lunes, 11 de febrero de 2019

Adiós, México, adiós


Adiós a una Temporada Grande que para mi ha sido apasionante, como cada año desde que tengo la oportunidad de seguirla en directo gracias a las retransmisiones de Canal Toros. Se acabaron las madrugadas de domingo en vela hasta altas horas de la madrugada, esta noche en concreto daban las cuatro cuando por fin finalizaba el último de los festejos, el de la Oreja de Oro, premio que se ha llevado el tlaxcalteca Sergio Flores con total merecimiento. Pero todas esa madrugadas venciendo la sueño, todos esos lunes fatigosos y cansados han merecido la pena solo por vivir y sentir del toreo a la manera que lo hacen en La México, con sus costumbres tales como arrancar cada paseíllo con un ¡olé! al unísono con las notas de “Cielo Andaluz”, o los homenajes y vueltas al ruedo multitudinarias y eternas, con sus gustos y manías, como el tercio de varas que para nuestro punto de vista es chocante e incluso escandaloso e incomprensible, único puyazo  la mayoría de las veces señalado o poco más, con ese toro “mexicano” tan peculiar de hechuras, más pequeño, mucho menos desarrollado de pitones comparando con lo que vemos en España, tantas veces excesivo dicho sea de paso, con ese embestir lento, lentísimo, al paso, que parece que se va a parar y que enloquece a la afición capitalina porque es cierto que encierra tremenda belleza. Matices y formas de entender el toreo opinables y con los que se puede estar más o menos de acuerdo, por supuesto, lo mismo opinarán ellos de nosotros. Pero hay algo que a mi me he enganchado desde que me asomé por vez primera a las retransmisiones de la Temporada Grande, la pasión con la que lo viven, de principio a fin, volcados, entregados a la Fiesta, disfrutando de cada detalle, respondiendo con olés rotundos a un lance, a un muletazo, a un adorno, da igual, en cuanto surge algo bello responden, buscan lo bueno en todo momento, desde los narradores, geniales y con una gracia especial en sus comentarios, hasta el último de los aficionados, ajenos a la crispación que tantas veces soportamos en algunas plazas, Madrid a la cabeza, en las que parece que se va a buscar el fallo más que a gozar de lo bello y lo bueno del toreo. Mucho he aprendido en estos años de desvelo taurino dominical y mucho he vibrado y me he emocionado en esas madrugadas que han merecido mucho la pena. En mi memoria quedará el indulto de Diego Ventura a Fantasma, el adiós de Juan José Padilla, la torería infinita de Antonio Ferrera, la firmeza y el valor de Sergio Flores, la madurez espléndida de Castella, el elegante y torero Pablo Hermoso de Mendoza, el temple de Joselito Adame, el huracán Roca Rey que arrasó La México, la verdad de Arturo Macías, Calita o Luis David Adame, pero por encima de todos un nombre, le consentido, el número uno, el para mi más grande, Enrique Ponce, que en sus dos comparecencias derramó arte, torería, valor, entrega, compromiso, responsabilidad en madrugadas mágicas que me hicieron soñar el toreo eterno e inmortal del valenciano. Muchos recuerdos que he querido compartir a lo largo de estos meses y recomendaría de todo corazón a cada uno de los que se adentran en este blog que también lo hicieran al toreo mexicano, estoy convencido que les iba a arrebatar, es muy enriquecedor, se lo aseguro.
Para echar el telón a esta Temporada Grande se programaba ayer una corrida con toros de dos hierros diferentes, Arturo Gilio y Cieneguillas, que fue dispar de presentación, algo lógico al ser ganaderías de distinta procedencia. La de Arturo Gilio lleva sangre Parladé y sus toros, primero, segundo y quinto de la lidia ordinaria, estuvieron muy bien presentados, cuajados, cornidelanteros, ofensivos, desarrollados de pitones, con una tipología similar al toro que acostumbramos en España. Por su parte los toros de Cieneguillas, tercero, cuarto y sexto, pertenecen al encaste Llaguno, el toro tipo mexicano, más corto, enmorrilado y  menos ofensivos, incluso uno, el sobrero que ssalió tras devolverse al primero, era claramente cornicorto y a mi juicio justo de trapío. Sin duda que me parecieron toros con mucha más presencia los de Gilio, pero todos tuvieron lo más importante, que todos anduvieron en tipo, volumen y defensas acordes a su sangre. Luego salieron dos toros más de regalo, séptimo de Gilio y octavo de San Mateo también correctos de presentación. Una corrida claramente mejorable en cuanto a juego, sobre todo viniendo de la borrachera de toreo que proporcionaron los toros de Montecristo y Los Encinos en las dos corridas del Aniversario. Toros mexicanos para una terna de mexicanos, la formada por Arturo Saldívar, Sergio Flores y Michelito Lagravere, quien confirmaba alternativa. Con estos mimbres me parece decepcionante el pobre aspecto de los tendidos, menos de un cuarto en el numerado y prácticamente desierto el general. Imagino que será la resaca tras la borrachera de toreo del Aniversario, no encuentro otra explicación para tan pobre entrada en el día del cierre.
No se puede decir que Michelito tuviera ayer suerte con su lote. El toro de su confirmación, de Gilio, era un jabonero precioso, de magníficas hechuras, cuajado, bajo y reunido, cornidelantero, muy ofensivo, fino de mazorcas y puntas, que salió con movilidad y humillando en las verónicas y chicuelinas de saludo, aunque de corto recorrido. Pero al entrar al peto del caballo parece romperse la mano derecha y queda descoordinado e inválido para la lidia, por lo que es devuelto. Hasta aquí algo normal, pero lo que vino después fue de traca. No exagero, ¡20 minutos de reloj para devolverlo a los corrales! Salían los mansos, hasta cuatro veces, rodeaban al toro, lo llevaban hasta la puerta de toriles y el de Gilio se daba la vuelta y no había quine le hiciera entrar. Se intentó abriendo la puerta de cuadrillas para meterlo en el callejón y que por ahí fuera hacia toriles, imposible, no había tu tía. Pasado ese tiempo impera la lógica y Arturo Saldívar, como director de lidia, solicita permiso para matar al toro y así acabar de una vez con el grotesco espectáculo. Previo a entrar a matar le pone la muleta ¡y que el toro se mueve, no se cae y embiste!, ¡manda narices!. Menos mal que no siguió por ahí y lo pasaportó rápido. Miro el reloj y son las 00:25 horas, y el paseíllo había arrancado a las 23:30 horas, ¡y en realidad aún no había saltado el primero!. El sobrero que hace de primero bis lleva la divisa de Cieneguilla, cornicorto y para mi justito de trapío, se frena en el capote, echa las manos por delante y se queda corto en el capote. Deslucido saludo que continúa la misma tónica en el caballo y banderillas, por donde pasa sin pena ni gloria, parado y además perdiendo las manos por falta de fuerzas. Sobra decir que en la muleta nada cambió. Sin fuerza, sin recorrido, suelta la cara, puntea las telas y a la mínima se  derrumba. Faena de pases inconexos sin sentido alguno que alarga en demasía Michelito. Para colmo se atasca con la espada y la cosa queda en un discreto y respetuosos silencio en el toro de su confirmación, para olvidar. Tiene que esperar el de la Mérida mexicana hasta el sexto para desquitarse del fiasco, pero el de Cieneguillas que le corresponde es un calco del anterior. Frenado en le capote, echando las manos por delante, para acabar de coronarlo pega una voltereta al clavar los pitones en la arena que le dejan aún peor. Ni cumple en el caballo, se derrumba al llegar al peto, ni en banderillas, teniendo que emplearse la cuadrilla con inmenso mimo a la hora de posar, más que clavar, los pares. Nada en la muleta, embiste al tran-tran, corto de recorrido, a media altura, soltando la cara, nula emoción. Michelito tan solo pudo poner ganas quedando inédito. Por tanto no es difícil entender que pidiera uno de regalo, lo mismo que había hecho Saldívar justo al finalizar el tercio de banderillas de este sexto. Así que dos toros más y a esas horas. Lo corresponde a Michelito el octavo, de San Mateo, muy bien hecho, acapachado, abrochado y serio, abanto de salida, sin fijeza, de embestida desconcertante, tan solo un par de verónicas y la media de remate tienen cierta enjundia. Por lo menos este segundo regalo nos dejó un sensacional puyazo de César Morales, agarrado arriba, parando perfectamente el arreón, midiendo el castigo a las mil maravillas, un grandísimo tercio de varas, emocinante y bello. Lo prueba Michelito a la salida del caballo, por chicuelinas un tanto embarulladas pero que gustan y levantan los olés,  pare rematar con una airosa serpentina. Toro con movilidad y pronto en la muleta, con buen tranco, con mucho que torear y con buen fondo, mete bien la cara por el pitón derecho, el único, por el izquierdo no pasa, corta y busca. Series de derechazos a mi modo de ver faltas de reposo, un tanto aceleradas, con mucho movimiento de pies, dando la sensación de ir algo pasado de revoluciones. Le saca tandas de derechazos que liga bajando la mano, seguidas con olés por los aficionados, pero creo que ese toro hubiera lucido mucho más en unas manos más expertas que hubieran aplicado temple, porque bravura y clase tenía. Sinceramente creo que no ha estado mal Michelito, teniendo en cuenta lo poco toreado que está según comentaban, pero me ha parecido superior el toro y se ha ido con las orejas puestas, un lástima.
El que hacía segundo, de Gilio, era un tío, muy serio, abierto de cara, cornidelantero, muy ofensivo. Toro abanto de salida que suelta la cara, sin definir su embestida, deslucido en el capote que le ofrece Arturo Saldívar. La suerte de varas en este toro es un visto y no visto, ni le había dado tiempo al picador que guardaba puerta a asomarse al ruedo cuando el toro ya había llegado al caballo del picador de turno, le da un pinchacito que no llega ni a ser un puyazo señalado y ya está, a otra cosa mariposa, se cambia el tercio. En fin, así es México en algunas cosas, incomprensible para nosotros. El que sí sube la temperatura es el vibrante quite de Saldívar por gaoneras, revolera y brionesa de remate, precioso quite a un toro que se mueve con brío y emoción. Aprovecha esa cualidades el hidrocálido en tandas reunidas y sometidas por bajo por el pitón derecho, con largura y mucho temple, con buenos de pecho para cerrar las tandas y un cambio de mano de ensueño. Por el pitón izquierdo roba naturales con hondura y muy templados de enorme mérito porque por ese lado el toro es más bronco y complicado. Aguanta el hidrocálido los arreones y vuelve a torear en redondo muy templado, por ese pitón va de dulce, series limpias y profundas, olés y olés, con la mano baja, poderoso, sometiendo al toro que acaba rajándose ante el mando de Saldívar. Exprime las últimas embestidas de un toro ya rajado entre las rayas con unos circulares invertidos emocionantísimos que pone en pie a La México. Mata de una certera estocada arriba que vale una oreja merecida para una faena con emoción y muy bien estructurada por el de Aguascalientes. El cuarto, de Cieneguilla, está muy en tipo Llaguno, vuelto de pitones, alto y fino de cabos. Toro muy deslucido en el capote, suelto, sin humillar, que sin embargo en varas cumple aceptablemente metiendo la cara abajo, pero que en banderillas vuelve al tono gris. No mejora en la muleta, gazapón, embiste al paso, la cara a media altura, intenta puntear los vuelos, sin recorrido ni ritmo. Muy deslucido por ambos pitones si bien Saldívar pudo instrumentar algunos naturales sueltos con cierta hondura, pero a todo el trasteo le falta continuidad y transmisión por la sosería y falta de empuje del toro. Por encima Saldívar, siempre poniéndole la muleta en la cara, llevándolo templado, pero el conjunto no llega a calar en los aficionados por la sosería del animal. Así se entiende que el de Aguascalientes pidiera uno de regalo durante la lidia del sexto como conté antes. Ese de regalo saltó en séptimo turno, de Arturo Gilio, playero y abrochado de pitones, de nombre Regalito. Vamos, que parecía hecho a propósito. Lo malo es que el toro fue eso, un regalito envenenado para Saldívar. Se frena en le capote, echa las manos por delante, se acuesta por le pitón izquierdo, muy deslucido. Empuja con cierta codicia en varas pero en banderillas se muestra como es, tardo, parado y cortando, muy pobre juego. Sin gracia en la muleta, sin recorrido, sin clase, tardo, lo intenta llevar toreado el hidrocálido con cierta calidad a base de técnica y temple, pero la faena no toma vuelo, carece de ritmo, continuidad y transmisión por lo que decide abreviar con magnífico criterio, al menos yo se lo agradecí, las 3.30 horas y aún quedaba el de regalo para Michelito.
Sergio Flores llegaba avalado por su rotunda puerta grande lograda cinco días antes. El primero de su lote fue el que menos me gustó de hechuras en toda la corrida. Para mi gusto un toro de Cieneguillas algo justito de pitones, basto, bajo y pasado de kilos al que el tlaxcalteca recibió por mecidas verónicas, templadas, metiendo los riñones y echando la pierna adelante para rematar con una media preciosa. Basa la faena por el pitón derecho, redondos templados alargando el viaje, tirando del toro con suavidad, haciéndolo todo a favor del animal en series templadas y acopladas pero en las que falta un puntito de emoción por la embestida sosa del de Cieneguillas. Por el pitón izquierdo compone naturales limpios y con cierta largura pero al conjunto le falta ligazón y línea argumental, algo deslavazado porque el toro se siente podido y solo responde al primer y segundo muletazo, al tercero se para y mira. Muy firme, poderoso y técnico Sergio, por encima de su enemigo al que pasaporta de una entera arriba que lo manda al desolladero. Le quedaba el quinto para cumplir con su tradición de oreja por actuación en La México. Un toro de Arturo Gilio que para mi fue el de más imponente presencia de toda la corrida, un auténtico tío. Se frena en los primero scapotazos, toma un par de verónicas pero sale suelto, sin entrega. Flores le ecah el capote al suelo y lo lleva andándole hacia atrás con mimo, enseñándole a embestir, con inmensa técnica y calidad. Para calidad y clase la de Gustavo campos que compuso una auténtica obra de arte en dos pares de poder a poder, asomándose la balcón, perfectos de reunión y colocación para salir andando del encuentro con torería suprema, ¡qué grandísimo torero de plata!, al que ojalá veamos esta temporada en España. No sé si en México se estila dar premios como en España, pero si así es seguro que se llevaba el de mejor par de banderillas en la Temporada Grande. Vibrante arranque de faena, las zapatillas clavadas en los medios, un cambiado por la espalda, estatuarios, un trincherazo monumental y uno de pecho descomunal, todo ello entre olés desaforados. Muy bien Flores, encajado, metiendo los riñones, muy templado, lo lleva en redondos bajos y largos, adornándose con una arrucina y un farol que pone en pie a la plaza. Rotundas las tandas que nacen por el pitón izquierdo, naturales con hondura y clase, arrastrando la muleta, para cerrar con un cambiado y un circular invertido que hila con el de pecho de pitón a rabo que componen un homenaje al toreo pleno. Firme, poderoso y torero Flores por ambos pitones, faena de mucha altura a un toro bravo, noble y enclasado que transmitió y llegó a unos aficionados entregados y ya con los pañuelos en la mano deseosos de agitarlos al viento pidiendo orejas. Las postrimerías de la faena en el tercio destilan torería pura, trincherillas y pases por ambos pitones muy ceñidos a la cintura, ligados en una palmo, con enorme emoción. Un pinchazo y una entera trasera son suficientes para hacer doblar a este gran toro que vende cara su muerte haciendo gala de su casta y bravura. Oreja de mucho peso que además le sirve al tlaxcalteca para recibir con total merecimiento el premio de la Oreja de Oro que pone fin a una Temporada Grande que creo que ha tenido un altísimo nivel.
Adiós, México, adiós. Hasta la próxima.


Antonio Vallejo

sábado, 9 de febrero de 2019

Histórico y triunfal Aniversario


Tarde histórica la del 5 de febrero de 2019, una tarde que no olvidarán los aficionados mexicanos, como tampoco creo que olvidemos esa madrugada española los aficionados  que vimos y vivimos con intensidad la corrida del Aniversario a través de la televisión. Una tarde allá y una madrugada acá para sentir el toreo en plenitud, para gozar con la inmensa grandeza de un Arte capaz de emocionar y apasionar como ninguno. Una corrida completa, una corrida antológica en todos los aspectos, dicen que la mejor de Aniversario en toda la historia, y van ya unos cuantos años que La México conmemora el aniversario de su apertura, concretamente 73 desde aquel lejano 5 de febrero de 1946. Una corrida en la que la conjunción del triángulo mágico de la tauromaquia que forman toro, torero y afición fue, sencillamente, perfecta. Y así es fácil entender que el resultado final solo pueda ser uno: el triunfo de la Fiesta plena, tal como sucedió este martes 5 de febrero.
Una corrida de Los Encinos, ganadería mexicana de primerísimo nivel propiedad de D. Eduardo Martínez Urquidi formada en el año 1990 a partir del encaste Llaguno mezclado con sangre santacolomeña, que me atrevería a calificar de extraordinaria por muchos motivos, empezando por su presentación, magnífica, ocho toros de muy buenas hechuras, armónicos, proporcionados, serios, con trapío y, lo que me parece lo más importante y lo fundamental a la hora de analizar la presencia de los toros, todos en tipo, lo mejor que se puede decir de un toro. Si un toro responde a las características morfológicas propias de su encaste, su peso, su volumen, su encornadura, tiene más posibilidades de embestir, mientras que si se le saca de tipo, ya sabemos lo que pasa, tantas y tantas tardes lo hemos sufrido, marmolillos cargados de kilos y  cornamentas descomunales que resultan imposibles para la lidia. Un diez al trabajo del ganadero, inmejorable la selección de los ejemplares que llevó a La México. Y un detalle muy curioso y peculiar, el nombre de los seis toros elegidos para los matadores de a pie. Atentos: García Márquez el segundo, Ortega y Gasset el tercero, Vargas Llosa el cuarto, García Lorca el sexto, Wolff el séptimo y Savater el octavo, todos ellos nombres de célebres pensadores y escritores, todos ellos grandes taurinos, firmes defensores y difusores de la Fiesta, un guiño a la literatura y la filosofía, a la cultura en definitiva, que eso es la Tauromaquia, cultura y arte. Pero la cosa no quedó en sus preciosas láminas, ni mucho menos. No era solo fachada lo que tenían los toros de Los Encinos, llevaban un fondo y un juego que durante las algo más de cuatro horas que duró la corrida mantuvo siempre viva la llama de la emoción. Unos fueron más bravos, otros más nobles y enclasados, otros exigentes y complicados, pidiendo el carnet que suele decirse, incluso uno fue un manso pero con  movilidad y emoción, pero a excepción del último todos transmitieron y llegaron a los tendidos y tuvieron fondo de raza y casta. También hay que decirlo, que para lograr esa transmisión y emoción mucho tuvieron que ver los cuatro maestros acartelados para esta corrida de Aniversario. Nada más y nada menos que Pablo Hermoso de Mendoza, Enrique Ponce, Sergio Flores y Luis David Adame,Luis David en los carteles, que desplegaron toda su técnica, todo su conocimiento, todo su saber, todo su arte y también todo su valor para aprovechar el fondo de cada toro a la perfección. Si a ello sumamos a una afición que acudió en masa a La Monumental, que abarrotó el numerado y registró una muy buena entrada en el general, con ganas de disfrutar del toreo, de cada detalle, de cada lance, de cada suerte, de cada pase, no es difícil imaginar que el resultado final fuera el que a la postre fue, con Enrique Ponce, Sergio Flores, Luis David y D. Eduardo Martínez saliendo a hombros por la puerta grande de Insurgentes.
Si Pablo Hermoso de Mendoza no salió a hombros fue única y exclusivamente debido a la mala suerte con el rejón de muerte, porque dio una lección de toreo a caballo, de doma, de conocimiento de los terrenos, de elegancia y de torería. Rejoneo de altura, basado en la pureza y la verdad, rejoneo ortodoxo y clásico, ejecutado con naturalidad y una facilidad pasmosa solo al alcance de grandes figuras como es el navarro. El primero de su lote era un toro de muy buenas hechuras, largo, con volumen, proporcionado, muy serio, con trapío. Lo para y encela en la grupa con maestría y temple, el de Los Encinos tiene nobleza y fijeza, persigue al caballo con codicia, Pablo Hermoso lo lleva auténticamente toreado y coloca un rejón de castigo extraordinario dejando llegar los pitones del toro a centímetros de su caballo. En banderillas Pablo Hermoso derrocha elegancia y pureza, lleva cosido al toro al costado del caballo, recorre el anillo templando la embestida como si manejara la muleta, recortes hacia dentro entre olés clamorosos, para dejar los palos dándole el pecho, llegando hasta la misma cara, quebrando con limpieza, con verdad, de poder a poder. Hasta cuatro banderillas dejó cada cual mejor, sin salirse de la suerte, toreo a caballo puro, pero sin renunciar a piruetas y adornos al salir del encuentro con el toro, todo entre olés y más olés de unos aficionados  rendidos a la lección de temple y torería de Pablo Hermoso de Mendoza, figura de leyenda. Tres banderillas cortas que deja perfectamente reunidas en lo alto circulando alrededor del toro y el adorno final haciendo el teléfono ponen en pie a unos aficionados rendidos a la maestría del navarro. Lástima que el medio rejón de muerte que dejó a la primera fuera insuficiente para hacer doblar al de Los Encinos y que se atascara con el descabello, porque una oreja, si no dos, habría ido a sus manos. Pero no pudo ser y los aficionados le tributaron una cariñosa y sonora ovación en reconocimiento a una faena templada e inteligente, propia de la figura que es Pablo Hermoso, que era de premio. Como también despidieron con ovación el arrastre del bueno y noble toro de Los Encinos, demostrando que la alegría y las ganas de disfrutar no van reñidas con la justicia, la seriedad y el saber. El quinto fue otro gran toro, un cárdeno de magníficas hechuras, muy serio, abierto de cara, con clase, humillaba y perseguía la cabalgadura con celo. Igual que ante el primero Hermoso desplegó sobre el ruedo un toreo a caballo de gran altura, todo ejecutado con pureza, templando y llevando al toro con una facilidad y una naturalidad exquisita, cosido a la grupa, dejando tanto el rejón de castigo como las banderillas con verdad, quebrando en la cara. Impecable lidia, dominador de los terrenos, alargando o acortando las distancias según pedía el toro, emoción a raudales al torear envolviendo al de Los Encinos con el cuerpo del caballo, para después enfrentar ambas caras, la del toro y la de su caballo, en una estampa preciosa y emocionante que pone a La México en pie. Remata la faena con banderillas cortas reunidas y un par a dos manos pasando por dentro que desatan la locura en los aficionados que le gritan “torero, torero”. Un rejonazo de muerte arriba que pasaporta al toro a la primera vale una oreja, corto premio a mi modo de ver no solo por esta faena clásica, elegante y de verdad sino también por la realizada ante el primero. Una pena porque hubiera sido la guinda del pastel si Pablo Hermoso de Mendoza hubiera salido también a hombros junto a los otros tres matadores. En mi opinión lo merecía, más aún teniendo en cuenta, como luego comentaré, el rasero aplicado a Luis David en el cuarto. Por cierto, toro premiado con arrastre lento, lo que dice a las claras la calidad del de Los Encinos.
Con Enrique Ponce hace ya mucho que se me han agotado los calificativos. Más allá de mi admiración, auténtica devoción por el que he repetido, repito y repetiré mil veces que me parece el más grande de todos los tiempos, es que los hechos lo demuestran una y otra vez. El martes fue la última, o como digo siempre, la penúltima, porque visto lo visto esta temporada va a volver a ser magistral. Y le quedan muchas, solo hay que verle como se mantiene, fino como un novillero pero con el reposo y la seguridad que da la madurez. El resto es innato, su elegancia, su clase, su temple, su torería, todo. Si a eso le sumamos su profesionalidad, su honradez, su dignidad y su entrega al toro y a los aficionados de todas las plazas del mundo el resultado solo puede ser el que es, un figurón del toreo que transciende al tiempo y las épocas, un maestro de leyenda único e irrepetible. Saltó el segundo, García Márquez, muy en tipo no solo al encaste Llaguno, un toro muy mexicano, vuelto de pitones, serio y proporcionado, al que Ponce saluda a la verónica, templado, jugando las muñecas con suavidad, conduciendo las primeras embestidas un tanto inciertas y cortas de recorrido con maestría, enseñándole a embestir, para rematar con una media preciosa que arranca un olé profundo que estremece. Lo lleva Ponce al caballo andándole hacia atrás, con el capote abajo, todo despacio, todo con gusto, sutileza, torería. Mete bien la cara en el peto el de Los Encinos, bueno el puyazo, y a la salida nos deleita el valenciano con un quite por delantales templados a pies juntos y una media desmayada con su sello personal de inmenso sabor. Inicia la faena por bajo, con elegancia, muy suave, con largura, mostrándole al toro el camino, y este obedece, y mete la cara. Rápidamente le coge la distancia por el pitón derecho, tanda templada, relajado, desmayando la figura en esa manera tan particular de Ponce, enroscándose al toro, redondos bellísimos ligados en el sitio, gusto y clase en cada pase para rematar con uno de pecho de pitón a rabo. Toro noble, con ritmo y enorme calidad este segundo al que le receta un molinete espléndido para quedar perfectamente perfilado e iniciar el toreo al natural. Por el pitón izquierdo el de Los Encinos va noble pero un tanto justo de recorrido, pero Ponce lo torea como los ángeles, naturales a cámara lenta, alargando de manera mágica la aparente cortedad del viaje del toro, ¡como se acopla el maestro a la embestida!, naturales de ensueño, la mano baja, desmayada, citando con un suave movimiento de muñeca que hace bailar la tela por su envés y así ligar naturales hondos, muy lentos, muy largos, eternos, rematados con pases de pecho sublimes, de pitón a rabo, magistral Ponce, eterno. ¡Y cómo le administra las pausas para darle aire!. Otra tanda más en redondo, excelencia pura, profundidad, largura y ligazón arrastrando la muleta mientras La México acompañaba con olés rotundos a su consentido que dio una nueva lección magistral de tauromaquia a un toro bravo y noble pero no fácil, un toro importante, con mucho que torear, al que había que hacerle las cosas muy bien porque tendía a ir hacia dentro, pero al que el maestro Ponce, el mayor sanador y rehabilitador de toros de la historia, le ha sacado hasta la última gota de raza que llevaba en su ser. Final apoteósico con poncinas y cambios de mano divinos enroscándose al toro a su cintura, con la figura desmayada, abandonado, alboroto, delirio en unos tendidos rendidos al más grande. Adornos finales por bajo, trincherillas supremas antes de perfilarse para matar y enterrar una casi entera arriba volcándose sobre el  morrillo que fulmina al de Los Encinos como si en ello le fuera la vida entera, como si de esa estocada dependiera toda una temporada, como si tuviera que ganarse los contratos. Dos orejas sin discusión alguna, dos orejas y puerta grande asegurada que premian la técnica y la estética de una faena plena, redonda, magistral, como Enrique, maestro de maestros. Y García Márquez recibió el premio del ararstre lento por su comportamiento noble y bravo. Le restaba por lidiar al sexto, García Lorca, un ejemplar serio, ligeramente acapachado pero bien rematado por delante, abierto de cara, buenas hechuras, que sale abanto, sin fijeza, echando las manos por delante y sin humillar. Frío y deslucido en el capote y un manso declarado en el caballo, huyendo del peto nada más sentir la puya. Sin duda lo mejor de este primer tercio es una larga a una mano con la que Ponce lo deja colocado para entrar al caballo y unas chicuelinas a manos bajas sublimes, repletas de aromas a toreo caro. Nada hacía presagiar lo que iba a venir a la vista de la mansedumbre del toro. ¿Nadie?, no, en absoluto, solo Enrique lo vio, sabía lo que había que hacerle a ese toro y allá que se fue a brindarlo al público, lo tenía claro, cristalino, solo así se entiende que brindara al público. Primeros compases junto a las tablas, genuflexo, metiéndole la muleta abajo para someterlo, tapándole la cara y recogiéndolo en la muleta para que no encuentre huida para ir llevándolo a los medios y en esos terrenos instrumentar unos redondos y uno de pecho mágicos. Hilvana una tanda en redondo que parecía impensable, magia pura, poniéndole la muleta en la cara, sin quitársela, enorme Ponce, ligando por bajo, con temple. La México se rompe en olés ante una nueva, la enésima, lecció magistral de lo que es torear y poder a cualquier toro. Dos molinetes seguidos y otra tanda por es epitón derecho llevándolo muy tapado y toreado para evitar la tendencia a salirse del muletazo y a rajarse, ¡brutal Ponce!. Por el pitón izquierdo sca naturales con temple exquisito, adaptándose a la altura y el ritmo que le pide el de Los Encinos, ligados en el sitio, por bajo, una auténtica maravilla su capacidad y su poderío. De nuevo toma la muleta con la diestra y compone otra tanda en redondo con desmayo, acompañando el viaje con la cintura, robando cada pase como si fuera el último, como si de ello dependiera estar en Valencia, o en Sevilla, o en Madrid, o en Bilbao,  o en Málaga, o en Zaragoza, como si fuera un novillero que tiene que ganarse los contratos, esa es la grandeza de Ponce, más allá de su supremacía torera, que ante cualquier toro, en cualquier plaza y ante cualquier afición se  entrega hasta la extenuación, sin necesidad de numeritos y anuncios un día al año. Algún día muchos reconocerán la infinita dimensión de Enrique Ponce ante toros como el del martes, porque lo que hizo es muy difícil, un enorme esfuerzo para dominar las embestidas cambiantes y descompuestas de un manso que en la mayoría de las muletas se hubiera ido al desolladero con dos o tres mantazos mal dados. Pero Ponce no, él supo generar emoción de la nada y crear arte para acabar al abrigo de las tablas con circulares y cambios de mano sublimes que ponen patas arriba al embudo de Insurgentes entre un clamor de  “torero, torero”. Indescriptible la emoción y la pasión con la que los aficionados mexicanos acompañaron la importante faena del valenciano. Los trofeos se esfuman tras dos pinchazos, pero el arte queda ahí, indeleble, y también la verdad, el poderío, el compromiso, la dignidad y la torería inagotable del número 1 de todos los tiempos. Se me puso la piel de gallina al ver por televisión la apoteósica vuelta al ruedo entre gritos y gritos de “torero, torero”, lo que vale más que todas las orejas juntas. Gran Ponce y grande la afición, así se hacen las cosas, sabiendo valorar a un maestro de época. Una vez más Enrique Ponce, y quedan muchas por disfrutar, solo hay que verle en lo físico, igual que cuando tomó la alternativa hace ya casi tres décadas, y en lo mental. Gracias una vez más, gracias siempre, gracias maestro Ponce por tanta torería y tanta responsabilidad que dignifica y engrandece la Fiesta.
El tlaxcalteca Sergio Flores comparecía de nuevo en Insurgentes tras su buena actuación el pasado 3 de diciembre al cuajar un toro de Xajay al que cortó una oreja de peso y avalado por su rotundo triunfo de la pasada Temporada Grande en la que resultó absoluto triunfador. Una de las máximas figuras del toreo mexicano que se puede decir que cuenta sus actuaciones en Insurgentes por orejas, es raro que se vaya de vacío, un caso parecido al de Juan del Álamo en Madrid, 25 comparecencias y 24 orejas. Recuerdo sus primeras siete u ocho corridas en las que cortaba una oreja cada día, a punto estaba de abrir la Puerta Grande pero se le resistía, una tarde tras otra hasta que llegó aquel 8 de junio de 2017 ante toros de Alcurrucén en la  que por fin vio su sueño cumplido. Ambos toreros parecen estar hechos a la medida de una plaza, Las Ventas y La México y despiertan el máximo interés de la afición, y además responden. Haciendo honor a su bagaje, Sergio Flores cumplió este martes con las expectativas y cortó dos orejas de ley, una a cada ejemplar de su lote, para salir a hombros una vez más. Al tercero, Ortega y Gasset, un cárdeno largo, de magníficas hechuras, muy serio, ofensivo, vuelto de pitones, impresionante trapío, lo recibe Sergio Flores por verónicas, templadas y acompasadas. El toro echa las manos por delante y puntea los vuelos, Flores le da distancia y echa el capote abajo para corregirle el defecto, sensacional lidia, llevándolo hacia el caballo con suavidad y siempre por bajo para dejarlo colocado con personal recorte que impregna de torería  todo el ruedo.Derriba aparatosamente en la primera entrada y se emplea en el peto en un buen segundo puyazo para salir con alegría del encuentro, lo que aprovecha el tlaxcalteca para emocionarnos con un quite por caleserinas vibrante que remata con una larga a una mano con desmayo que rezuma aromas y sabor a más torería, todo entre los olés de unos aficionados totalmente entregados a todo lo que estaban viendo. El tercio de banderillas protagonizado por Gustavo Campos no es más que la continuación de la magnífica corrida que hasta el  momento estaba discurriendo. Soberbio el gran suabalterno capitalino, reuniendo en la cara, clavando con pureza y verdad para salir de la suerte andando con torería suprema. Toda la plaza en pie ovacionando a Campos que se ve obligado a responder desmonterado desde el tercio. Muletazos de tanteo de Flores al hilo de las tablas, primero por estatuarios, posteriormente con suavidad probando la altura, la distancia y el recorrido del toro que a primeras es un poco tardo y al que hay que perderle pasos para ligar las series. Excelente el mexicano adelantando la muleta, tirando del de Los Encinos con suavidad para acabar componiendo una buena tanda por el pitón derecho, redondos con largura y la mano baja en la que el toro humilla y repite con clase para rematar con uno bueno de pecho. Por el pitón izquierdo muestra menos claridad en la embestida, se queda corto, se revuelve y suelta la cara con peligro, más Flores no pierde el sitio y trata de conducirlo muy tapado y por bajo, pero la tanda resulta deslucida. Está claro que el pitón bueno era el derecho, y allí planteó lo que restaba de faena. Tandas de derechazos con profundidad, por abajo, el toro humilla y va bien, lo lleva muy enganchado a la muleta, bajándole la mano, aprovechando la inercia del buen  tranco del animal para ligar los muletazos con clase y gusto. Muy firme y seguro Sergio Flores ante este toro con clase pero no fácil, al que había que hacerle todo muy bien ya que no permitía el mínimo error. Las infartantes manoletinas finales, ajustadísimas, jugándose la vida y un estoconazo fulminante que pasaporta sin puntilla al buen toro permiten a Flores pasear una oreja de ley ganada a base de firmeza y torería. El séptimo, Wolff, aparece desafiante por la puerta de toriles, abierto de cara, veleto, humilla en el capote de Sergio Flores aunque echa las manos por delante, muestra cierta blandura y se queda corto de recorrido. Esa blandura también resulta Parente en el caballo, pierde las manos al entrar al peto en un único puyazo tan solo señalado. No se entrega en los muletazos de tanteo con los que el tlaxcalteca prueba la ditancia y la altura, en una primera tanda en redondo algo sosa y deslucida por las condiciones del toro. Mejora en la segunda tanda por ese pitón derecho, templada, redondos largos y más reunidos, la mano baja, empiezan a escucharse algunos olés. Lo prueba por el pitón izquierdo, buenos naturales con hondura y largura, de mucho valor porque no es un toro fácil, hay que llevarlo muy toreado, como hace Flores, echándole la muleta adelante, muy tapado, con enorme paciencia y técnica, obligándole a cada pase, sometiéndole por bajo, poco a poco, consintiéndole y aguantándole mucho para acabar toreando a placer en redondo, muy despacio, gustándose, arrastrando la muleta, largo, bellísima la arrucina, luego un cambiado por la espalda, más redondos envolviendo al toro, la faena toma vuelo y el público responde con la misma entrega con la que llevaba toda la tarde, olés profundos que se transforman en locura colectiva con una última tanda con la que flores arma un auténtico lío. En una baldosa instrumenta un farol, un cambiado por la espalda y uno de desdén maravilloso, y luego ayudados por alto, y otro de desdén, y trincherillas, para abrochar el recital con uno de pecho de pitón a rabo. Se perfila para matar sabedor de tener en su mano la llave de la puerta grande hacia la gloria y deja un estoconazo monumental echándose sobre el morrillo. Oreja de muchísimo peso en premio a una grandísima faena basada en la técnica, el mando y el poderío, pero también nacida del valor y  la inspiración por la desconcertante embestida inicial de Woff, un toro que si bien fue bravo y acabó rompiendo a noble y con clase lo hizo porque Flores le pudo, algo nada fácil.
Luis David Adame llegaba a La México tras la apoteosis de su hermano Joselito el día anterior, enorme responsabilidad, más aún cuando le tocó salir ante el cuarto y ya había visto a sus compañeros de cartel desplegar un grandísimo toreo sobre la arena de Insurgentes. Recibe al cuarto, Vargas Llosa, un ejemplar entipado como toda la corrida, proporcionado, fino de cabos, astifino, agradable de cara pero serio, con lances a pies juntos bajando las manos para hilvanar un variado, vibrante y vistoso saludo capotero por caleserinas, gaonera y revolera de remate que encuentro enorme eco en los tendidos. El galleo por chicuelinas con el que lleva al toro hacia el caballo del picador destila elegancia y gusto, tanto como el quite por chicuelinas  a manos bajas con el que lo prueba a la salida del único puyazo en el que el de Los Encinos no se empleó en demasía. Inicia la faena de muleta clavado en los medios, citando en largo, le cuesta arrancar y el hidrocálido tiene que acortar las distancias hacia la segunda raya. En esos terrenos el toro responde, se arranca con buen tranco y Luis David deja un cambiado por la espalda  para quedarse perfectamente colocado para torear en redondo sin demasiado lucimiento en esos primeros compases puesto que el toro no se entrega y muestra un embestir un tanto descompuesto, pasa por su movilidad, va y viene pero sin entrega ni mostrar excesiva clase, corto de recorrido y la carita alta. Pero Luis David aplica dosis de temple y roba un par de redondos lentos de mucha calidad. Por el pitón izquierdo tampoco humilla, pasa y se desentiende a la salida, suelta la cara, deslucido, sin emoción ni transmisión ante los intentos de Luis David por ponerle muleta y llevarlo toreado. Lo intentó todo y de todas las maneras, arrucina, circulares, lo que fuera para sacar algo lucido, apretando al toro, más no se le pudo pedir, máxima entrega y compromiso, jugándosela a cara de perro como en unas bernardinas ajustadísimas  en las que es volteado aparentemente sin cornada, aunque posteriormente supimos que llevaba una cornada interna en su muslo izquierdo. Se recompone y vuelve a la cara del toro envalentonado con más bernardinas que levantan  admiración y pasión con olés de reconocimiento a su valor y disposición. Se tira a matar como una fiera y hunde la espada hasta la empuñadura entre gritos de “torero, torero”. El Juez de plaza le concede dos orejas, la segunda bastante protestada y a mi juicio excesiva, posiblemente mediatizada por la cogida y el arreón final. Pero repito lo de siempre, que si hay que pecar prefiero que sea en exceso, y al fin y al cabo se la jugó ante un complicado toro, demostró valor y técnica para tratar de someterlo y lo pasaportó de una estocada que por sí sola valía una oreja, puede interpretarse también así y no sería tan descabellado. Pero repito, creo que una oreja era el premio justo en mi opinión. A la muerte de este cuarto pasó a la enfermería donde se le colocó un vendaje compresivo en su muslo izquierdo con el que salió a torear mermado de facultades al octavo, Savater, un toro de magníficas hechuras, cornipaso, abierto de cara y astifino, dos puñales, pero de escasa cualidades, corto en el capote, blandea y pierde las manos sin prestarse al lucimiento en el recibo de capa. Curro Campos agarra un muy buen puyazo arriba, delantero, en el que el toro empuja con un solo pitón. Muy de agradecer a Luis David su pundonor y vergüenza torera al salir a matar a este octavo en las condiciones físicas que lo hizo, más aún cuando se emplea en un precioso quite por delantales garbosos y una media de auténtico lujo acompañado con los olés de los aficionados. En banderillas Fernando García hijo colocó dos sensacionales pares de poder a poder, asomándose al balcón, saliendo con torería del encuentro, por lo que tuvo que saludar desmonterado ante la atronadora ovación de un público deseoso de triunfo. Pero las esperanzas se vinieron abajo en la muleta. El toro no empuja, no humilla, se queda corto, suelta la cara, repone por ambos pitones, imposible. De nada valen los estatuarios iniciales con los que Luis David prologa el trasteo, ni los intentos por ponerle la muleta en la cara y bajarle la mano, el de Los Encinos se revuelve y busca con peligro. Luis David no tuvo más opción que hacer lo que hizo, macheteo por bajo y matar con prontitud, algo que personalmente le agradecí porque ya eran las cuatro menos veinticinco de la madrugada, y no eran horas para prolongar algo imposible a todas luces.
Y así se cerró un Aniversario triunfal con dos corridas en las que el toreo rayó a una altura superlativa, dos corridas en las que los sueños del toreo se hicieron realidad, dos corridas para reafirmar ¡qué grande es la Fiesta!


Antonio Vallejo

martes, 5 de febrero de 2019

Maestría de Ventura, firmeza de Calita, inmenso Roca Rey y apoteosis de Joselito Adame en la primera de Aniversario


Mientras en España la nueva temporada va tomando forma, da sus primeros pasos y toma aire en este mes de febrero en el que la provincia de Madrid tira del tren del toreo de cara al mes de marzo en el que ya tomará velocidad de crucero y será imparable hasta finales de octubre, América consume los últimos meses de su temporada y se encamina hacia su ocaso con paso firme y muchas emociones en el recuerdo. Es en estas fechas cuando La México, la plaza más importante de América, celebra las que allí llaman corridas del Aniversario al cumplirse 73 años de aquella corrida con la que abrió sus puertas un 5 de febrero de 1946 con toros de San Mateo para Luis Castro “El Soldado”, Luis Procuna “El Berrendito de San Juan” y ese monstruo del toreo que fue el gran Manuel Rodríguez “Manolete” y que cortó la primera oreja en La Monumental azteca. Para conmemorar esta magna fecha la empresa Plaza México ha programado dos corridas mixtas de auténtico lujo y que, como he podido ver esta pasada madrugada a través de la retransmisión de Canal Toros, han gozado de una magnífica acogida por parte de la afición mexicana. Sensacional, espléndido el aspecto que ayer lunes 4 de febrero presentaron los tendidos de La México, prácticamente lleno el numerado y buena entrada en el general, para ver el primero de los carteles que conforman el aniversario , el compuesto por el rejoneador Diego Ventura frente a dos toros de El Vergel, noble y con clase el primero y un manso infumable el quinto, y los matadores Joselito Adame, Ernesto tapia “Calita” y Andrés Roca Rey que estoquearon toros de Montecristo bien presentados, serios, con trapío, aunque para mi el tercero estaba justito de cara, y variados de juego, bueno, enclasado y noble el segundo, bravo y con un pitón derecho extraordinario el tercero, complicado y exigente el cuarto, muy justo de fuerzas el sexto, deslucido el séptimo, bronco, áspero y con genio el octavo. Pero en conjunto creo que ha sido una corrida muy interesante, una gran corrida me atrevería a calificar, en la que se han visto muchas cosas, grandes detalles y, sobre todo,  cinco faenas de toreo de gran altura, aunque al final el triunfador numérico y quien tuvo el honor de salir a hombros del embudo de insurgentes fuera el hidrocálido Joselito Adame al desorejar al segundo y cortar otro apéndice con fuerte petición del segundo ante el sexto. Pero tanto Diego Ventura como Calita y Roca Rey nos han deleitado con su arte y torería.
Abrió plaza Diego Ventura que demostró por qué es el número uno del rejoneo actual y, si no el más, uno de los grandes de la historia. Tan solo tuvo opciones ante el primero, puesto que el quinto fue un manso de solemnidad al que bastante hizo con colocar los rejones de castigo, clavar banderillas cortas y largas siempre con pureza, dejándose ver y haciéndolo todo ante un toro que huía a tablas y matar con prontitud y certeza. Pero a ese primero de El Vergel que abría plaza le cuajó una faena de maestro conocedor de los terrenos y las suertes de este arte. Un toro que salió distraído, sin fijeza, al que Ventura le dio aire, le consintió en los primeros compases, le hizo creer que mandaba allí para poco a poco ir encelándolo en su cabalgadura como si fuera el capote, ofreciéndole el lomo, llevándolo cosido a la grupa a dos pistas en un vibrante y emocionante saludo para dejar dos certeros rejones de castigo que pronto desataron los olés de los tendidos. A partir de ahí el toro rompió a noble y enclasado, seguía con celo al caballo que toreaba como si se tratara de una muleta planchada que  el maestro le ponía en la cara y conducía embebida su embestida. Magistrales las banderillas con quiebros inverosímiles en la cara del toro, emocionantes los recortes por los adentros, auténticos trincherazos cargados de sabor, todo con enorme temple, todo con pureza y verdad, sin ventaja alguna. Maestro sobre el caballo y en todas partes, como demostró con un detalle que demuestra su categoría personal al ceder un quite, casi obligarle, al sobresaliente Jorge López. Dominador absoluto de todos los terrenos compuso una faena rebosante de técnica y estética coreada con constantes olés de unos tendidos rendidos al maestro que indultó a Fantasma en la corrida inagural de la Temporada Grande. Tres rosetas perfectamente reunidas ponían broche de oro a una faena que llevaba camino de una o dos oreja, pero el rejón de muerte se le resistió a Ventura y no fue hasta el tercer viaje cuando logró enterrarlo y pasaportar a ese primero. Se esfumaron los trofeos pero la tremenda ovación que recibió fue justo premio al sensacional rejoneo de este grandísimo maestro.
Joselito Adame cautivó a La México con una faena de auténtica figura ante el segundo, un toro muy serio, vuelto de pitones, de magníficas hechuras que de salida no apuntaba grandes cosas, echaba las manos por delante y parecía justo de fuerzas. Lo cuida en el capote, no le obliga, lo conduce con suavidad, andándole hacia atrás, enseñándole a embestir para finalmente echarle el capote abajo en un remate desmayado de enorme gusto que el de Montecristo tomó humillando con gran clase. No se emplea en el caballo, se duerme en el peto y no empuja, ni tampoco se entrega en un quite por chicuelinas al que le faltó ritmo, como en banderillas, tardo y parado, completando un terco que la cuadrilla resolvió con oficio y soltura pero sin brillantez. Ante las cualidades del toro inicia Joselito su faena a media altura, sin obligarle, tirando de técnica, y algunos impacientes comienzan a revolverse y se escuchan algunas críticas. Ya es sabido que a este torero se le mide con suma exigencia en esta plaza y se le mira al milímetro, pero pronto dejó claro que todo lo que staba haciendo tenía un sentido y un fin, aunque algunos no lo vieran. Poco a poc fue metiéndolo en la muleta, embarcándole en los vuelos, primero con dos naturales limpios y con hondura bajando la mano que hicieron vibrar a La México, luego con tandas en redondo majestuosas, templadas, bajando la mano, con largura y perfectamente ligadas, siempre en el sitio, toreo  muy lento y profundo hilvanado con otra tanda por el pitón izquierdo que puso en pie a los tendidos, naturales largos, con hondura, la mano muy baja, la muleta barriendo la arena, un par de cambios de mano eternos, La México rugiendo en olés, para rematar con uno de pecho de pitón a rabo y uno de desdén bellísimo. Insurgentes era una caldera que fue a más con un final en el cual el hidrocálido abrió el compás, encorvó la figura, enganchó adelante la embestida y la condujo con una largura infinita, con la mano  y baja y la tela a modo de alfombra, una auténtica locura. La manoletinas ajustadísimas pusieron colofón a una faena de auténtica figura que sacó todo el fondo de nobleza y clase que llevaba el de Montecristo, algo que no parecía fácil, pero que Adame conocía cuando lo brindó al público. Un estoconazo de antología al volapié pasaportó de manera fulminante a este segundo y las dos orejas cayeron sin discusión en sus manos para dar una vuelta al ruedo apoteósica. En el sexto tuvimos un dos por uno, dos versiones de un mismo torero, el Adame artista y el Adame valiente y arrojado. Un toro muy serio, alto, veleto, desafiante al que el Joselito artista recibió de capa acunando al toro, acompasadas verónicas, relajado, con gusto exquisito, levantando de sus asientos a cuantos poblaban el embudo de Insurgentes. Lo cuidó mucho en el caballo a la vista de la blandura del de Montecristo, un puyazo muy medido, tan solo señalado, y se desmelenó en un quite por zapopinas de inmensa intensidad y emoción, pero a pesar de todos los cuidados llegó muy justo de fuerzas a la muleta. Con enorme suavidad, acariciando las embestidas, cuidando la altura, dándole las pausas precisas, sin obligarle en demasía, poco a poco lo enceló en la muleta y cuajó series templadas repletas de gusto, por bajo, muy despacio, ni un tirón, todo mimo mientras duró el de Montecristo. Y cuando definitivamente se vino abajo cambió de registro y mutó al Joselito valiente acortando las distancias, en la cercanías y con los pitones a milímetros de la taleguilla montó la mundial y puso a La Monumental en estado de máxima ebullición al grito unánime de “torero, torero”. Lección de pundonor, entrega y compromiso de una gran figura del toreo que remató con unas luquecinas abandonando el estoque simulado que fueron la guinda del pastel. Supongo que el hecho de que la espada cayera ligeramente desprendida fue el motivo que indujo al Juez de Plaza a negar la segunda oreja que todo el público pidió con una fuerza descomunal. Otra oreja y otra vuelta al ruedo de locura total de la afición mexicana ante su torero. Triunfo rotundo de Adame, algo que se le negaba en la plaza capitalina y que ayer conquistó con una torería suprema.
Ernesto Tapia “Calita” lidió un tercero que a mi modo de ver venía justo de presencia, algo cornicorto y vuelto de pitones, que demostró su bravura ya en el capote al humillar y tomar con codicia los vuelos. Verónicas templadas y acompasadas que remata con una media de muy bella factura. Desde los primeros compases de la faena se vio la clase y la bravura del de Montecristo. Tomó la muleta Calita con la diestra sin más probaturas y le pegó un par de series por el pitón derecho de ensueño, con enorme temple, redondos profundos y largos, por bajo, con ligazón, una auténtica delicia, que remató con sensacionales de pecho. Los olés son rotundos, ¡cómo toreó Calita por ese pitón derecho!, arrastrando la muleta, la cintura rota, muy lento, y La México otra vez en pie. Por el pitón izquierdo la embestida no es tan clara, le cuesta más y suelta la cara, tanto que en un mínimo descuido para un cambio de mano le pega un volteretón del que sale sin consecuencias. Vuelve al magnífico pitón derecho por el que continúa toreando a placer, poniéndole la muleta en la cara, sin quitársela, y el toro sigue humillando, y sigue con codicia la tela, bravo toro, y Calita entregado, firme, toreando como los ángeles, y también demostrando su valor al aguantar en el final del trasteo un parón que parecía interminable sin enmendar ni un milímetro la figura. Se vuelca sobre el morrillo y deja una estocada entera que sin embargo no es suficiente para hacer doblar al bravo toro. Eso y el atasco con el estoque de cruceta le privaron al de Naucalpan de tocar pelo, pero se llevó otra grandísima ovación en reconocimiento a su toreo con empaque que tuvo que saberle a gloria.
Del peruano Andrés Roca Rey creo que queda poco por descubrir pero sí que mucho por contar, porque ayer demostró una vez más que está llamado a liderar el toreo en las próximas décadas. Era el cuarto un cárdeno serio, alto, veleto y astifino, un auténtico galán. Lo recibe Roca Rey con verónicas bellísimas, cargando la suerte, acompasadas, meciendo al toro, enganchando el viaje muy alante para jugarla cintura y alargar el lance con una naturalidad pasmosa para rematar con desmayo a una mano soltando la punta del capote. Al inicio de faena por estatuarios se muestra protestón en la muleta, suelta la cara, no se emplea, y si el limeño  mete la mano abajo y le obliga se viene abajo. Firme y seguro Roca Rey, poderoso, pero el de Montecristo no parece muy colaborador, aunque muletazo a muletazo le va sometiendo, como un natural lentísimo en el que parecía que iba a detenerse el tiempo, o un cambio de mano celestial. A partir de ahí el toro rompe por el pitón izquierdo, naturales hondos, templados y muy lentos, provocando la locura en los tendidos. Por el pitón derecho vemos la versión valerosa del limeño, aguantando parones y miradas, robándole los pases uno a uno a base de colocarse y ponerle la muleta en la cara, tremendo mando, enorme entrega. Pone en pie una vez más La México al cerrar al toro en tablas y en esos terrenos, en una baldosa, montar un lío de órdago pasándoselo por ambos pitones por lugares imposibles, auténticamente inverosímil que pudiera ir por donde no había espacio, pero Roca Rey rompe todas las leyes de la física con su toreo. Sin rectificar, pases en redondo y al natural cambiándose la muleta de mano sin enmendarse, trincherazos y otros de desdén mirando al tendido que pone patas arriba a los tendidos. Las bernardinas finales son de cortar la respiración, con mucha verdad, como toda su faena, una faena nacida de su imaginación y desarrollada en unos terrenos comprometidísimos en los que se maneja como pez en el agua. Pinchazo y espadazo fulminante valen una oreja de mucho peso y valor fruto de la capacidad técnica y lidiadora y el arrojo que este figurón del toreo atesora. La vuelta al ruedo, al igual que ocurrió con Joselito Adame, fue apoteósica, tiene conquistada La México, no hay duda.
En resumen, una apasionante madrugada de toros cargada de arte y valor, emoción y pasión que seguro tendrá continuidad esta misma noche con el encierro de Los Encinos para Pablo Hermoso de Mendoza, Enrique Ponce, el consentido de la afición mexicana, Sergio Flores y Luis David, que hará todo lo posible por seguir los pasos de su hermano mayor y salir a hombros. Otra madrugada para dormir poco y sentir el toreo.
¡Qué bonita y grande es esta bendita afición!


Antonio Vallejo