por arte de magia dos o tres naturales al final del trasteo lentísimos y con hondura, puro espejismo, y una porcina jalada por gran parte de los aficionados. Una estocada eficaz pero algo defectuosa de colocación valiera para cortar una oreja con polémica porque no parecía haber petición suficiente, al menos eso me pareció por televisión.
Que me disculpen también El Payo y Luis David, que tuvieron que vérselas con dos lotes sin opciones, parados, rajados, además de complicados y con peligro, que soltaban la cara, tanto que el séptimo (sí, la corrida fue de ocho toros, imaginénse las horitas a la que acabó) cogió al Payo por el muslo y tuvo que ser intervenido en la enfermería de la plaza. Ambos matadores mexicanos anduvieron por encima de sus lotes, ambos dieron la cara, se pusieron y expusieron, con verdad, llegando a sacar muletazos sueltos de enorme mérito, pero las escasas condiciones de sus toros no les permietiron más que el reconocimiento a su entrega y disposición.
Y que también me disculpe Diego Ventura por no resaltar el magnífico toreo en el  primero de la tarde mexicana, madrugada española, a lomos de Oro, Colombo Toronjo, ante un toro con escasa movilidad y que colaboró poco. Todo lo hizo Ventura, templar, llevar al toro, llegar hasta la cara para colocar los rejones y las banderillas en una faena plena de técnica y maestría, demostrando que es un figurón del toreo a caballo. De no haber fallado con el rejón de muerte casi seguro que hubiera cortado otra oreja.
Que me disculpen y perdonen todos, pero lo de este domingo 11 de noviembre tiene  nombre de toro, Fantasma, de caballos, Bombón, Sueño, Gitano y Dólar, y de un maestro para la historia, Diego Ventura.