Petardo en toda regla de Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto, de los gordos, un desastre sin paliativos, infumable corrida, no se salva ni uno, no ha habido por donde cogerla. Dos devueltos al corral, segundo y cuarto, y tuvieron que ser más. Al menos el primero, otro que ni se tenía en pie y que incomprensiblemente se mantuvo en el ruedo, y el primer sobrero de José Vázquez que fue aún más inválido y malo que el que relevaba. Del resto, nada de nada, vacíos, con eso queda todo dicho. Y si faltaba algo para añadir, el tercero apuntillado tras escuchar Pablo Aguado los tres avisos. Así es imposible, como lo fue ayer. Pero en esta tarde de jueves en la que de nuevo se ha colgado el cartel de "no hay billetes" - Creo que esta fue una de las corridas que agotó el papel nada más salir a la venta las entradas, al reclamo de las figuras, José María Manzanares, Juan Ortega y Pablo Aguado - ha habido una diferencia muy notable con respecto a lo ocurrido ayer, el petardazo de Saltillo. Esa diferencia ha sido el ambiente infernal por parte del 7. Lo dije ayer, estuvieron muy callados, veríamos hoy lo que pasaba. No me equivocaba, son muy previsibles. Guardaban todas sus fuerzas para desplegarlas hoy. Y motivos han tenido para protestar, muchos, con toda la razón, pero también ayer, y callaron porque era uno de sus encastes y, claro, no lo aceptan. Pero hoy tenían donde descargar sus iras y, por qué no decirlo, unas cuantas fobias. Repito, hoy tenían toda la razón en protestar, pero la mala educación y las faltas de respeto les hace perder los argumentos, aún más comprobando su mansedumbre 24 horas antes. O siempre o nunca.
¿Qué pudo hacer Manzanares con su lote? Nada. El primero tuvo que ser devuelto porque desde el saludo capotero mostró que no se tenía en pie, perdiendo las manos de manera clara, y eso que el alicantino le recetó un ramillete de verónicas templadas, cadenciosas, con clase y empaque, con la elegancia que impregna su toreo, llenas de sabor. Ni un segundo tardaron en ondear los pañuelos verdes y montar la mundial los exigentes, y con razón, repito, pero esa furia la quería haber visto ayer. Incomprensible e inadmisible que el presidente no sacara el pañuelo verde. En la muleta se derrumbaba a la mínima. Lo cuidó al máximo Manzanares, a media altura, sin obligarle nada, pero ni por esas aguantaba. Bastante hizo con aguantarlo en pie. El cuarto fue devuelto por inválido y saltó un sobrero de El Freixo que no mejoró nada. Sin fuerzas ni entrega, soso y deslucido, pasando con desgana, para olvidar. Al menos José Mari los despachó de sendos espadazos certeros que abreviaron el trance.
Menos aún pudo hacer Juan Ortega con los suyos. Devuelto el segundo por inválido saltó un sobrero de José Vázquez sin presencia para Madrid y que incluso empeoró al titular. Otro sin fuerzas y además con apuntes claros de manso, que perdió las manos varias veces y que también tenía todas la papeletas para volverse a los corrales. Pero dos consecutivos era mucho y el palco cambió el tercio de manera incomprensible. Imaginen el nivel de la lógica bronca, y sólo estábamos en el segundo. No aguantó ni un pase en la muleta, se derrumbaba estrepitosamente, un infierno. El quinto, aunque pareció apuntar algo en varas, solo contribuyó a la caída en picado de la tarde al no emplearse y además reponer, complicando los intentos del sevillano por sacar algo, constantes enganchones, feo e intrascendente trasteo, por lo que tomó la calle de en medio y abrevió entre reproches y algunos comentarios de mal gusto que sobraban.
Si faltaba algo por rematar el cataclismo de esta tarde vino en el tercero, que en los primeros compases de la faena pareció que tenía opciones al desplazarse con buen tranco y repetir hundiendo la cara en tres series en redondo acoplado, muy templadas, profundas, ligadas con ritmo, llevándolo muy empapado en la muleta. Pero el atanasio se rajó y ahí acabó todo. Por el izquierdo protestaba y punteaba la tela, muletazos sin limpieza y deslucidos que no mejoraron al volver a la diestra, demasiados pases y escasa o nula emoción. Faena cuesta abajo y demasiado larga antes de dejar medio acero hundido en terrenos del 10 que no hizo doblar al toro. Desde ese momento un despropósito con el descabello. Desde esos terrenos, al hilo de las tablas, ni sé los golpes de verduguillo que sumó, desde el 10 al 5, dicen que veinte, puede ser, se hizo eterno. Sonó un aviso, luego el segundo, no había manera en medio de una bronca monumental, y finalmente el tercer aviso. Apuntillado el toro desde el burladero y Aguado retirándose en medio de una pitada de órdago, dramático para el sevillano. Imagínense lo que escuchó y aguantó Aguado en el sexto, una falta de respeto y una mala educación inadmisible. Por muy calientes que estuvieran los ánimos y por mucha razón para estar muy cabreados por el desastre absoluto, nada justifica el infierno que sufrió. Hay unos límites que no se pueden rebasar con quien, mejor o peor, se la está jugando ante un animal que bien sabemos la fuerza que tiene y la capacidad para herir que encierra. La actitud del 7 en este toro ha sido vomitiva, aunque fuera un toro sin clase alguna, que se veía claro que no valía para nada, incluso que en su falta de condiciones se defendía con malas intenciones y ante el que el sevillano en ningún momento lo vio claro y alargó una faena artificial que no merecía la pena. Pero de ahí a los insultos y gritarle "novillero, novillero" hay un trecho, y es asqueroso tener que aguantar eso de esa gente. Eso no es de aficionado, es de canallas o frustados que vienen a los toros a calmar sus iras.
Antonio Vallejo
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