El sentimiento es algo que no se puede explicar, desborda todas las barreras de la lógica, es ajeno a la razón, sale del alma y, cuando alcanza límites inimaginables, desgarra ese alma. Esta tarde, en Las Ventas, el alma de Madrid, esa que sueña el toreo eterno, se ha desgarrado y se ha rendido a un hombre, Diego Urdiales, que ha firmado una obra maestra, quizás la mejor de su ya larga y fecunda carrera. De principio a fin todo ha sido un crujido, desbordando las emociones, inundándonos de felicidad infinita, con algo que pocos tienen pero que él atesora a raudales, TORERÍA. Torero veterano, revestido con el poso del tiempo, de sabor añejo, naturalidad y verdad, verle ese andar reposado delante de la cara del toro es por sí mismo un lienzo de la máxima belleza, verle componer la figura nos lleva en volandas a través del tiempo, a la época dorada del toreo, y verle torear nos abre los ojos al temple sublime, a la armonía suprema, a la belleza más exquisita. Lo que he sentido en esta Corrida de la Prensa supera todas las barreras de la pasión, con un toreo a la verónica ante el que me he abandonado sin llegar a diferenciar si lo que estaba viendo era real o estaba en el sueño más maravilloso que pudiera desear. Acompasadas, cadenciosas, verónicas con temple y gusto sobrenatural, relajado, llevándose al segundo de la tarde hacia los medios, acariciándole en cada lance, rematando con una media arrebatadora, divina, de partir el alma. Más aún el quite por verónicas en ese segundo, el toreo fundamental, el de verdad, el puro, abriendo las puertas a la emoción incontenible, y que junto a las que nos regaló en el cuarto, templadas y sedosas en el saludo, y sobre todo en el quite al sacar el toro del caballo, parando el tiempo,congelando las agujas de unos relojes que no querían volver a correr, hipnotizados ante semejante belleza, rematadas con una media arrebujadito que nos elevó a los cielos. Ni podíamos imaginarnos que todo eso no era nada más que un preludio a algo que seguramente contaremos durante muchos años. Con la muleta el toreo se elevó a la categoría de sobrenatural. Porte y torería que no se pueden describir, sería vulgar, que sólo se pueden revivir dejándose llevar a las profundidades del alma para volver a sentir el crujido que ha acompañado a cada muletazo en sus dos faenas. Daba igual el pitón que encarara, todo era una maravilla, siempre en el sitio, con esa figura que guarda aromas del mejor pasado, todo armonía y pureza, derechazos profundos y templados, naturales de máxima expresión, ritmo y continuidad, trincherazos que te partían en dos, ayudados por alto en el prólogo del segundo, ayudados por bajo genuflexo en el del cuarto, gloria bendita, molinetes garbosos para quedar perfectamente colocado, martinetes o cambios de mano grandiosos, los finales por bajo, un canto a la máxima expresión del toreo. Dos faenas que uno porque ha sido tal la catarata de emoción y pasión que nos ha entregado que me parece casi indecente separar, es un ente único que engloba todo lo que uno quisiera imaginar en el toreo. A todo eso hay que sumar el perfecto manejo de las pausas, administradas a la perfección para dejar recuperar el resuello a los dos juanpedros, y de los tiempos, perfectamente medidas, ni un muletazo de más, sabiduría y experiencia fruto de los años, y rubricar la majestuosa obra de arte con dos estocadas de premio entrando por derecho, recto, con toda la verdad, que hicieron rodar a los dos toros y cobrar así una oreja en cada uno, si bien creo que en el cuarto era para dos orejas, pero la gente cesó en la petición y se conformó con lo necesario para descerrajar la puerta Grande, olvidándose quizás de lo justo. Y no olvidemos que si Diego Urdiales nos ha hecho crujir y crujir ha sido porque ha tenido dos toros de una clase y una nobleza descomunal, dos extraordinarios toros de una muy buena corrida de Juan Pedro Domecq que han humillado y repetido y que, quizás con un puntito más de fuerza y empuje, hubieran sido de locura. Porque es de justicia destacar aquí que, además de una presentación excelente, magníficas hechuras, proporcionados, serios, bellísimas láminas, han dado opciones y juego, a excepción del sexto, quedando definidos en general por su clase y entrega.
Acompañando a Urdiales comparecían Roca Rey y el confirmante mexicano Bruno Aloi, que con el noble y enclasado, aunque sin demasiado empuje, toro de su confirmación se mostró aseado aunque sin acabar de encontrar el sitio ni la tecla para sacar el fondo del toro. Un tanto inconsistente e irregular, muy voluntarioso pero dando señales de que le queda camino por recorrer. Nada pudo hacer ante el único que desentonó de la corrida, el que cerraba plaza, muy deslucido y descompuesto. Con los aceros ha estado bastante poco acertado y ha pasado por Madrid en silencio.
De Roca Rey lo primero que quiero decir es que me descubro y admiro que haya estado en Las Ventas tras la grave cogida en el abril sevillano. La capacidad de recuperación y el sacrificio de estos hombres es digno de todos loe elogios, y debieran ser un ejemplo a enseñar en todos los colegios para esos niños y jóvenes acomodados, esclavos de lo fácil e inmediato, incapaces asumir el dolor y el fracaso, secuestrados por una sociedad enferma que premia el postureo de las redes sociales y esconde la verdad y el esfuerzo, precisamente los valores del toreo. Una oreja ha cortado el peruano al quinto, un toro de una estampa para enmarcar, que ha tenido movilidad y repetición, además de clase, un toro que, a mi entender, pedía distancia, rtimo y mano baja, todo lo quería hacer humillando, y cuando Roca Rey toreó con profundidad vinieron los mejores compases de la faena. Bueno fue el saludo capotero por delantales templados, con cadencia, y un quite por gaoneras escalofriantes al quinto. En la muleta lo que he visto ha sido a Roca Rey en Roca Rey, es decir, el de siempre, alternando buenas series sobre todo por el derecho, creo que las dos primeras han sido las mejores por temple y profundidad, bien ligadas, con recorrido, dándole distancia, que es lo que pedía es buen juanpedro. Por el izquierdo los muletazos han sido menos limpios y le ha costado encontrar la altura, pero cuando le ha echado la franela abajo han surgido los naturales de más expresión. Luego ha mostrado su toreo, sin engañar a nadie, es su estilo, ya lo sabemos, a veces más efectista que fundamental, rozando el tremendismo algunas veces, como en el inicio de faena de rodillas cambiándose la embestida por la espalda, con un valor descomunal o acortando las distancias creo que algo pronto y pisando terrenos comprometidos en los que además tira de recursos vistosos como molinetes, afarolados, cambios de mano o martinetes. Repito, ese quinto podía haber lucido más enmarcado en el toreo clásico u ortodoxo, como quieran llamarlo. Mató de certera estocada y cobró una oreja que sí me parece que se pidió por mayoría, aunque algo justita. Algo similar podría decir de su faena al tercero, arrancada por estatuarios, algo habitual en su toreo, y tuvo una primera serie en redondo llevando empapado al noble y enclasado toro, pero al natural no llegó a entenderse, tan solo cuatro tuvieron empaque, y el toro fue a menos y con ello una faena que acabó como suele ser habitual, en las cercanías y con los pitones a centímetros de la taleguilla. Es decir, que hoy le he visto la faena que le ha visto muchas tardes, que tiene mucho mérito y que requiere enorme valor, pero que casi nos la sabemos de memoria y puede acongojarte más o menos, pero pocas veces sorprende, desde que era novillero siempre ha sido igual. Eso es lo que me pasa con Roca Rey, pero respeto su toreo, mucho, y también creo que demuestra personalidad al mantener sus maneras, sobre todo en una plaza tan hostil, incluso cruel con él, como es la de Las Ventas, o el sector que ya sabemos. Y al que no le guste, que no compre la entrada, así de fácil, pero el respeto primero.
Así les dejo por hoy, señores, con la emoción viva y el alma desgarrada por el toreo eterno de Diego Urdiales, profundo sentimiento, bendita sensación. Mañana... ya veremos.
Antonio Vallejo
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