Querido amigo Daniel, me lo has puesto en bandeja cuando volvíamos en el metro y me preguntabas cómo definiría esta tarde dominical con el cartel de "no hay billetes" colgado por décima vez. Te dije que mejorable, por ser suave, a lo que añadiste "manifiestamente". Así que hago mía tu idea y me la apropio, siempre con tu permiso, para titular una tarde que además de eso me ha parecido un tanto pesada y cansina que ha discurrido por una línea plana de la que de repenten aparecían picos que por momentos parecían levantar el vuelo de la corrida pero que, casi al instante, nos devolvían a la monotonía de algo que no era ni bueno ni malo, poco trascendente en muchos pasajes. Sin duda alguna el momento de emoción más álgida de la corrida ha surgido en el que se corrió como segundo, en una preciosa y vibrante rivalidad en quites. Le correspondía, por turno, realizar el quite al madrileño Víctor Hernández, por saltilleras, muy quieto, clavadas las zapatillas, replicado por el onubense David de Miranda por chicuelinas ligadas con gusto y armonía invitando generosamente de nuevo al madrileño a la contraréplica por tafalleras muy ajustadas de mucho valor, cerrando el onubense con unas gaoneras igual de ajustadas que pusieron a la plaza en pie. Al final ambos se apretaron las manos en señal de rivalidad y respeto, una imagen que nos ha llevado a otros tiempos del toreo cuando estos "piques" en quites eran más frecuentes. ¡Qué bonito sería que se rescataran del olvido y volviéramos a vibrar como hemos hechos esta tarde!. Pero claro, el toreo actual parece que todo lo basa en la muleta, el toro debe llegar a ella en las mejores condiciones y debe cuidarse muy mucho del desgaste que supone para él esa entrega en quites, como ha ocurrido. Probablemente ahí se haya vaciado ese segundo de Alcurrucén y del pico de la emoción hayamos pasado a la línea plana tras un prometedor inicio de faena de David de Miranda por estatuarios de infarto, pasándose los pitones rozando la taleguilla y un par de tandas en redondo de intensa emoción, acoplado, ligadas con profundidad, con la muleta cosida a los pitones, empapando la embestida, que son las que durado el animal. Luego se ha descompuesto, sobre todo al natural, poca limpieza de trazo y la cosa ha ido a menos, recurriendo a torear en la cercanías y unas ceñidas bernadinas más efectistas que otra cosa para arrancar una oreja a mi modo de ver un tanto generosa ya que la suerte de matar no ha sido precisamente ejecutada con ortodoxia, saliéndose y dejando una entera bastante fea de colocación. Pero ha habido mayoría de pañuelos, tampoco exagerada, y el palco ha otorgado el premio. Sinceramente creo que para cortar una oreja en Madrid hay que pedir algo más.
Otros picos de emoción que ha tenido la tarde han aparecido como destellos en le tercio de varas de Francisco de Borja al cuarto, dos puyazos sensacionales, delanteros y perfectamente medidos en el castigo, y en el tercio de banderillas al quinto y sexto a cargo de Víctor del Pozo y Yelco Álvarez respectivamente, recibiendo una atronadora ovación a la que respondieron desmonterados desde el burladero.
Lo demás, pues un querer y no poder por las condiciones de unos toros a los que les ha faltado bravura y empuje, sin demasiada transmisión, un tanto sosos, además de mostrar una falta de fuerzas que ha contribuido aún más a la planicie. Y un detalle que me ha llamado la atención nada más ver en el programa de manos los pesos de los toros. Una escalera entre los 514 Kg del cuarto y los 610 Kg del segundo, ¡100 Kg de diferencia!, me parece demasiada. Así no me extrañan las desiguales hechuras y presencia que hemos visto, siendo probablemente segundo y sexto los que más me han gustado en cuanto a presentación, sobre todo este último, todo un tío el colorado ojo de perdiz. El resto, acordes a la línea plana de la tarde.
El malagueño Fortes se las vio con un lote que tuvo cierta nobleza pero que vino lastrado por una evidente falte de empuje. No lanceó mal de capa, verónicas templadas y con cierto compás a unos toros que, como es muy habitual en este encaste Núñez, suelen ser fríos en los primeros tercios y no se prestan mucho a lucimiento, pero que suelen ir a más y romper en la muleta. No ha sido precisamente el caso de primero y cuarto, a los que el malagueño les ha dispensado buen trato, todo despacio, tampoco daban para más en su justa movilidad, en sendas faenas que han tenido como denominador común la discontinuidad. Una serie parecía que levantaba el vuelo y a la siguiente lo deslucía al no humillar o quedarse corto, quizás mejor por el pitón derecho que la natural, con algunos muletazos profundos de uno en uno a los que seguían otros a media altura tocando las telas, pases con empaque y otros más anodinos. Digamos que ha estado correcto, aseado, pero sin acabar de romper en unas faenas que me ha parecido que con diez o quince muletazos menos hubieran sido iguales, creo que sobraban, excesivo metraje de discontinuidad, algo que también aplico a David de Miranda y Víctor Hernández. El sentido de la medida cada día lo valoro más y hoy creo que han alargado demasiado trasteos que vagaban por la senda de la monotonía, prolongando una corrida que nos ha llevado hasta más allá de la nueve y media. Demasiado para el cuerpo, que ya empieza a resentirse de tantos días.
David de Miranda con el quinto tampoco pudo contribuir demasiado a romper el tono medio de la tarde. Un toro que parecía que iba atener emoción pero que se diluyó como un azucarillo en la muleta del onubense en un trasteo plano que decía poco, recurriendo de nuevo a acortar los terrenos y meterse entre los pitones en un afán de nuevo efectista por arrancar otra oreja, con unas manoletinas finales de mucho valor y riesgo pero un poco embarulladas. Lo mismo se puede decir de Víctor Hernández, que con el tercero, tremendamente protestado de salida, muy flojo de todo, presentación y juego, sin casta ni clase, con la cara arriba, sin recorrido, poco pudo hacer, en el que solo los estatuarios de inicio sobresalieron entre la mediocridad de un trasteo también pasado de medida que no ayudó a calmar el ambiente a la contra que acompañó su labor. El sexto, imponente, sí que tuvo movilidad y repetición, más fijeza que los demás y parecía que podría salvar la tarde. Pero no, todo acabó inmerso en esa eterna línea plana que ni las dos primeras tandas por el derecho pudieron hacer desaparecer. El toro pedía poder y mando, bajar la mano, hubo ligazón por le derecho, algo, pero faltó esa profundidad para elevar el tono y transmitir más a unos tendidos más pendientes del reloj. Por el izquierdo poco entendimiento, cayendo la faena en demasiados pases carentes de argumento para terminar en un arrimón entre los pitones de un toro que parecía también aburrirse con el caer de la noche.
Así que, querido amigo, has acertado de lleno, ha sido manifiestamente mejorable. ¡Gracias!
Antonio Vallejo

No hay comentarios:
Publicar un comentario