Tres de tres. Tres novilladas, las tres sensacionales, tres novilladas, tres Puertas Grandes, tres novilladas, tres novilleros, Álvaro Serrano, Julio Norte y Julio Méndez para hacernos soñar con el toreo eterno.
Muy buena la de esta calurosa tarde que ha reunido algo más de tres cuartos de entrada - no me extraña con los antecedentes de los días 12 y 19 - para ver un magnífico encierro de Conde de Mayalde de impecable presentación, de magníficas y bellísimas hechuras, los seis pasarían por toros en la mayoría de plazas de nuestra geografía, con mucho trapío, muy serios, astifinos y que además han dado un juego extraordinario, con transmisión y emoción, aunando bravura, raza, clase y nobleza, destacando por encima de los seis uno de nombre Babieco al que al abulense Julio Méndez, corrido en tercer turno, ha desorejado tras una faena en la que ha bordado el toreo eterno con el añadido de las ganas y la entrega de un novillero que quiere ser figura y tiene madera más que de sobra para conseguirlo.
Fue el tercero un utrero que de salida mostró movilidad pero sin definirse, aunque en el primer puyazo ya apuntó el fondo que portaba. Con galope ágil, empujando con celo, metiendo los riñones, buena pelea, de bravo. No fue fácil en banderillas, desgobierno en la lidia, apretando a Jesús Talaván y José Antonio Ventana que resolvieron magistralmente con verdad y exposición. Arrancó la faena de rodillas provocando dos volatines que afortunadamente no hicieron mella en su condición y un instante de cortar la respiración en una arrucina en la que se quedó muy corto y los afilados pitones se fijaron en la espalda de Méndez, que resolvió sin inmutarse para incorporarse y replantearse la situación, cabeza fría e ideas claras de la lidia que pedía Babieco, dándole distancia, adelantando la muleta, llevándolo en largo y administrando las pausas. Desde ese momento un recital de muchos quilates, relajado y con naturalidad, las series iban hilvanándose por ambos pitones, mucho temple, empapando la embestida en la franela, jugando con la cintura y las muñecas, series profundas y ligadas, la muleta siempre en la cara, cada vez a más, naturales de ensueño, adornos improvisados, molinetes, algún martinete, trincherillas divinas, otros de desdén, pases de pecho mirando al tendido, para nada preconcebidos, realmente recursos surgidos de una cabeza portentosa cuando lo requerían las circunstancias de la faena a este utrero que repetía y repetía con bravura, humillando, con celo y codicia, una maravilla. Imagen y sensación de torero hecho, pero conservando el carácter y el hambre de un novillero en el final por bernadinas electrizantes, cambiando el viaje, con los pitones descosiendo los bordados de la chaquetilla, que acabaron por poner a la plaza en pie envuelta en locura. Se tiró a matar despreciando al riesgo, valor infinito, recto, para hundir el acero hasta la empuñadura, un tanto desprendida, que hizo rodar al extraordinario novillo y poblar los tendidos de pañuelos que pidieron las dos orejas sin decrecer un ápice y que el presidente concedió. Hubo protestas de los geometristas amantes de la escuadra y el cartabón que consideraron excesivo el premio era de esperar, incluso alguno, ya durante el sexto, gritó "¡esta plaza va a parece la de Benidorm!". Bueno, pues a lo mejor no me importa, incluso es más que probable que en Benidorm se respete mucho más a los que se juegan la vida delante de un toro y no se les menosprecie, se les falte al respeto y se les insulte como tenemos que aguantar en Madrid. Así que no le pongo ni un pero a las dos orejas por mucho que la colocación de la espada fuera algo defectuosa, tampoco fue para tanto, y creo que es justo el pañuelo azul para premiar a un extraordinario novillo.
Al que cerraba plaza se fue a recibirlo a porta gayola, ya con la Puerta grande abierta, demostrando esa entrega y esas ganas de novillero que se quiere comer el mundo sin importarle nada. Tuvo que echarse cuerpo a tierra porque si no se lo hubiera llevado por delante en la larga cambiada que le pegó. Mucha movilidad y brío en el capote, hundiendo la cara, tanto que pegó dos volteretas que, junto a los dos puyazos que tomó, dejaron dudas acerca de cómo llegaría a la muleta. Comenzó por estatuarios, en los medios, con mucho aplomo y seguridad, cuidó la altura en las primeras tandas, muy medidas, de tres muletazos, dejándole respirar, muy templadas, mimando la embestida, auténticas caricias, trazo suave y delicado, sin obligarle demasiado, primero en redondo, mucha calidad, ligadas en el sitio, bajando poco a poco la mano para acabar rompiendo al natural en series de enorme mando, con hondura, rematadas todas con sensacionales de pecho, varios a la hombrera contraria, uno maravilloso en dos tiempos por el parón del novillo que acabó convertido en casi un circular, recurso maravilloso ante la adversidad que dice mucho de la madurez de Julio Méndez. De no marrar con la espada hubiera cobrado otra oreja, seguro, pero nada empaña la inmejorable sensación que ha dejado en Madrid, aromas y sabor de toreo eterno.
Movilidad y bríos tuvo el primero en los primeros tercios, con muchos pies pero embestida irregular, poco clara y sin acabar de entregarse. Tuvo nobleza en la muleta del mexicano Emiliano Osornio, pero le costaba humillar, manejable pero un tanto deslucido, repetía pero sin acabar de entregarse. Lo intentó pero no llegó a calar en los tendidos. El cuarto fue otro buen novillo, con mucha clase, al que recibió a la verónica, lanceando con gusto, acompasadas, rematas con una media con empaque y una garbosa revolera. Muy buena, sí, muy buena, faena de muleta, acoplándose perfectamente a la embestida de Guardamonte, muy templado y cargado de gusto todo lo que hizo, desde el inicio por bajo, luego el toreo en redondo ceñido, corriendo la mano por bajo, elegante trazo, para rematar con unos naturales dando el pecho de máxima expresión, hondos y rematados detrás de la cadera, intercalando adornos por bajo de categoría, trincherazos que fueron auténticos carteles de toros. Muy grata impresión la de Osornio que de haber manejado mejor los aceros creo que se hubiera llevado una oreja de ley.
El segundo fue un novillo que derrochó clase a raudales en el capote, quedó claro en el vibrante quite por gaoneras que ejecutó Julio Méndez que no dejó pasar su turno, pero al que se le castigó de lo lindo en el caballo llegando un tanto mermado a la muleta aunque manteniendo la humillación y repetición que llevaba dentro mientras le duraron las fuerzas y sin que tampoco Pedro Montaldo encontrar la manera de entender lo que requería el novillo que, repito, tenía clase a raudales. Ante el quinto tampoco acabó de dar con la tecla para aprovechar la nobleza y buen son que tenía, sin encontrar los terrenos y el ritmo que requería para aprovechar esas condiciones y levantar el vuelo. Aún le queda camino al guadalajareño, sin duda el menos toreado de la terna.
En fin, una tarde de mucha importancia que deja sensaciones y sentimientos reconfortantes de cara al futuro, sabiendo que hay jóvenes como Méndez y Osornio que, junto a Serrano y Norte, permiten mantener viva la ilusión. Y para quienes no vienen a las novilladas, especialmente los abonados, recapaciten, ¡no saben lo que se pierden!, ¡han sido tres de tres!
Antonio Vallejo
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